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El misterio de Ruby Black

Autor:

Laura Fuentes Medina

¿Puede una canción creada por una computadora hacernos llorar? ¿Qué rumbo toma la industria musical cuando una voz artificial escala las listas de Spotify?

Ruby Black parece plantear esas preguntas, aunque sin proponérselo, porque carece de conciencia, voluntad y emociones. Aun así, millones de personas escuchan sus baladas de soul y encuentran en ellas palabras que sienten como propias.

En Instagram, donde reúne más de 100 000 seguidores, aparece como una joven morena de ojos claros, de aire sensible y sensual, siempre cerca de su micrófono.

Publica una canción cada jueves. Todavía respiro, por ejemplo, habla de superación y de seguir adelante pese a los tropiezos. La puesta en escena es impecable; el guion, predecible.

Una artista que no existe, construida con los mismos algoritmos que hoy redactan noticias, recomiendan películas y escriben tesis de grado. Lo llamativo es que nadie parece escandalizarse, cuando cabe preguntarse si el valor de una obra radica en su origen o en la experiencia que genera en quienes la disfrutan.

Ruby Black desafía las nociones convencionales de autenticidad en la música. Su capacidad para suscitar emociones en los oyentes, a pesar de su naturaleza artificial, sugiere que el impacto emocional de la música puede ser independiente de la humanidad del creador.

La industria, por lo pronto, ya respondió: el origen importa menos que el resultado. Según un artículo de Mangas Verdes, publicado el 12 de mayo de este año, la inteligencia artificial de Google describió a Ruby Black como una cantante humana, en lugar de una creación artificial.

La ironía aquí es que, la herramienta diseñada para distinguir lo real de lo falso, se equivoca al clasificar como humana a una artista que no existe. Si el propio sistema no puede reconocer lo que ha creado, ¿qué le queda al oyente promedio?

De acuerdo con la misma fuente, Deezer recibe aproximadamente 75 000 pistas generadas completamente por inteligencia artificial cada día, lo que representa el 44 por ciento de las nuevas publicaciones en la plataforma, en comparación con unas 10 000 pistas un año atrás.

Por su parte, Spotify eliminó más de 7,5 millones de canciones creadas por computadora en los 12 meses anteriores a septiembre de 2025. La tendencia avanza con una velocidad que las medidas de contención apenas alcanzan.

El distintivo Verified by Spotify busca acreditar la autenticidad de los perfiles artísticos, pero no resuelve completamente el dilema. Un perfil
artificial puede cumplir con los requisitos técnicos de actividad y presencia digital; el sistema solo verifica que la cuenta esté operativa, sin garantizar quién o qué está detrás de ella.

Ruby Black no es la primera «artista» generada por inteligencia artificial, pero ha alcanzado un nivel de notoriedad superior, en parte, debido a su capacidad para cantar en español. Su éxito se alinea con una industria que valora la repetición, la retención del público y la conexión constante.

Así, Ruby Black se presenta tanto como un experimento tecnológico que como el reflejo de un modelo de entretenimiento cada vez más automatizado y optimizado, alejado de la conexión humana.

La industria discográfica encontró al artista perfecto: puntual, incansable, libre de escándalos y de opiniones propias. Lo único que le falta es existir. Detalle menor, al parecer, para quienes mueven las listas de reproducción.

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