No recuerdo la primera vez que alguien me preguntó si pensaba tener hijos. Tal vez fue en una comida familiar o en el trabajo. El caso es que la pregunta vuelve una y otra vez en distintos momentos de mi vida, y como siempre que contesto que por ahora no quiero, que no me imagino en ese papel, la reacción va de la sorpresa al rechazo.
Cuando una mujer afirma que no quiere ser madre, automáticamente surge la necesidad de exigirle explicaciones. Como si hiciera falta alguna razón. La verdad es que no: no hay que justificarlo.
El sistema de dominio que subordina e invisibiliza a las mujeres, impuso el binomio «mujer-madre» como si fuera nuestro único horizonte posible. La capacidad biológica de reproducirnos se fue llenando de ideas sobre un supuesto «ser femenino» que encuentra su realización y plenitud en la maternidad.
Por eso, resulta tan disruptivo pensar que una mujer no quiera ser madre: es como si le faltara algo, como si no terminara de ser. «Deberíamos querer» porque eso es lo que esperan de nosotras. Según el patriarcado, «necesitamos» ser mamás para que el mundo reconozca que somos mujeres, o sea, para que nos apruebe.
El problema es que esa aprobación social está construida sobre un mandato que no admite fisuras. Así, la maternidad se vuelve una especie de pasaporte de legitimidad.
Adrienne Rich, una activista estadounidense por los derechos de las mujeres, decía que hay que entender la maternidad en dos dimensiones: como experiencia personal y como institución social. La primera puede ser enriquecedora, pero la segunda sirvió históricamente para disciplinar a las mujeres y mantenerlas en roles de subordinación.
Cuando la maternidad se convierte en institución, deja de ser una decisión íntima y pasa a ser un mandato colectivo. El patriarcado la usa como mecanismo de control. Se espera que las mujeres encuentren su identidad y su valor en la reproducción, que organicen la vida alrededor del cuidado de otros y que se queden en la esfera privada mientras los hombres ocupan la pública. Así, la maternidad institucionalizada asegura que el orden patriarcal siga funcionando.
Hoy, muchas mujeres la rechazan porque las condiciones económicas y laborales no garantizan un entorno justo para criar. La precariedad, la falta de políticas de conciliación y el reparto desigual del trabajo doméstico hacen que, en muchos casos, sea una carga que recae casi exclusivamente sobre nosotras. Reconocer esto es entender que asumir un rol sin garantías de equidad perpetúa la injusticia.
La legitimidad de la decisión de no tener hijos se sostiene en la autonomía de ejercer el derecho fundamental a decidir sobre nuestro propio cuerpo y nuestro proyecto de vida, sin tener que dar explicaciones.
Esta elección no invalida a quienes sí quieren ser madres; al contrario, ambas decisiones son igual de auténticas cuando nacen de la libertad y no de la imposición.
El movimiento No Mothers, que ha ido en aumento en distintos países, reivindica justamente esto: no querer ser madre no es vacío ni egoísmo, sino una decisión legítima y lúcida para un número respetable de mujeres.
Reconocer que existen distintos proyectos de vida implica desarmar el mito de la mujer incompleta sin hijos y avanzar hacia un modelo donde podamos decidir sin culpa ni estigma, y donde la maternidad sea solo una posibilidad entre muchas formas de vivir plenamente. En ese contexto, decidir no ser madre es un acto político que abre espacio para nuevas formas de identidad y realización.