Científicos canadienses identificaron mediante ADN a cuatro nuevos integrantes de la expedición perdida de Sir John Franklin, desaparecida en el Ártico en 1848. El hallazgo resuelve un misterio de más de siglo y medio y muestra cómo la genética moderna puede reconstruir una de las tragedias más célebres de la exploración humana
La historia inició como una promesa de gloria. En mayo de 1845, dos robustos barcos de la Marina Real británica, el HMS Erebus y el HMS Terror, abandonaron Inglaterra rumbo al Ártico. Su misión consistía en encontrar el Paso del Noroeste, una ruta marítima que conectaría los océanos Atlántico y Pacífico a través de las aguas heladas del norte de América.
Al mando se encontraba Sir John Franklin, un veterano explorador que aspiraba a completar una de las últimas grandes incógnitas geográficas de su época. Ninguno de los 129 hombres que se embarcaron regresó.
Lo que ocurrió después ha alimentado durante décadas libros, expediciones de rescate, teorías, leyendas, y hasta series de televisión, como ya hemos comentado en nuestro diario. Los barcos desaparecieron. Los hombres se esfumaron en el silencio del Ártico. Sin embargo, el hielo nunca logró borrar todas las huellas.
Una nueva investigación liderada por antropólogos de la Universidad de Waterloo, en Canadá, acaba de identificar a cuatro integrantes más de aquella expedición gracias al análisis de ADN extraído de restos óseos hallados en el territorio ártico canadiense. El avance eleva a seis el número total de miembros de la expedición identificados de forma concluyente mediante genética.
Más que un logro técnico, el descubrimiento permite reconstruir los últimos capítulos de una tragedia que sigue fascinando a historiadores, arqueólogos y científicos.
Cuando Franklin emprendió el viaje, el Paso del Noroeste era uno de los grandes objetivos de las potencias marítimas. Una ruta navegable por el Ártico prometía reducir de forma considerable las distancias comerciales entre Europa y Asia. Durante siglos, numerosos exploradores habían intentado encontrarla sin éxito.
La expedición parecía preparada para enfrentar condiciones extremas. Los barcos transportaban provisiones para varios años y contaban con algunas de las tecnologías más avanzadas de su tiempo. Pero el Ártico resultó más fuerte.
Los navíos quedaron atrapados por el hielo en el estrecho de Victoria, en la actual región canadiense de Nunavut. Los hombres permanecieron aislados durante meses que se convirtieron en años. Finalmente, en abril de 1848, los 105 supervivientes abandonaron los barcos y emprendieron una desesperada marcha hacia el sur, arrastrando embarcaciones montadas sobre trineos. Ninguno sobrevivió.
Para la sociedad victoriana, la noticia tuvo un impacto enorme. El antropólogo Robert W. Park comparó recientemente la conmoción provocada por la desaparición de Franklin con la que produjo en el siglo XX el accidente del transbordador espacial Challenger.
La comparación no resulta exagerada. Durante décadas, la pérdida de la expedición simbolizó los límites de la exploración humana frente a una naturaleza implacable.

El HMS Erebus y el HMS Terror en su expedición en la Antártica. Obra sin autor
Las respuestas comenzaron a emerger lentamente. A partir de finales del siglo XIX aparecieron restos humanos, objetos personales y testimonios transmitidos por las comunidades inuit. Esos relatos, durante mucho tiempo ignorados por investigadores occidentales, terminaron desempeñando un papel decisivo para comprender lo ocurrido.
Los hallazgos posteriores revelaron que los marineros padecieron hambre extrema, enfermedades y condiciones físicas devastadoras. Estudios modernos también identificaron niveles elevados de plomo en algunos restos, probablemente asociados a los sistemas de conservación de alimentos y al equipamiento de los barcos.
Las investigaciones arqueológicas confirmaron además evidencias de canibalismo descritas en la tradición oral inuit.
Sin embargo, muchas preguntas permanecían abiertas. Los científicos desconocían quiénes eran numerosos individuos encontrados en distintos puntos del Ártico y tampoco podían reconstruir con precisión las rutas seguidas por los supervivientes durante sus últimos meses.
La genética comenzó a cambiar esa situación. Los investigadores extrajeron ADN de restos humanos recuperados en antiguos sitios arqueológicos y lo compararon con muestras aportadas por descendientes vivos. Para validar las coincidencias, analizaron ADN mitocondrial y cromosomas Y heredados a través de líneas familiares directas. En los cuatro casos identificados, la distancia genética encontrada fue cero, una evidencia extremadamente sólida de parentesco.
Gracias a ese trabajo aparecieron nuevamente cuatro nombres. William Orren, marinero de primera clase. David Young, grumete. John Bridgens, mayordomo de oficiales subalternos, y Harry Peglar, capitán de la cofa del HMS Terror.
Entre todos los hallazgos, uno destaca por encima de los demás. Harry Peglar había permanecido envuelto en un enigma durante más de siglo y medio.
En 1859, exploradores encontraron un cuerpo acompañado por documentos personales pertenecientes a Peglar. Sin embargo, la ropa hallada junto al cadáver no correspondía con su rango dentro de la tripulación. Aquella contradicción abrió un debate que persistió durante generaciones. ¿Era realmente Peglar el hombre encontrado? ¿Había intercambiado ropa con otro marinero? ¿Los documentos pertenecían a otra persona?
La nueva evidencia genética resolvió finalmente la duda. Los análisis confirmaron que los restos pertenecían efectivamente a Peglar. Con ello también adquirieron un nuevo significado los llamados Papeles de Peglar, unos documentos encontrados junto al cadáver que contienen poemas y posibles descripciones de acontecimientos ocurridos durante la expedición.
El hallazgo no solo aclara una identidad. También fortalece la interpretación histórica de uno de los pocos testimonios escritos conservados de la tragedia.
Al mismo tiempo, la investigación produjo una sorpresa inesperada. Los científicos descubrieron que el periodista británico Rich Preston, de BBC News, es descendiente directo de John Bridgens. Una coincidencia que muestra hasta qué punto los ecos de aquella expedición todavía alcanzan el presente.
La historia de Franklin suele contarse como una narración sobre barcos atrapados, mapas incompletos y exploradores perdidos. Sin embargo, los nuevos estudios recuerdan otra dimensión de la tragedia.
Detrás de cada hueso hallado en el hielo existió una persona concreta. Alguien que escribió cartas, compartió camarotes, soñó con regresar a casa y terminó desapareciendo en uno de los lugares más hostiles del planeta.
Casi dos siglos después, la ciencia continúa reuniendo fragmentos de esa historia. No para cambiar el desenlace, sino para devolver identidad a quienes la protagonizaron. Quizá esa sea una de las capacidades más extraordinarias de la genética moderna: no solo permite leer el pasado. También puede rescatar nombres que parecían condenados al olvido.