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El monumento a Céspedes

Carlos Manuel de Céspedes no tiene, al menos en La Habana, un monumento digno de su grandeza.

Autor:

Ciro Bianchi Ross

Carlos Manuel de Céspedes no tiene, al menos en La Habana, un monumento digno de su grandeza.

Eso no quiere decir, desde luego, que no existan monumentos en su honor, como el busto que se emplazó en la sede del Ayuntamiento de La Habana (actual Museo de la Ciudad) y el que el profesor Fernando Portuondo hizo colocar en la plazoleta del Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, ahora Plaza Roja, en los días en que dirigió ese centro de estudios. La exigua relación incluye además el monumento a su memoria en la Plaza de Armas. Para hacerlo posible, en 1955, la alcaldía habanera destinó la ridícula suma de 10 000 pesos, una dotación, diría en Bohemia Enrique de la Osa, más propia de un municipio de tercera que de la capital de la República. Hacía 81 años que el Padre de la Patria había muerto en combate.  

Algunos intentos se hicieron para proveerlo de un recuerdo digno de su augusta memoria. En 1900 (dos años antes de la instauración de la República), la Asociación Monumentos Martí-Céspedes se propuso erigirles sendos mausoleos. De ellos, solo se ejecutó el del Apóstol, obra del cubano José Vilalta Saavedra, inaugurado en el Parque Central el 24 de febrero de 1905. Mucho después, en 1919, a iniciativa de don Cosme de la Torriente, coronel del Ejército Libertador, el Congreso aprobaba una ley que destinaba 175 000 pesos para un monumento a Céspedes. Nada se hizo.

Llega así el año de 1921. En marzo de ese año, la revista Cuba Contemporánea lanza la idea de un homenaje a la memoria del Padre de la Patria. Digamos de paso que esa publicación, que circuló entre 1913 y 1927, continuó en la República la obra cubanísima que en la Colonia acometieron la Revista de Cuba, de José Antonio Cortina, y la Revista Cubana, de Enrique José Varona, y que fue gracias a la campaña que desplegó en 1917 que la vieja Calzada de Reina comenzó a llamarse Avenida Simón Bolívar, como homenaje al Libertador de América.

Escribía su director Mario Guiral Moreno: «Por uno de esos olvidos, tan frecuentes, que demuestran la ingratitud de los pueblos respecto de sus grandes hombres, Carlos Manuel de Céspedes (…) no tiene aún en nuestra República, a los 19 años de constituida esa, un recuerdo digno de su augusta memoria.

«Cuba Contemporánea (…) estima cumplir ahora un deber patriótico al sugerir la idea de que se dé el nombre glorioso del iniciador de Yara a la llamada Plaza de Armas, de esta capital, y que sea allí, frente al Palacio que sirvió de residencia a los gobernadores generales de la Colonia, donde se erija la estatua que Cuba ha de levantar a Carlos Manuel de Céspedes».

En 1923, el Ayuntamiento de La Habana, a propuesta del periodista Ruy de Lugo Viña, decide dar a la Plaza de Armas el nombre de Carlos Manuel de Céspedes, lo cual se hace el 24 de febrero de ese año en ceremonia solemne que cerró Miguel Ángel Carbonell con un emotivo y vibrante discurso.

Cambiar el nombre de la Plaza, sin embargo, no era suficiente, y Cuba Contemporánea salía de nuevo a la palestra para insistir en la sugerencia hecha dos años antes: la erección en ese sitio de un monumento al Mártir de San Lorenzo. Pero este tardaría más de 30 años en ejecutarse. No eran pocos los que se oponían a que la imagen del Iniciador figurase en la Plaza.

EL REY FELÓN

El viejo espacio colonial estaba presidido por la imagen de bulto de Fernando VII, el rey felón, (sobre el mismo pedestal que la soportaba se erigiría la estatua de Céspedes, mientras que la del odiado monarca se conservaría en un museo como «recuerdo histórico»). El gobernador Miguel Tacón la había develado el 24 de julio de 1834 a las seis de la mañana, en ceremonia saludada con una salva de artillería.

Es una pieza valiosa, obra del notable artista neoclásico catalán Antonio Solá Llansas 1780-1869) escultor de cámara de la reina Isabel II, hija de Fernando, y miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Se trata una de sus creaciones más representativas. En realidad, es una obra a dos manos. El modelo en yeso fue obra del escultor Álvwarez Boudel, y, a la muerte repentina de este, Solá la prosiguió hasta concluirla.

En ella, el monarca, que se hacía llamar El Deseado, viste el traje de la Real Orden Americana de Isabel la Católica, y, en actitud majestuosa, lleva en las manos el sombrero y el cetro. Tiene (o tenía) el monumento una inscripción que, se afirma, fue dictada por el propio Fernando. Dice: «El rey Fernando VII a su pueblo de La Habana/ insigne por su amor y fidelidad/ quiso estar presente en imagen como lo está siempre en su corazón. 1833». En ese mismo año moría el sujeto de un ataque violento de apoplejía, y a las pocas horas despedía un hedor insoportable. Aun así, demoraron cinco días en darle sepultura en el regio panteón del monasterio de El Escorial.

EN CONTRA Y A FAVOR

Se conserva una foto que muestra el desalojo de la estatua, alzada por una grúa de su pedestal en la Plaza de Armas. Era la una y treinta de la tarde del 14 de febrero de 1955. Cerca, sigue la escena el historiador Emilio Roig que se empeñó como nadie en hacer realidad la propuesta que décadas antes formulara la citada revista. La imagen de Céspedes sería emplazada sobre el mismo pedestal el 27 de ese mes, aniversario de la muerte del hombre del 10 de octubre, propósito que a esas alturas avalaba la Comisión del Cincuentenario de la República que presidía el Alcalde de La Habana.

A ello se oponían no pocos pesos pesados de la Cuba de entonces. Lo rechazaron de lleno el Consejo Consultivo, organismo impulsado por Batista y que, tras el golpe de Estado del 10 de marzo, suplantó los poderes y atribuciones del disuelto Congreso de la República, y, por supuesto, el Diario de la Marina. También gente como Rafael Esténger y Armando Maribona, Evelio Govantes y Gastón Baquero. Ramón Vasconcelos, la llamada pluma de oro del periodismo cubano, subió la parada al salir en defensa del monarca que había condenado a muerte a Félix Varela y que se opuso luego a su ascenso al obispado de Nueva York, y pidió interesar al dictador Batista a que interpusiera «sus buenos oficios para que no sea levantado el monumento a Céspedes…»; sugerencia que Batista eludió.

 Se aducía que la retirada de la estatua de Fernando VII rompería por su centro el aspecto histórico de la Plaza, que es Monumento Nacional, para colocar un monumento de estilo moderno, y se proponía que la imagen de Céspedes se colocara al comienzo de la calle G o Avenida de los Presidentes, en El Vedado. Una opinión divergente fue la del periodista Fernando G. Campoamor; expresó que un monumento a Céspedes, en su carácter de Padre de la Patria, estaría bien en cualquier parte, y añadió: «Pero hay otro monumento que consistirá en retirarle los honores de la Orden Nacional que lleva el nombre de Céspedes a muchos que niegan su prestigio».

Por fortuna, las instituciones cívicas, como la Comisión Nacional de Veteranos, no solo aprobaron el emplazamiento, sino que dejaron claro su criterio de que erigir un monumento a Céspedes era no solo una iniciativa feliz, sino indispensable. El Alcalde de La Habana se mantuvo firme en ese propósito.

SE GANA LA BATALLA

Aun así, fue ridículo el presupuesto de la Alcaldía para la ejecución del monumento. La convocatoria del certamen que escogería la pieza que se colocaría en la Plaza de Armas establecía que el autor del proyecto vencedor recibiría, como ya se dijo, la cantidad de 10 000 pesos como premio, pero asumiría los costos del emplazamiento de la pieza en su pedestal y de la placa de mármol que se colocaría en el mismo, así como los del traslado de la imagen de Fernando VII a un museo.

Sería una estatua de estilo clásico, para que armonizara con el conjunto de la Plaza, ejecutada en mármol estatuario y con dimensiones similares a la de Fernando VII, esto es, 2, 30 metros. Contendieron trece escultores, entre ellos Jilma Madera, la artista del Cristo de La Habana. El segundo premio correspondió a Mario Santi, autor del monumento a Martí en Santa Ifigenia. El vencedor fue Sergio López Mesa (La Habana, 1918-California, 2004) autor de numerosas obras expuestas en lugares públicos de la capital cubana.

La imagen del odiado monarca pasaba a engrosar los fondos del Museo de la Ciudad que Roig auspiciaba en el Palacio de Lombillo, y allí estuvo hasta que Eusebio Leal decidió colocarla en una de los laterales de la Plaza de Armas.

La escultura del Padre de la Patria y primer Presidente de la República de Cuba en Armas quedaba emplazada. Se hacia realidad el anhelo de Cuba Contemporánea, y Emilio Roig, Historiador de La Habana, ganaba otra batalla.

 

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