Los embarazos en la adolescencia tienen causas culturales prevenibles. La familia puede preverlos con una adecuada educación sobre salud reproductiva desde edades tempranas
No entiendes la vida hasta que crece dentro de ti.
Sandra C. Kassis
Marina tuvo a su hija con 18 años. Su madre, joven aún, dejó de trabajar para que ella se hiciera profesional: la primera en su familia. Ahora enfrenta el mismo dilema. Justo cuando le ofrecen un buen empleo, su adolescente de 14 años la pone a escoger: o asume de abuela a tiempo completo o ella deja los estudios y se va con el padre de la criatura, que tampoco está en edad de criar o trabajar.
Ya le habían advertido que el embarazo precoz solía ser «hereditario», no por cuestiones genéticas, sino sociales, sobre todo, cuando se idealiza el sacrificio de las mujeres del clan para ayudar a las nuevas madres, como en su caso.
El antídoto era ser clara con la pequeña respecto a su propio proyecto de vida y no resaltar como heroico el gesto de su propia madre, pero le parecía desleal con varias generaciones de abuelas a destiempo. También debió darle una educación sexual temprana y no confiar en la inocencia para alejar esa temida «primera vez». La ignorancia es un factor de riesgo, no de protección, le insistía su mejor amiga de la universidad, activista de salud sexual y reproductiva para jóvenes.
«Cuando le pique lo hará, sobre todo bajo presión del grupo, y olvídate de que se protejan si no es ella la que lo exige. Entrénala, háblale de futuro, eleva su autoestima y búscale algo útil e interesante en su tiempo libre, que no tenga novio por aburrimiento ni sexo porque se acercan los 15», advertía hace años.
No la escuchó y ahora la niña confiesa once semanas de gestación, complicada con anemia y bajo peso porque es de mal comer, y su sangre es Rh negativo. Aunque el chico no pretendía dar la cara (fue cosa de una noche, se defiende), la mamá está dispuesta a ayudar, siempre que la «nuera» vaya con ella para el campo tras el parto, a ser sólo ama de casa.
El miedo y la sensación de haber fallado por priorizar la prosperidad familiar no dejan dormir a Marina. Busca datos de su provincia, del país, del mundo… Le asombra cuán alta es la tasa de fecundidad adolescente a estas alturas, en un siglo lleno de información al alcance de la mano.
«Saber, saben, pero del dicho al hecho sólo pasan con el incentivo de adultos confiables», solía decir su compañera de aventuras juveniles, orgullosa de hablar siempre todo con sus padres y tomar las mejores decisiones así.
Que su hija no esté sola en el hogar materno no ayuda. «Mal de muchos, consuelo de tontos», repite su bisabuela, quien ha criado a tres generaciones y aún no llega a 65 años. «Mejor tarde que nunca», recalca también, y la joven decide aplicarse para cortar esa cadena familiar y comunitaria con una estrategia que incluya el lenguaje y las preocupaciones de las muchachas modernas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se considera precoz el embarazo entre los 10 y los 19 años de edad, cuando no se cuenta con madurez emocional y física para ser madre. Para la sociedad es un problema porque su atención tensa los servicios de salud y además obstaculiza el desarrollo individual de esas mujeres, su aporte futuro, y ahonda sus desventajas.
A nivel mundial, cerca de 16 millones de adolescentes entre 15 y 19 años paren cada año, y un millón por debajo de esa edad (la décima parte de la ´población juvenil). Los abortos pueden igualar o superar la cifra, según el país.
En Cuba, las tasas específicas de fecundidad para menores de 19 años del quinquenio pasado oscilaron entre 47 y 52 paridas por cada mil; con cifras mayores en la región oriental y otras áreas rurales, pero igual preocupa el fenómeno en zonas urbanas.
Para prevenir sus causas se necesitan recursos, sobre todo métodos anticonceptivos. Sin embargo, nada impide trabajar a nivel comunitario y transformar los imaginarios sociales. Solo con habilidades y valores firmes se autorregula la conducta sexual en ambos géneros, y para ello el conocimiento debe llegar desde edades tempranas, de modo que lo biológico, lo emocional y lo social cuenten en cada decisión cotidiana.
Algo tan simple como entrenarles para manejar un calendario menstrual puede bajar las cifras de embarazos no deseados sin grandes inversiones, y motivarles a explorar otras caricias alternativas al coito les ayudará además a disfrutar de sus cuerpos a plenitud y a ejercer sus derechos con sabiduría.
Hay políticas públicas diseñadas para velar por la salud de las adolescentes, pero su sostenibilidad es un reto. A la par del acceso a servicios de salud reproductiva, las muchachas necesitan oídos receptivos para saciar su curiosidad sobre cuándo y por qué llegar al sexo, o cómo lidiar con sus hormonas y cambios sicológicos en esta etapa... Sobre todo, necesitan más honestidad de sus mayores para desmontar estereotipos sobre amor o atracción y esclarecer motivaciones para la entrega sin edulcorar ese momento.
Como detallan en un estudio referencial las especialistas cubanas, Daisy Hevia Bernal y Leisy Perea Hevia, el embarazo y el parto en edades tempranas aumentan la posibilidad de que la gestante sufra ansiedad, depresión y aislamiento social. Sobre todo preocupa el riesgo de anemia, preeclampsia, parto prematuro, parto pretérmino, alteraciones neurológicas, alteraciones metabólicas del feto, crecimiento intrauterino retardado, sangramientos gestacionales, insuficiencia placentaria, complicaciones puerperales y embarazos ectópicos, entre otras complicaciones que pueden llevar a muerte materna o fetal.
El proceso de parto suele complicarse por un desarrollo incompleto de la pelvis materna o incapacidad del canal del parto para permitir el paso del feto si hay macrosomía, y eso lleva a alteraciones en la presentación o posición del feto, con más partos distócicos que requieren fórceps y cesáreas.
Un bebé con poca maduración pulmonar fetal sufre enfermedad de la membrana hialina, asfixia, distrés o infecciones respiratorias y es más propenso a sepsis y otras enfermedades, lo cual duplica las cifras de morbilidad en neonatos de madres menores de 20 años.
En términos socioeconómicos, estas jóvenes tienen menos probabilidades de completar su educación y menores oportunidades laborales futuras. Sus hijos a menudo enfrentan mayores desafíos de salud y de rendimiento académico, sobre todo si son madres solteras, lo cual lleva a un ciclo de inestabilidad y cambio frecuente de pareja que afecta su estabilidad para crecer.
¿Es este panorama el que ansían cuando inician sus relaciones sexuales? Ciertamente no. Evitarlo requiere conocer mejor qué pasa en esa etapa vital con nuestros hijos y cómo conducirles por una experiencia sexoerótica más segura y placentera en todos los sentidos.