El uso repetido de cosméticos en la infancia aumenta el riesgo de desarrollar alergias cutáneas y puede provocar una disonancia entre la imagen real e ideal de esas criaturas
Cuanto más gruesa es la armadura, más frágil es el ser que la habita.
Robert Fisher (autor de libros de autoayuda).
Pie de imagen: Foto: Portada de libro.
El maquillaje como herramienta para resaltar rasgos físicos ha generado numerosos estudios de las ciencias médicas, sicológicas y sociales, atendiendo a sus raíces milenarias y su interesante evolución, tanto en los recursos empleados como en el significado de los colores y estilos predominantes en cada cultura y época.
Habitualmente, este artificio es un ritual asociado a lo femenino, aunque en determinadas circunstancias los hombres también lo emplean (sobre todo si su profesión depende de su imagen). Además, puede ser un aprendizaje para consumo propio o un oficio para modificar la apariencia de quienes se involucran en eventos, en el teatro o en la producción de audiovisuales, con intención de resaltar rasgos asociados a valores sicosociales reconocibles en la matriz del público.
Diversos estudios confirman que el maquillaje puede aumentar, de manera temporal, la confianza y la autopercepción positiva, a partir del modo en que las personas modernas asocian cuidado personal con sensualidad y entrenamiento para atender detalles, lo cual genera impresión de buena competencia laboral y comodidad, en el trato con potenciales clientes de cualquier negocio, contrario a una imagen de desaliño.
En la adolescencia, maquillarse es una forma de experimentar una identidad en construcción y expresar creatividad; además de buscar pertenencia a un grupo o sentir seguridad ante la mirada ajena, en esta etapa de grandes cambios físicos, emocionales y sociales.
Por lo general, las niñas comienzan a maquillarse sobre los 15 años, por tradiciones culturales que, afortunadamente, ya han sido despojadas de su connotación patriarcal de presentar a la chica en sociedad para buscarle una pareja de conveniencia (típica sexualización de género).
Sin embargo, se ha puesto de moda, de manera sutil, el maquillaje a edad más temprana, para fotos de mini quince, fiestas de «princesas» u otros juegos nada casuales, promovidos por la industria del ocio.
El uso de cosméticos en esa población debe realizarse con precaución, mejor si son productos formulados para uso pediátrico y respetando las prácticas seguras al poner y retirarlos. Esto requiere supervisión adulta y una educación dermatológica temprana, que incluya hábitos saludables de cuidado de la piel, información clara y entrenamiento para interpretar etiquetas.
El uso repetido de cosméticos en la infancia aumenta el riesgo de desarrollar alergias cutáneas y puede provocar una disonancia entre la imagen real e ideal de esas criaturas. Tanto pediatras como especialistas de dermatología y sicología infanto-juvenil advierten que la autoestima no debería depender exclusivamente de la apariencia, porque eso genera más vulnerabilidad en el trato con sus coetáneos.
Cuando una adolescente siente que solo puede mostrarse al mundo maquillada, pueden surgir inseguridades relacionadas con la imagen corporal y una excesiva necesidad de aprobación externa.
Las redes sociales añaden un ingrediente extra. Filtros, tutoriales y tendencias de belleza, las exponen a estándares estéticos que muchas veces son difíciles o imposibles de alcanzar. En estos casos, el maquillaje deja de ser mera expresión de cambio para convertirse en estrategia de ocultamiento de aquello que se percibe como un defecto, o exageración de lo que conquista aceptación; así, provoca una hipersexualización de la imagen desde edades tempranas, que se refuerza con historias como la de Cenicienta y Piel de Asno, en que la felicidad depende de una magia que transforme su exterior.
Desde el punto de vista dermatológico, maquillarse no necesariamente daña la piel. El problema suele aparecer cuando se utilizan productos inadecuados o cuando no existe una rutina básica de higiene para desmaquillar cada día.
Durante la adolescencia aumenta la producción de grasa cutánea debido a los cambios hormonales. Esto favorece la aparición de acné, una condición que afecta a millones de jóvenes en todo el mundo. Una revisión científica reciente concluyó que este fenómeno puede tener efectos importantes sobre la autoestima, la imagen corporal y las relaciones sociales, sobre todo si la crianza no aporta recursos personológicos para lidiar con estos cambios temporales, mediante el humor o el destaque de otros rasgos valiosos del carácter.
Por esta razón, algunas adolescentes utilizan maquillaje para cubrir granos o marcas. El error estaría en elegir productos comedogénicos (que obstruyen los poros) y no retirarlos antes de dormir para que la piel respire correctamente. También es esencial no compartir los productos cosméticos, limpiar con frecuencia brochas y esponjas y prestar atención a reacciones alérgicas o irritaciones.
Aunque muchas personas se maquillan para sentirse bien consigo mismas o por rutina aprendida de sus referentes (familiares o mediáticos), la realidad es que ese cambio de imagen influye en la impresión que causan en otros, sobre todo por primera vez.
Investigaciones en Sicología Social muestran que las personas crean una opinión sobre los demás, de manera inconsciente, en cuestión de segundos. Para ello, hay dos mecanismos: la percepción global y el análisis de rasgos independientes.
Un rostro no maquillado suele percibirse de conjunto y es asociado a una identidad concreta. La idea puede o no ser acorde a la personalidad, pero es más humanizada. Si hay «parches» demasiado llamativos en el rostro, el cerebro tiende a analizar cada área por separado (sobre todo los ojos), se cosifica el resultado (es más una cosa que un ser, según la teoría de la Objetivización), y se deshumaniza a la portadora, mecanismo que lleva a la hipersexualización asociada a valores como coquetería, poca inteligencia, falta de escrúpulos, maquinaciones, poco juicio…
O sea, que el maquillaje adecuado posiciona la idea de atractivo y cuidado personal, pero el exceso genera aprensión y lecturas que pueden no coincidir con el propósito de la mujer que lo emplea. Depende del contexto cultural, la edad y estatus, y de las creencias de quien observa.
En resumen, el maquillaje es parte del lenguaje extraverbal y transmite información sobre gustos, estilos, intenciones, autoconciencia… y es importante tener en cuenta cómo usarlo en cada ocasión.
El color es importante: demasiado rojo en los labios o las mejillas, resulta provocativo, y el rosa o tinte natural indica candidez. El vestuario contribuye a reforzar ese mensaje. En los párpados, pestañas y cejas, el exceso de oscuros aporta dureza o expresión calculadora, mientras el nivel adecuado acentúa lozanía, inteligencia y seguridad en sí misma.
Cosificarte con el maquillaje habla más de ti que tus propias palabras y promesas. Aunque es tu derecho elegir la identidad que desees, ten en cuenta el peso de los estereotipos, porque un exceso de sexualización voluntaria, en un ambiente hostil, puede hacerte más vulnerable a la violencia machista.
Maquillarse durante la adolescencia no es, en sí mismo, algo positivo o negativo. Sus efectos dependen del significado que tenga para la persona y la relación que genere con su propia imagen. Si se utiliza como juego o expresión personal, puede contribuir al bienestar, pero si se convierte en obligación para sentirse aceptada, atractiva o suficiente, conviene reflexionar sobre las presiones sociales detrás de esa compulsión, y qué necesita esa jovencita para reafirmar su autoestima y amarse tanto con maquillaje como sin él.
Un mensaje importante: El maquillaje puede ser una forma divertida de expresión personal, pero la salud de la piel depende mucho más de los hábitos de cuidado diario que de los productos que se utilicen.