El texto del sicólogo Walter Riso Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido, propone estrategias para lidiar con la ruptura amorosa. Sus herramientas no son sólo para después, sino que empiezan desde la etapa feliz del vínculo
Tienes que aprender a dejar la mesa cuando el amor ya no se sirve.
Nina Simone
Si eres de los que asume la sicología, la sexualidad y la espiritualidad como tres lenguajes de un mismo problema, el libro Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido, del Doctor en Sicología Walter Riso, merece leerse como un cuaderno clínico antes que, como un manual de consuelo, porque habla de la persistencia y disolución del Yo tras la ruptura amorosa.
La tesis central de este texto no resulta novedosa: el tiempo cura, pero hay que ayudarlo. Lo que sí merece detenimiento es el modo en que este experto italiano, que residen en América Latina, describe al sujeto pos-ruptura: ese que, terminada la relación, sigue habitado por ella. ¿En qué estructura síquica se encuentra? ¿Qué significa, a nivel cognitivo, eso que llamamos «soltar»?
El punto de partida del Doctor Riso es casi cruel en su precisión: la frontera entre el amor y el apego no está en la intensidad del deseo, sino en la capacidad de renunciar.
Define el apego como «un vínculo sicológico y emocional generalmente obsesivo, que se origina en la creencia irracional de que esa unión será la única y permanente fuente de placer, seguridad o realización personal».
Detengámonos en la palabra permanente. El dolor que se prolonga tras la separación no nace tanto de haber perdido a alguien concreto, sino de que ese alguien estaba tejido en la estructura portante del relato que el sujeto hacía de sí mismo. Cuando la relación se rompe, no se derrumba solo una historia de amor: se derrumba una gramática secreta sobre quién soy y hacia dónde voy.
Riso describe el estado del sujeto pos ruptura como una suerte de amputación voluntaria del yo. La persona apegada sufre «una despersonalización lenta e implacable, hasta convertirse en un anexo de la persona amada, un simple apéndice».
La fuerza de esta formulación es clínica: lo que hace dañino a ese apego posterior no es que duela —el dolor es resonancia legítima de una pérdida—, sino que erosiona sistemáticamente la capacidad del sujeto para juzgar su propio interés. Así, la persona empieza a pensar su situación con la gramática residual del «nosotros», a ubicar sus deseos y su valor con coordenadas relacionales que ya caducaron.
Ante esa reacción tan frecuente, el experto no se queda en el diagnóstico, sino que despliega a lo largo del texto un conjunto de estrategias que, leídas en conjunto, operan como una corrección epistemológica antes que como una lista de consejos. Estas son las principales:
La primera estrategia es preventiva y consiste en cultivar, antes y durante la relación, intereses propios, actividades disfrutables y vínculos familiares y amistosos que sostengan la vida más allá de la pareja.
Riso lo formula con claridad: dedicar tiempo al vínculo amoroso es importante, pero aislarse de las demás áreas de la vida nunca es positivo. Los amores saludables no anulan, suman.
El Plan B no constituye una preparación para el fracaso, sino la infraestructura que impide a una potencial ruptura convertirse en colapso total. ¿Qué no lo construiste hasta hoy? ¡Pues empieza ahora, adelante!
En el olvido emocional voluntario está el núcleo conceptual del libro. Olvidar, en el sentido que Riso propone, no es amnesia: es «recordar sin dolor, sin amor y sin resentimientos». Lo que se extingue es la carga emocional del recuerdo, no su contenido cognitivo.
El estado final de esa extinción se describe como «una relación más cognitiva que emocional». El cuerpo ya no reconoce lo que sintió, o lo recuerda apenas, porque es un remanente mental, no afectivo.
Decir «te olvidé», en materia de amor, equivale a «ya no te amo» o «ya no me dueles»; no a borrar todo rastro de vida compartida ni negar el aprendizaje genuino de ese idilio.
Para este investigador y consultor clínico de renombre internacional, cuando la otra parte comunica con claridad que ya no ama, la única respuesta que protege al sujeto es retirarse sin súplicas ni persecuciones.
Cuando alguien pierde la dignidad y el autorrespeto, lejos de atraer al ser humano, le aleja aún más. Es una herramienta válida con una función defensiva precisa: impedir que el intento de retenerlo destruya su autoestima en el proceso.
Si la ruptura en inminente y sientes que puede abrumarte, Riso recomienda identificar a un amigo o pariente de confianza que funcione como soporte en los esperables momentos de recaída emocional.
No se trata de delegar el duelo, sino de contar con una instancia externa que ayude a sostener racionalmente el discurso cuando el juicio propio se ve secuestrado por la nostalgia.
La recomendación es contundente: si te duele mucho saber de tu ex, elimina su contacto en redes sociales, borra el número y evitar cualquier información de terceros sobre su vida actual (e incluso anterior).
Riso lo compara con abandonar una droga: «no se puede dejar solo un poco», o habrá recaídas y malestar por abstinencia. La lógica es conductual: cada estímulo que reactiva la memoria emocional interfiere con el proceso de extinción.
Frente al vacío que deja la relación, Riso propone enrolarse en proyectos motivantes: retomar estudios, emprender una actividad apasionante, remodelar un espacio, reinventarse en algún dominio concreto…
La premisa es que, si se logra desvincularse de manera adecuada, la reinvención se vuelve posible y ocupa la mente en fantasías positivas. El tiempo ayuda con las rupturas, pero hay que ayudar al tiempo manteniéndote en acción.
Aunque no se trata de una herramienta en sentido operativo, cambiar el trasfondo del sentimiento funciona como criterio de progreso. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia.
El odio mantiene la inversión afectiva, sigues pendiente del otro, sólo que con signo negativo. La separación real ocurre cuando el recuerdo pierde su capacidad de activar cualquier emoción intensa y dejas de sobresaltarte con sus asuntos.
El énfasis del experto en la dignidad tiene una dureza casi estoica. Clínicamente, protege el límite del sujeto; espiritualmente, sin embargo, plantea una pregunta: ¿no concede demasiado a la coraza de la voluntad y demasiado poco a la vulnerabilidad que el duelo requiere?
Quizá pueda formularse así: la dignidad detiene la hemorragia; la vulnerabilidad permite la limpieza de la herida. No se contradicen, pero exigen un orden preciso.
Para nuestro público, el valor del libro no está en la cantidad de métodos que ofrece, sino en que nos obliga a enfrentar una pregunta más radical: después de que una relación termina, ¿qué es exactamente lo que estamos llorando, a esa persona, o a la fantasía que tal vínculo nos prometía sobre nosotros mismos?
Riso no responde de forma directa, pero el conjunto del libro sugiere una respuesta: lo que finalmente se suelta es la versión de uno mismo que creía no poder «ser» sin el otro. Y cuando esa versión se llora y se despide, el yo que queda —más honesto— puede por fin comenzar una vida que ya no necesita una gramática prestada para decirse a sí mismo.
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