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Llegó a su fin el Tratado Nuclear Start III. ¿Qué sigue?

Entre los múltiples peligros que se ciernen sobre la civilización humana, no resulta menor la amenaza que se desencadene una nueva guerra mundial con el empleo de armas nucleares y consecuencias impredecibles para la vida en el planeta

Autor:

Juana Carrasco Martín

PUDIERA decirse de Donald Trump, lo mismo que en 1935 el primer ministro de la Gran Bretaña dijo de Hitler: «No podemos saber si Hitler será el hombre que desatará otra guerra en el mundo… o si pasará a la historia como el hombre que restauró el honor y la paz mental a la gran nación germánica…».

Bajo su lema Make America Great Again, no le ha llevado paz ni siquiera a su propio terreno, donde ha instaurado una política racista y xenófoba, y reprime cualquier disenso con sus propósitos, venga de donde venga.

Eso está definido. Entonces veamos la posibilidad de que desate una guerra mundial, y en ese escenario, los augurios son también malos y peligrosos.

Ya está dejando rastros de sangre, algunos desde la hipocresía de afirmar que propicia o media en busca de terminar conflictos bélicos y por ello merece ser reconocido como un hacedor de paz, mientras desde la sombra, con sordina, les lleva armas y municiones, o abiertamente bombardea o lleva a cabo acciones militares selectivas contra objetivos que afirma son estratégicos, bajo cualquier pretexto falso, como ha ocurrido ya en Irán, Venezuela, Yemen, Siria, Nigeria y Somalia.

Pero hay más, Estados Unidos se prepara para una guerra en grande. Todo apunta a ello a partir de cuánto está gastando en el que abiertamente llamó Departamento de Guerra, que en el presupuesto de 2026 prácticamente llegó al billón de dólares y para 2027 el pacificador Trump ha solicitado un aumento del 50 por ciento para alcanzar casi lo absurdo: un billón 500 000 millones de dólares, lo que sería el equivalente, por ejemplo, de casi todo el presupuesto de Alemania del año 2025 multiplicado por tres.

Otra vez la sombrilla nuclear

No pocos analistas afirman o auguran lo más tenebroso.

Durante décadas, con una proyección racional y responsable, los Estados poseedores de armas nucleares llegaron a varios acuerdos para poner obstáculos a ese posible apocalipsis, entre los que podemos citar los tratados TNP (No proliferación nuclear), SALT, Start II, Start III, el INF y el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas Ofensivas.

 Sin embargo, la multiplicación nuclear se adueñó de los arsenales y los anuarios del SIPRI dan cuenta de ello. De los primeros cinco (EE. UU., la extinta URSS, Reino Unido, Francia y China) ya son nueve los que integran ese club que pudiera destruir toda la vida del planeta en unos pocos días, cuando se incorporaron Israel, Pakistán, India y Corea del Norte.

Ahora se abre una puerta a lo ignoto, cuando llegó a su fin el 5 de febrero de 2026 el tratado Start III sobre la reducción de armas estratégicas ofensivas que había sido firmado en Praga, el 8 de abril de 2010, por los entonces presidentes de EE. UU., Barack Obama, y de Rusia, Dmitri Medvédev, y que se prorrogó por otros cinco años en febrero de 2021.

En septiembre de 2025 el presidente Vladímir Putin propuso prorrogarlo un año más, si Estados Unidos tomaba medidas similares, lapso que hubiera permitido discutir un nuevo tratado. Pero la respuesta de Washington presagiaba malas decisiones.

Responsible Statecraft comentó entonces: «El anuncio del presidente Donald Trump, el 29 de octubre, de que Estados Unidos reanudará las pruebas de armas nucleares después de más de 30 años marca un peligroso punto de inflexión en la seguridad internacional. La decisión carece de justificación técnica y parece estar motivada únicamente por una postura geopolítica».

Trump dijo que si Start III expiraba crearía un nuevo tratado, porque el Start III era «un acuerdo mal negociado por Estados Unidos que, además de todo, está siendo gravemente violado», otras dos mentiras para añadir a su amplio historial de argumentos y pretextos.

Ahora ha dicho que sus «expertos nucleares deberían trabajar en un nuevo tratado mejorado y modernizado que pueda perdurar en el futuro».

Lo tangible: las partes no están ahora obligadas por lo que estipulaba Start III. Manos sueltas mientras un nuevo pacto requerirá un período largo de encuentros y desencuentros, y las tensiones mundiales siguen en ascenso.

Por su parte, la Cancillería, aunque advirtió del peligroso vacío, añadió algo importante: Rusia «tiene la intención de actuar de manera responsable y ponderada».

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, comentó: «Por primera vez, Estados Unidos y la Federación de Rusia —los dos países con mayores arsenales nucleares del mundo— se quedarán sin un documento fundamental que limite y controle estos arsenales. Creemos que esto está muy mal».

El Start III limitaba el número de ojivas nucleares que cada parte podía desplegar a 1 550 y el número de lanzadores estratégicos, tanto desplegados como no desplegados, a 800, y se garantizaba con la inspección de los arsenales por ambas partes.

Sin embargo, a raíz del apoyo estadounidense a Ucrania en  2022, el Gobierno ruso dejó en suspenso su participación.

«Tengo que anunciar hoy que Rusia suspende su participación en el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas. Reitero no sale del acuerdo, sino que suspende su participación», dijo entonces el presidente ruso, Vladímir Putin, durante su discurso anual ante la Asamblea Federal, donde detalló que, para reanudar su participación, Moscú debe entender cómo se contabilizará el arsenal conjunto de la OTAN, porque este bloque militar de Occidente había declarado «de facto» exigir la implementación del tratado, incluida la admisión de inspecciones a las instalaciones nucleares y de Defensa de Rusia.

¿Más cerca del infierno?

La situación a partir del 5 de febrero último se torna, reiteramos, muy peligrosa y apunta a una nueva carrera armamentista con mayor énfasis en las armas nucleares, y probablemente no solo entre Rusia y Estados Unidos.

Volvemos al presupuesto solicitado por Trump para el ejercicio fiscal 2027, esos inauditos 1,5 billones de dólares, sobre los cuales apuntó remontándose a su primera estancia en la Presidencia: «Estados Unidos es el país más poderoso del mundo. Reconstruí completamente su ejército durante mi primer mandato, incluyendo armas nucleares nuevas y muchas reacondicionadas. También incorporé la Fuerza Espacial y ahora seguimos reconstruyendo nuestro ejército a niveles nunca antes vistos. Incluso estamos añadiendo acorazados, que son cien veces más poderosos que los que surcaron los mares durante la Segunda Guerra Mundial: el Iowa, el Missouri, el Alabama y otros».

Hay una realidad, y el mundo la conoce, desde el terrible agosto de 1945, donde las temperaturas en dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki, se describen así por el efecto de las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos como demostración de fuerza y advertencia amenazante al mundo entero: «Entre 0,2 y 3 segundos después de la detonación, el intenso calor emitido por la bola de fuego ejerció poderosos efectos sobre el suelo. Las temperaturas cerca del hipocentro alcanzaron entre 3 000 y 4 000 grados Celsius. Este calor quemó la piel humana a una distancia de hasta 3,5 kilómetros del hipocentro».

Ocho décadas después las armas nucleares son 80 veces más poderosas y el peligro de ser incinerados no solo ronda a los pueblos de las naciones que las poseen si alguien aprieta el botón rojo y desata el pandemónium para hacernos pasar del limbo sin Start III a la Tierra como capital del reino infernal. Es sencillamente un asunto existencial.

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