Foot cover de Noticia Autor: Imagen generada con IA Publicado: 09/04/2026 | 10:40 am
Para comprender la naturaleza y el curso actual de la política estadounidense, en particular de su proyección hacia el exterior, hay que atender la conexión que existe entre la impronta dejada por tradición violenta en que se forjó esa nación, con la propensión al uso de la fuerza y al belicismo propios de la fase imperialista cuando intenta con obstinación mantener su predominio global.
Estados Unidos ha permanecido en un estado en guerra permanente los casi dos siglos y medio de su existencia como país independiente, con recurrentes grados de violencia en diversos ámbitos, y con un agresivo expansionismo. Ello ha marcado la conformación de esa nación y sus modos de vida, entremezclados con una acendrada creencia de ser ellos un pueblo superior y escogido por Dios.
Esa conjunción –entre la propensión histórica a la violencia y al uso de la fuerza con las urgencias imperiales del presente-, se corresponde y tiene su razón de ser en la maraña de poderosos intereses corporativos que se alimentan con el negocio de la producción armamentista y la proyección bélica. Se trata de una economía de guerra muy arraigada e importante para una parte de la población y para una amplia gama de emprendedores y suministradores de servicios e insumos en las distintas regiones.
En la sustentación y sintonía que todo ello se encuentran poderosos intereses basados en la obtención del lucro, la explotación rentable de la guerra y las pretensiones de dominación globales agresivas del país.
La forma en que está conformada la economía estadounidense, el peso que tiene la industria armamentista, las empresas de alta tecnología y el sector militar en su sentido más amplio, propicia la natural imbricación con la elite financiera y con una amplia retahíla de intereses creados, tanto internacionales como a lo largo del país.
Se establece a estas alturas una sujeción obligada y aparentemente indetenible hacia el gasto militar y su constante aumento, así como con una política exterior agresiva.
Tal situación aparece acoplada con la necesidad y el intento de preservar su estatus geopolítico y de contrarrestar su declinación y perdida de hegemonía.
La economía de EE. UU., se basa en un alto porcentaje, en la guerra, en la industria militar, la cual es como cualquier tipo de industria: hay producción, hay almacenamiento, hay caducidad, hay innovación tecnológica, se alimenta de una red de suministradores, genera fuentes de trabajo a lo largo del país, pero llega el momento en al cual ese armamento se tiene que utilizar, su producción se tiene que vender y revender, sus stocks se tienen que renovar...
Y si no hay guerras, si no hay conflictos en el mundo, esa producción se estanca y sus almacenes ya no tienen esa liberación, no se despejan, no hay nuevos pedidos, y eso quiere decir que se paraliza la producción no hay innovación, niaplicación de las nuevas tecnologías, etc. Todo ello tiene una gran y multifacética repercusión en la economía y en el sistema político...
El objetivo planteado a fines de la II Guerra Mundial de mantener una amplia superioridad militar para disuadir a sus adversarios, pronto devino un fin en sí mismo y ha condicionado la carrera armamentista por más de setenta años, incluso después que el fin de la Unión Soviética los puso en entredicho. Sin dudas, es mucha la influencia y los intereses que se benefician de un presupuesto militar que ya alcanza el millón de millones de dólares cada año.
El espectro político interno –complejo y degradado como está - le es todavía, relativamente favorable. La proyección de su política internacional y militar cuenta con un respaldo abrumador desde la elite y desde ambos partidos dominantes, apoyados en poderosos medios de información oligárquicos y en la manipulación de lacultura y la ideología de las masas.
Actualmente, al menos transitoriamente, se ha producido cierto giro ante la carencia de apoyo populara la guerra, y la oposición activa tanto al genocidio en curso en Gaza, como a la que se ha generado contra Irán.
Aun así, los ideólogos y estrategas yanquis, losdiseñadores de políticas, pasan por encima de la opinión pública, y siguen construyendo e instalando –una y otra vez- la imagen demoniaca de supuestos enemigos externos, al tiempo que enarbolan el concepto de «seguridad nacional» que tiene una ubicuidad y un peso enorme en Washington.
Imponen esa narrativa por sobre el hecho de que, en el plano estratégico y geográfico, Estados Unidos vive en un entorno de seguridad extremadamente favorable gracias a su ubicación territorial, a la preponderancia del dólar en las finanzas internacionales, así como a su arsenal nuclear seguro.
Con prontitud otras supuestas amenazas a la seguridad nacional fueron articuladas e infladas, y sirvieron de base para reforzar una voluntad bipartidista ampliamente mayoritaria en pro del gasto militar. Cada año se asignan recursos y cifras superiores, mientras que buena parte de la propia infraestructura económica del país se desmorona, y el monto de la deuda pública sobrepasa, ya ampliamente, al cuantioso Producto Interno Bruto de la nación.
Los cálculos geopolíticos y el peso de la economía militar
Seguir por ese curso aparentemente ilógico se impone principalmente dado el enorme peso económico, político, mediático y cultural del llamado Complejo Militar-Industrial, extensa red de entidades públicas y corporaciones privadas, principalmente alimentada con fondos del presupuesto federal, ramificada a lo largo del país, de la cual dependen miles de subcontratistas y cientos de miles de puestos de trabajo.
La industria de armamentos y el intrincado mundo de entidades asociadas, grupos financieros, tanques pensantes y complejos mediáticos tienen un peso de primer orden en los centros de poder del país.
En ello confluyen –y brindan apoyo- los intereses de un buen número de grandes transnacionales y otros capitales cuyas tasas de ganancia se alimentan con la explotación de los recursos naturales en zonas remotas del planeta que sirven como bases de sustentación del imperio.
Esto se refleja en la disposición de la amplia mayoría de la elite y del cuerpo político nacional, y no solo de los legisladores asociados a ese entramado de intereses, de apoyar con entusiasmo el aumento del gasto militar, la política exterior agresiva, las aventuras bélicas y el uso en ellas de subalternos locales o mercenarios, con miras a reducir la presencia de sus tropas sobre el terreno. En lo que se ha dado en llamar como un enfoque de «realismo ofensivo», el imperio se siente obligado, sí o no, a contrarrestar el poderío ruso y el avance múltiple de China.
Es una situación que tiene efectos y que emplaza la política exterior del país, su naturaleza imperialista, su arrogancia y resistencia a acomodarse ante los cambios geopolíticos en curso, y los intereses económico-financieros en juego en diversos confines del planeta, los cuales se constituyen parte importante de sus bases de sustentación.
Ello se afianza, además, en el hecho de que, en las estructuras de diseño de políticas, tanto en el Pentágono como en el Departamento de Estado y en el Consejo de Seguridad Nacional, se ha cimentado la presencia creciente de elementos de ultraderecha y, con ellos, una casi absoluta primacía deenfoques y estrategias militaristas. Parten de considerarse por encima de ataduras morales, religiosas u otras en la conducción de sus políticas, con las que pretenden conservar los restos de su anterior dominio.
Tales círculos de gobierno, con dosis de fanatismo e insolencia, tienen una forma altanera de pensar, y dicen:gobernaremos el planeta, seguiremos siendo los policías del mundo, y nos aseguraremos que nunca surja un rival de consideración para Estados Unidos. Y consideran que tienen el derecho de hacerlo dado que –según un antiguo mito, son una nación «predestinada» e indispensable, con la «responsabilidad de proteger» y liderar.
Esos enfoques no son coyunturales ni dependen de quien encabece este o aquel gobierno de turno, pero se hicieron más evidentes con Donald Trump en la presidencia, quien incluso declaró estar limitado solo por sus propios criterios y que no necesita las leyes internacionales.
Esos funcionarios empoderados que diseñan la política exterior actúan con arrogancia hegemónica, desde la creencia que su poder es ilimitado. Generalmente pasan por alto el contexto y los intereses de sus adversarios y, pero aun, subvaloran las capacidades con que estos cuentan.
A la par con ello, se ha producido una reducción del debate interno,y se han fortalecido los sectores de línea dura, quienes generalmentedominan buena parte de la repercusión en los medios. Es una fórmula perfecta que explica muchos de sus descalabros en política exterior, pero también, lamentablemente, el caos y la muerte que generan.
De modo que la política exterior del país padece ahora de altas dosis de aventurerismo. El acontecimiento más reciente, la agresión a Irán, después de desoír múltiples advertencias, ha sido calificada por muchos como uno de los mayores errores de política exterior en la historia estadounidense. Se demuestra que no basta la superioridad militar.
Con la marcada y abierta inclinación de Washington por usar la fuerza para imponer sus pretendidas prerrogativas sobre el resto del mundo, la naturaleza imperial y guerrerista de Estados Unidosse ha vuelto aún más evidente.
Ante el argumento que pretende negar el estatus imperial de Estados Unidos dado que su poder en el mundo no depende de un dominio territorial directo, el sociólogo italiano, Marco D´Erasmo, señala que ese país se ha provisto y despliega una estructura piramidal, una jerarquía de sometimiento –voluntario o no- y que impone grados de soberanía decrecientes bajo su todavía privilegiada posición de hegemonía global: sobre sus congéneres anglófonos, sobre sus asociados de la alicaída Europa y, con mayor saña, mediante su accionar agresivo hacia el resto del mundo. Todo asentado, además, en su predominio financiero, sobre las reglas del comercio establecidas y en su poderío militar.
Con ello logran diversos grados de adherencia y/o de sometimiento, pero encuentran también, de manera creciente, desafíos y resistencia a los dictados imperiales.
Declinación imperial y pérdida de hegemonía
Washington ha pretendido compensar el relativo declive económico del país, persistiendo en una estrategia de ampliación del alcance planetario (e incluso extraterrestre) de su presencia militar. Son renacidos sueños geopolíticos de dominación global.En definitiva, siempre hancultivado la ilusión de que el poderío militar es el testimonio de la grandeza nacional y quemediante la fuerza son capaces de lograr todo lo que se propongan.
Tales sueños están cada vez más alejados de la realidad, no solo ante los desafíos externos y el impresionante ascenso de China, sino debido aelementos de su realidad interna causantes de la declinación, tales como la desindustrialización, el notable crecimiento de la deuda pública; la nociva gravitación del capital especulativo,la creciente desigualdad económica y estancamiento del proceso de movilidad ascendente que deterioran el consenso democrático; la obsolescencia de las infraestructuras y otros.
Pese a esa realidad, y ante un orden mundial cambiante y multipolar, los grupos de poder y el gobierno yanquis se muestran belicosos y se han volcado a fortalecer su tradicional línea de confrontación; se aferran e intentan conservar su supremacía, con carácter permanente y expandiendo sobremanera la proyección de su poderío militar.
Esa especie de compulsión de apoyarse en la fuerza también busca aplastar las dudas acerca de su actual estabilidad y poderío, y respecto a la percepción de que existe un serio deterioro de la capacidad y posición de predominio estadounidense.
Como fue esbozado por el Pentágono, el plan de Estados Unidos es más dinero, más agresión y más vigilancia interna. En lugar de adaptarse juiciosamente a su declive relativo, forjándose un nuevo lugar en el emergente mundo multipolar, los líderes estadounidenses han perseguido la fantasía de un dominio infinito.En respuesta a ese proceso de apariencia inexorable, Estados Unidos pretende seguir actuando y hacer más de lo mismo que ha estado causando su declive.
