Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Apodos de litoral

Autor:

Juan Morales Agüero

El Puerto de Manatí es un diminuto asentamiento posado como un alcatraz en la costa norte de Las Tunas. Según el último censo, no desborda el millar de habitantes. Allí nacieron, crecieron y radican aún varios de mis mejores amigos. Con muchos de ellos trabé amistad en mi ya lejana época de estudiante secundario. A otros los conocí en circunstancias extradocentes, aunque igual de perdurables. Solemos encontrarnos alguna que otra vez y, cuando eso sucede, nos vienen a la memoria los buenos y los malos momentos pasados juntos.

Algo que siempre me ha hecho sonreír de los «portuarios» —tanto de mis conocidos como de quienes no lo son— es su proverbial costumbre de endilgarse y llamarse entre sí por los apodos más rocambolescos que se hayan escuchado jamás. Sí, la onomástica del poblado, famoso por lo pintoresco y hospitalario, constituye una auténtica exhibición de sobrenombres extravagantes, atributo distintivo de los pueblitos pequeños, donde todos sus habitantes se conocen entre sí.

En el Puerto de Manatí uno se puede encontrar con motes tales como Chapín, La Chopa y Tortugón, todos con inconfundible fragancia a mar y justificados por la convivencia de su gente con el salado elemento. Sin embargo, otros reproducen el de ciertas aves que, por ser otro su hábitat, no figuran en la lista de la fauna local, como Tomeguín, El Títere y El Perico. Y vaya usted a saber por qué: nada de Gaviota, Pelícano o Flamenco, como sería lógico que ocurriera, dada la afinidad de estas especies con las zonas cercanas al océano.

Si de nombres de insectos se trata, el entomólogo que se deje ver por el Puerto se llevará la gran sorpresa, pues se encontrará de sopetón con apodos relacionados con algunas de tales especies. Escuchen estos ejemplos: La Nigua, El Piojo y El Grillo. Amigos míos, ¿qué delitos habrán cometido sus portadores para merecer tan estrafalarios apelativos? Se necesita poseer una capacidad de fantasía fuera de lo común para bautizar de esa manera al prójimo.

Pero la insólita lista continúa hasta lo inimaginable. Apodos con reminiscencias de instrumentos cortantes no se andan por las ramas a la hora del inventario: Machete y Serrucho. ¡Vaya usted a saber las razones de sus orígenes! Y con sugerencias agroalimentarias también, tales como Boniato y Frijol. De criaturas cuadrúpedas abundan por montones: El Chivo, El Gato, El Oso, El Mono y El Mulo. He dejado para al final unos cuantos apodos a los cuales no les encuentro lógica ni sentido. Oigan: Tin Tan Ton, Vira Palo y Piribico. Si alguien conoce sus significados, le ruego me los comunique.

Lo simpático del caso es que absolutamente ninguno de los «mártires» de estos apodicidios se indigna ni se escandaliza cuando sus vecinos de asentamiento lo llaman a gritos —lo mismo a solas que en presencia de terceros— por su correspondiente mote, el cual, en buena medida, ha reemplazado al nombre verdadero con el que alguna vez sus padres lo inscribieron oficialmente en el Registro Civil. Como aquel conocido por Arrecife, al que muy pocos identificaban por Arturo.

Se suceden las generaciones y la costumbre de los habitantes del Puerto de Manatí de endilgarse unos a otros apodos extravagantes prosigue como si tal cosa. Se trata de un caso interesantísimo, digno de sociólogos y de lingüistas. La práctica se integra al color local como una ofrenda al gracejo criollo. También como una confirmación de que los cubanos, independientemente de tiempos y de espacios, somos capaces de reírnos hasta de nuestra propia sombra.

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