Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cuando un pueblo canta sus himnos

Autor:

Enrique Ubieta Gómez

Foto: Roberto Meriño Hay dos preguntas incómodas que los medios internacionales no pueden eludir, ni pueden responder de forma satisfactoria (para sus dueños). ¿Por qué la Revolución Cubana concita tanta simpatía entre los hombres y mujeres honestos del mundo? ¿Por qué, si el pueblo cubano vive agobiado por sus muchas carencias materiales y por una pregonada «ausencia de libertades», acude de forma tan masiva a las marchas y concentraciones públicas de respaldo a la Revolución, o emite el voto —secreto y directo, nadie sabría nunca quién se abstuvo—, por los candidatos a diputados de su Asamblea Nacional?

Las respuestas que intentan desvirtuar esas realidades inobjetables son ridículas, pero pueden parecer verosímiles para quienes viven otras realidades. Desde hace algún tiempo vengo descubriendo con estupor que los medios internacionales no aspiran a moverse en los cauces de la verdad (no les interesa la verdad), sino apenas en los de la verosimilitud (les interesan sus intereses). Entre dos opiniones que se expresen en los medios, no vencerá la que más se acerque a la verdad, sino la que mayor difusión tenga, y esa difusión, lógicamente, depende de cuán poderoso sea el medio. Pido disculpas si estoy escribiendo perogrulladas, pero si es algo que todos los entendidos saben, debe decirse y recordarse a menudo.

Hace años que participo en los desfiles y en las concentraciones habaneras por mi cuenta. Es verdad que el centro de trabajo fija un punto de reunión, pero casi nunca llego a la hora pactada y a veces ni lo intento. Por lo general, no tropiezo en las marchas con personas que puedan dar fe de mi asistencia, pero ahí estoy, como expresión de mi compromiso. Para un intelectual revolucionario, esas reuniones masivas son instantes inigualables para el aprendizaje. Porque hay cosas que los libros no dicen, hay razones que se le ocultan a la razón: a ellas se llega por la vía de los sentimientos y de las emociones. Si usted no entiende de música, no intente aprender de ella leyendo libros. El conocimiento libresco, es decir, el falso conocimiento, mutila a los hombres y a las mujeres de sentimientos; es necesario recuperarlos. El Che lo dijo de forma sencilla y definitiva: «el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor». Y si usted perdió la capacidad de emocionarse cuando miles de personas cantan a su alrededor las notas de La Internacional —solo una mente perversa o retorcida puede imaginar que los cubanos cantan obligados—, jamás entenderá la profunda huella que la Revolución Cubana dejó para siempre en el alma de su pueblo.

¿Pero está preparado el lector medio de Europa o de Estados Unidos —países aparentemente cultos y desinformados, no por falta de lecturas tendenciosas, sino de vivencias, de emociones— para entender a Cuba?, ¿podrá comprender que los movimientos latinoamericanos de izquierda que hoy sacuden el hemisferio no son invenciones de líderes carismáticos, sino telúricas reacciones del pueblo ante décadas de neoliberalismo y de extrema pobreza? ¿Qué hará (qué haremos) si mañana cae Bolivia? ¿Si por egoísmo, desconocimiento, indiferencia o teoricismos inútiles, es culpable también de que esa porción de la Patria grande, que incluye a toda la Humanidad —según dijera José Martí—, cayera devorada por las transnacionales? ¿Será cierto que Don Quijote emigró de continente, que ya no cabalga por llanuras manchegas, sino por sierras latinoamericanas? Más de medio millón de cubanos desfiló este jueves en La Habana para respaldar a su Revolución. No será un titular de primera plana en los grandes diarios de Europa y Estados Unidos. Pero cada uno de nosotros regresará a su hogar —humilde y digno—, con la sensación, en unos casos intuitiva, en otros muy clara, de que su presencia fue una declaración de principios. No es mucho, lo sé, no es suficiente, pero hay que salir a la calle cuando el pueblo canta sus himnos.

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