Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Entre contradicciones

Autor:

Luis Sexto

Varios lectores han contradicho, en mensajes electrónicos, mis «dudas y certezas», comentario publicado el 10 de julio. Preví esa reacción desde la primera línea en que advertía que, si como norma la unanimidad me había beneficiado poco, en esa nota me beneficiaría menos. No era difícil preverlo. Porque yo admitía ver en Cuba un proceso de cambio —lento, gradual— hacia una más efectiva sociedad revolucionaria, pero ya sabía por rutinarias observaciones que parte de mis compatriotas consideran que nada cambia. Incluso, algunos, en su inquietud, me solicitaban «un poco de fe».

Mi posición de periodista no descansa sobre una almohada de pasividad. Al menos, no soy de los que esperan una indicación para repetir una consigna. Mis modelos y mis maestros nunca me lo recomendaron. Y he tratado de atenerme al espacio y la función de la prensa en Cuba. Escribo, es verdad, desde la ideología revolucionaria. Esta columna aparece para defender la obra y el significado de la Revolución, y dentro de esos límites he de hallar la manera más provechosa de aportar alguna onza de acero a su blindaje. Uno intenta, modestamente, pensar, pensar por cuenta propia, porque por cuenta propia hice mis elecciones primordiales: servir a mi país, intentar ser honrado y ejercer el periodismo.

Reaccionando, pues, ante la dimensión y alcance de los últimos decretos leyes sobre la tierra, el salario sin topes limitadores, el pluriempleo, creía ver los inicios de la voluntad de cambiar lo caduco por lo más útil. Y a pesar de los puntos de vista de algunos de mis lectores, no dudo de esa voluntad. Si no existiera la certeza más o menos generalizada de que nuestra sociedad socialista reclama reajustes en múltiples esferas, empezaría uno a albergar el presentimiento de que estaríamos yendo contra la Historia.

Pero hemos de tener en cuenta que si ya la unanimidad es una fórmula oxidada en cierta mentalidad promedio —aunque por la boca se diga otra cosa— es lógico por ello que no todos los cubanos estimen que Cuba necesita readecuar desde el socialismo su economía, sus conceptos, sus enfoques. Algunos se resisten. Y si repartir tierras —la Revolución es la única fuerza política que lo ha hecho en Cuba; es más, esa fue una de sus banderas principales— si repartir tierra, digo, implica ampliar horizontes productivos y políticos, determinadas voluntades inventan requisitos, pasos, firmas y cuños para que el proceso discurra tan despacio y cerradamente que marchite cualquier aspiración individual. Así también podrá ocurrirle al pluriempleo, si no andamos alertas...

Por lo tanto, sostengo mi paciente confianza en la acción de las inteligencias más creadoras de nuestra patria. Que nadie crea que junto con el orden jurídico o económico, cambian la mentalidad y los intereses. Quienes se habituaron a ser consultados hasta para cultivar habichuelas, no les parece todavía admisible que alguien deje de tenerlos en cuenta. Los viejos y cojos caminos del «así se hacía» o del «para mí es mejor» siguen ofreciéndose como rutas expeditas, a pesar de sus baches, y a pesar, sobre todo, de su ya ausencia de destino.

Y ese corolario, la pérdida del destino, el desgaste de la fe en que la resistencia también habrá de tener una recompensa, no refuerza el blindaje ideológico de la Revolución. Más bien lo afloja, al sumarle una mezcla de conceptos y actitudes regada con el agua ya casi impura de cansadas ideas, frases recalentadas y métodos autoritarios, cuyo resultado más duradero ha sido la doble moral.

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