Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

De maestro a Maestro

Autor:

Enrique Milanés León

Pese a que le abundaban en el aula hombres curtidos, en aquellas jornadas parecía profesor del arcoíris: alumnos adultos de todos los colores (incluidos muchos negros de clarísima nobleza) le escuchaban en las noches de los jueves en el aulita de Nueva York adonde llegaba después de dar a otros sus clases de Gramática Española.

Lo bello insólito era que aquellas lecciones de libros y vida, de las más exquisitas a que pueda aspirar recibir cualquier ser humano interesado en crecer, eran absolutamente gratuitas: el hombre cuya palabra se empinaba encima de su frente no solo (se) enseñaba en cada velada: (se) regalaba también.

De ese modo fue que hizo en extremo afortunados a huérfanos de fortuna. Era lógico entonces que justo a la entrada de la Sociedad La Liga una placa remarcara una divisa: Razón.

Letra a gesto, en la Liga creció, de la semilla de un hombre, el fruto de un nombre: el Maestro.

Su experiencia magisterial estaba consolidada. Desde la década anterior, la de 1880, había impartido con rotundo acierto clases de Gramática Española en la propia Nueva York. Siempre se vuelve a la anécdota: V. A. Paltsis, un joven que recibió sus clases de español, escribiría más tarde, para el Centenario de quien le enseñó, que era más fácil olvidar un idioma que borrar del recuerdo la impresión de un hombre noble.

José Martí quiso hacer con sus alumnos lo mismo que hacía con su persona: un constante ejercicio de mejoramiento humano. Y el semillero de bondad que regó fue aún más amplio que sus saberes infinitos.

Ya había disertado literarios amores, en 1877, en la Escuela Normal que en Guatemala dirigía el patriota cubano José María Izaguirre, ya había volcado en 1878 los costales de una cultura sin muros en el habanero Colegio Casa de Educación, de la calle San Ignacio. Y por 1881 se le escuchó y quiso con devoción caraqueña en los colegios Santa María y Villegas. Siempre el mismo maestro, siempre la clase distinta.

Él le abrió a una inmensa matrícula, americana de veras, las puertas de la Gramática, de varias literaturas, del idioma de estos pueblos, de la retórica más poética, de la vida… con sus acentos bien puestos.

Y no solo los bolsillos; siempre llevaba vacías las mangas de su saco: no se guardaba nada para sí, daba, en conocimientos, lo mismo que en la casa o en la lucha: completamente todo. De hecho, se ocupó de escribir, revelándola, la fórmula de su éxito: enseñar sin parecer que lo hacía.

Mas no eran mansas sus clases: él defendía el aula libre (igual que la Patria) y el aprendizaje ameno, como entretenimiento, la vitalidad del diálogo y la clase imaginativa, el viaje hasta lo profundo por caminos brillantes y la formación de seres limpios y útiles, rebeldes a la repetición. Solo después lo supimos: también preparaba la Revolución de la escuela.

Conocía las pedagogías de su época y alcanzó como pocos a ver lo mejor de la nuestra, pero el maestro Martí nunca dejó de estudiar porque él se sentía un pupilo. No dejó de respetar a sus alumnos.

Dicen que no, que jamás tuvo niños en un aula. ¿Pero alguien conoce aula mejor que La Edad de Oro? ¿Qué dirán los niños de América, Nuestra América, a ese respecto? ¿Dejarán que les quitemos, con adulta «corrección», a ese amigo, tan solo porque no le escucharon la voz? ¿Para qué el aula, si aún le tienen en casa? ¿Qué falta hace la voz cuando en cambio se conserva La Palabra...?

Ese es mi Doctor en Ciencias (y no solo pedagógicas), mi Máster en Cubanía, el que llena mi Causa de Honoris. Es José Martí Pérez, el maestro que de tanto enseñar (se) creció hasta Maestro. El queridísimo, el de alumnado heterogéneo y multilingüe; es José Martí, el más ambulante de todos los maestros cuyas lecciones brincaron horizontes más allá de sus huellas; es Martí, el patriota que se impuso a sí mismo el mayor examen práctico un mediodía de mayo, sentado en el pupitre de un caballo: encarar, sin que un miedo le hiciera pestañear, al mismo sol.

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