Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Escobas en el cielo de la URSS

Autor:

Enrique Milanés León

Antes de partir, Larissa Rasanova tuvo que escuchar un último regaño de su madre: «¡No puedes llevar la muñeca a la guerra!». Ella acató, obediente, por una razón más que comprensible: era casi una niña. Muchas muñecas quedaron solas en la vastedad de la Unión Soviética desde el ataque fascista del 21 de junio de 1941.

Las muchachas de las escuelas de aviación no se cansaban de mandar cartas pidiendo pelear igual que los hombres. Y si al principio no fueron satisfechas, una mujer especial, Marina Raskova, recordista en vuelos sin escala, convenció a las autoridades y comenzó a formar tres unidades aéreas femeninas. En una de estas, el regimiento 588, se tejió una leyenda que perdura.

Fueron acogidas en el otoño de 1941. En mayo de 1942 llegaron al frente y en junio estaban en combate.

Tenían entre 17 y 26 años y comenzaron por arreglarse uniformes masculinos, rellenar con periódicos las enormes botas y ajustar las cabinas de los aviones para alcanzar los pedales y controlar el panel. Así tomaron el cielo.

Tripulaban, en dúos, viejos aviones PO-2 con cabina abierta y estructura de madera y lona. No tenían radio ni ametralladoras y las bombas que lanzaban a veces iban «acopladas» a sus rodillas.

Risueñas, ellas mismas llamaban kukuruznik —mazorca de maíz— a sus avioncitos de apenas 120 kilómetros por hora, pero gobernándolos, muy pronto se ganaron de los alemanes un sobrenombre mágico y honroso: Nachthexen. Significa brujas de la noche; la causa del bautizo era su método de atacar en la oscuridad, por sorpresa, con el motor apagado, dejando oír apenas el mortal rumor de las alas.

Así causaron graves daños a la red logística enemiga. Johannes Steinhoff, uno de los aeronautas militares alemanes más reconocidos, llegó a decir que le resultaba «simplemente incomprensible que los pilotos soviéticos que nos daban tantos problemas eran… mujeres». En su ejército se temió y se dijo más: corrió el rumor de que las bellas aviadoras tenían visión felina en las noches gracias a un químico inyectable.

Tanto se les temía, que el alto mando del führer entregaba una Cruz de Hierro, su premio mayor, al piloto alemán que lograra derribar a una Nachthexen.

En cambio, las «brujas» eran muchachas de carne y hueso. Caían. En toda la guerra murieron 33 y los pilotos rusos, que antes de que se formara el regimiento 588 escribían en las bombas «¡Por la patria!», comenzaron a inscribir en cada proyectil los nombres de aquellas heroínas: «¡Por Vera!», «¡Por Liuba…!».

Las fotos no mienten: en este «cuento» real las brujas eran, además de buenas, hermosas. Se preocupaban por el toque bello en el uniforme, por el cuidado de sus trenzas clandestinas, por los pequeños espejitos y pañuelos delicados…

Al mando de sus singulares «escobas», las pilotos del 588 peinaron todo el frente este hasta Berlín. Fueron decisivas en la batalla del Cáucaso y en la liberación de Crimea, de la península de Tamán, de Bielorrusia y de Polonia y, por supuesto, en el golpe final a Alemania. Hicieron más de 20 000 asaltos aéreos, y el vuelo de sus nombres era más veloz y más alto que el de aquellos PO-2.

Después de mucho volar con avión y sin él, Nadia Popova murió hace poco, en 2013, con 91 años. Fue una Nachthexen distinguida. Cierta vez recordó que un día, al aterrizar, contó 42 perforaciones en su fuselaje. «No había tiempo para el miedo», acotó enseguida. Cumplió 850 misiones aéreas. No, no había tiempo…

Nadia fue joven y en un campamento se encontró con un piloto herido de cara vendada. Era Semión Jarlámov, y solo con verse los ojos comenzaron a amarse. Al final de la guerra él fue a buscarla a su aeropuerto y en las ruinas del Reichstag grabaron sus nombres, quién sabe si de héroes o de enamorados. Juntos hicieron de la vida un avión biplaza. Hasta el final.

Las cenizas de Marina Raskova, la aviadora que creó los tres regimientos aéreos femeninos, descansan en los muros del Kremlin, cerca de donde Lenin alerta sin descanso. El 588, de bombardeo nocturno, fue la unidad aérea más condecorada, pero las muchachas de los aviones Caza también sobresalieron. Lidiya Litviak, conocida como la Rosa blanca de Stalingrado, derribó una docena de naves enemigas. Ella misma tenía cara de flor pero, inconforme, solía colocar ramos silvestres en el parabrisas de su nave.

Era muy temida. Para abatirla, los alemanes tuvieron que organizar una emboscada de ocho aviones. Su nave estuvo perdida muchos años hasta que en 1969 unos niños, jugando, la encontraron. No es difícil imaginar el asombro de los chiquillos al hallar en aquella cabina encantada, en medio del bosque, a una hermosísima bruja durmiente.

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