Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Madre, vigía y testigo

Autor:

Osvaldo Pupo Gutiérrez

La había visto de cerca solo en sueños. Quizá, una que otra imagen coleccionaba. Pero nunca llegué a imaginar la impresión al contemplar su fino y bronceado rostro, su pose de senos erguidos, de pecho abierto, como quien espera un abrazo y a la vez no le teme a las balas. Sus manos extendidas parecen que reciben de otros, pero realmente es ella quien más da.

Una impresión única, cautivadora, imborrable… Decenas de escalones no fueron impedimento para el encuentro. Estando allí, nada me detendría para acariciar su piel y registrar aquel momento en mi álbum de fotografías.

Cuando empieza la escalada parece distante, frívola, vetusta. Mas cuando el sol irradia en su frente, aparecen sus rasgos juveniles, esos que contemplaron Mella, Villena, José Antonio, Fidel…, eternos enamorados, quienes le devolvieron el brillo al bronce, le restauraron su dignidad.

Una amalgama entre deidad grecolatina y madre nutricia, proveedora de alimento intelectual, se distingue en lo alto de la colina. Cada septiembre le nacen hijos del alma, y los deja volar años después convertidos en seres distintos, dotados de sentido del deber para construir una patria próspera entre todos.

A pesar de su siglo de existencia, no la avejentan canas; quizá porque rejuvenece cada vez que la tocan manos bisoñas, porque está celosamente cuidada como el patrimonio que es.

No cambia nunca la mirada, porque desde hace más de cuatro décadas custodia el descanso eterno del más excelso de sus hijos. A solo metros está Julio Antonio Mella, quien de veras sintió en lo más profundo las ideas martianas de fundar la universidad nueva, de transformar en morada de revolucionarios la institución académica superior más antigua de Cuba.

Desde 1919 el Alma Máter ha sido símbolo de los universitarios. ¿Con qué dotes extraterrenales contaba el checo Mario Korbel para esculpir en suelo cubano a la hija del señor del Olimpo con rasgos criollos? Su destreza como escultor nos ha regalado un ícono del saber.

Durante los años más duros para la República, no estuvo quieta. Combatió al machadato, fue consigna ante las represiones, fue parapeto ante la metralla. Asistió con pesar al velorio de la Constitución de 1940 y sumó su voz al reclamo ante el golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952.

Ella nunca había sido tan feliz como lo es ahora, porque ya no distingue entre blanco, negro o mestizo; porque ve bajar por la escalinata a pinos nuevos formados con la esencia martiana y fidelista; porque nuestros abuelos borraron la afrenta y ganaron la patria a pie para no mendigarla nunca de rodillas.

Aún centenaria impulsa a las nuevas generaciones de jóvenes, es guardiana celosa de las puertas del saber y cede el paso —como quería Fidel— a aquellos dispuestos a cambiar todo lo que deba ser cambiado para vivir en una Cuba mucho más parecida a su gente.

Espero que siga allí, testimoniando todavía, ahora que me corresponde vencer esta etapa de vida. Quiero cumplir otro sueño, fotografiarme dentro de cuatro años, ya graduado, con la estatua viva de una universidad con casi tres siglos de historia.

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