Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

De noches, bandera y el plomo

Autor:

Mario Ernesto Almeida Bacallao

Las madrugadas de julio —cuando no hay huracán— suelen ser así: húmedas, quietas, violentadas cuanto mucho por el vuelo abrupto de alguna mariposa bruja o por la luz lejana de las centellas que, mudas como estas noches de verano, se suceden unas a las otras, pero nada más.

Al mes de julio le salen canas y arrugas y, nosotros, de tanto inventar calendarios, meses y semanas, terminamos viviendo al pendiente de las fechas. Llega el 26, el Moncada, y pasas horas frente al teclado y sufres, porque sientes que ya todo está escrito y no quieres que lo tuyo sea como la bandera roja y negra de los Comité de Defensa de la Revolución, que de tanto sacarla
todos los años acaba por perder hasta el color.

***

Ha llovido. La lluvia intensa allana todo: el mar, el polvo, el viento, las hojas. ¿Así le ocurrirá a una ciudad después del asalto, del estruendo, de los gritos, de las persecuciones, del vértigo, del plomo?

Las balas son horrendas. En el servicio militar, había soldados que soñaban con quedarse con alguna para luego hacerse un colgante, salir a la fiesta y que todos viesen su «joya». «Una bala de verdad», decían orgullosos del color amarillento del proyectil, tan parecido al de los juegos de comando, donde matas, mueres y renaces sin que nada duela.

Yo siempre le temí a las balas. Lo mismo a las que yacían en ristre que a las guardadas en caja, lo mismo a las trazadoras que a las ordinarias, incluso a las salvas.

«Esas cosas se hicieron para matar», pensaba y cuando las tenía en la mano y palpaba sus puntas, la frialdad y pesadez del bronce, experimentaba una ensarta de sensaciones agrias que hoy podría definir con las exactas palabras de John Donne: «la muerte de cualquier hombre me disminuye».

Imaginaba entonces cómo sería «caer» e intentaba preconstruir el dolor de la carne abdominal descerrajada por el plomo, en el momento en que la neuralgia sería lo menos importante. Trataría de aferrarme a ella porque quién sabe si al perderla se acabaría yendo todo. Morir… tan natural, tan triste.

Sin embargo, el combate frente a frente, el de mi fuego contra el tuyo, o lo que nos contaban, con el agregado de los porqués para estar ahí, de las necesidades históricas, las conviccio-
nes, siempre lo vi con su toque de poesía. Balas mediante, sí, pero balas como mal necesario, inaplazable, como las que llegan cuando el mundo te despierta con la culata del fusil y te cuestiona, vestido de campaña: «Hermano, ¿tú qué harás?».

En medio de todo, pensaba en que a Mario Muñoz Monroy, el médico, desarmado, le habían disparado por la espalda y llegaba a la escalofriante certeza de que la guerra es más dura y amarga de lo que nos contaron.

***

Quizá por eso haya que recordar cada año, para que, en medio de los dolores de cabeza cotidianos, no se nos olvide tan pronto que las noches de julio no siempre fueron apacibles. Tal vez, también por eso, haya que cuidar nuestras banderas.

Algo habremos de inventar para que no se descoloren, porque el rojo tiene que ser rojo como la sangre y no naranja… porque el negro tiene que ser bien prieto como el luto y no desteñido como la ausencia del recuerdo.

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