Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Chinolope, inolvidable amigo

Autor:

Alina Perera Robbio

Pocas noches en mi vida serán tan gratas como aquellas en que yo, siendo estudiante universitaria, iba con mi novio adolescente a visitar a alguien que él, siempre inquieto y sensible, había descubierto: tras una larga travesía llegábamos, a veces sin avisar, al cuartico en Marianao donde vivía Chinolope, ese genio de la fotografía llamado Guillermo Fernando López Junqué.

Me ha dolido mucho saber que en la noche de este martes haya muerto ese inmenso de la creación, de cuyo talento nació una de las más importantes iconografías del siglo XX en la Isla. «La vida es un misterio», me dijo hace una década, al cabo de haber transitado ambos un camino de amistad larga, a pesar de que era él un hombre nacido el 10 de febrero 1932, y los muchachos que lo buscábamos para encontrarnos con trozos de verdades alucinantes habíamos llegado al mundo en 1971.

Porque la vida es como un tiovivo estuve sin ver al Chino unos cuantos años. Pero cuando se produjo el reencuentro, fue igual de hermoso y alegre: en el cuartico seguía intacta Esperanza, su mujer y guardiana, un ser de inteligencia abrumadora, quien nunca ha perdido el don de convertir las palabras en criaturas vírgenes.

El Chino atesoraba con orgullo una imagen que su cámara tomó de manera automática. Atrapados habían quedado él, José Lezama Lima y Julio Cortázar. Decía mi amigo que Lezama le dijo: «Apúrate y siéntate aquí, de lo contrario no van a creerte cuando cuentes de esta tarde». Y así es: historias nos contaba el Chino, de seguro ciertas, que tal vez muchos no crean.

Pero yo siempre creí en él; y me imaginaba al Che, a Haydée Santamaría, a grandes pintores y músicos nuestros, a seres extraordinarios y desconocidos, tiernos y peligrosos, a través de la palabra de Chinolope.

Una vez le extendí mi lamentación por no haber coincidido en tiempo y espacio con el poeta cubano José Lezama Lima —habría sido su amiga hasta el final, y su discípula—. Entonces recibí la ocurrencia piadosa del artista de la lente: «Estás unida a él a través de mi corazón…».

Mi amigo solía hablar iluminado por soplos que el gordo maestro le regalaba: «lo que cambia y se renueva, es lo que tiene necesidad». O: «tener fe requiere coraje, la capacidad de correr riesgo, la disposición de aceptar incluso el dolor y la desilusión. Quien insiste en la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias de la vida no puede tener fe».

El drama de Chinolope era entendible: «uno siente tristeza —me confesó hace una década— por no llevar una cámara inseparable con la cual tomar fotografías que ahora hablarían por sí solas». Era una maravilla este amigo hijo de mulata y japonés peregrino, obsesionado por atrapar con su obturador al «no tiempo en el tiempo».

Él…, quien de niño no sabía leer y voceaba titulares de prensa que burlones callejeros le daban, pero que aprendió el alfabeto gracias a su abuela materna, la que lo paraba frente a una farmacia, por ejemplo, y le decía: «Ahí dice farmacia. Lea: efe con a…».

Mi querido y respetado colega, Pedro de la Hoz, ha dicho recientemente en las redes virtuales que no debemos olvidar a Chinolope, genio y figura, artista excepcional; y que Eduardo Galeano había escrito sobre él: «vendía diarios y lustraba zapatos en La Habana. Para salir de pobre se marchó a Nueva York. Allá, alguien le regaló una vieja máquina de fotos. El Chinolope nunca había tenido una cámara en las manos, pero le dijeron que era fácil: Tú miras por aquí y aprietas allí. Y se echó a las calles.

«Y a poco andar —contó Galeano— escuchó balazos y se metió en una barbería y alzó la cámara y miró por aquí y apretó allí. En la barbería habían acribillado a Joe Anastasia, que se estaba afeitando, y esa fue la primera foto de la vida profesional del Chinolope. Se la pagaron una fortuna. Esa foto era una hazaña. El Chinolope había logrado fotografiar a la muerte. La muerte estaba allí: no en el muerto, ni en el matador. La muerte estaba en la cara del barbero que la vio».

Todavía me veo descubriendo con mi amigo la genialidad de algún cuento de Julio Cortázar; Las babas del diablo, por ejemplo, ese texto críptico en el cual de pronto todos gritábamos en la noche que habíamos descubierto cierta verdad tremenda.

Por lo pronto me quedo, además de con la nostalgia, con ideas que me regalaba el Chino y que me ayudan a vivir. «A ver, dime, qué une realmente a los hombres?», me preguntó una vez. Desde luego no respondí una palabra; y entonces él habló: «la creación, mi niña, la creación…».   

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