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¿Qué tan privilegiada es tu persona?

Autor:

Laura Fuentes Medina

La predisposición humana de segmentar o agrupar ha dado lugar al surgimiento de criterios y tendencias que, en su expresión más radical de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual o religión, marcaron la historia del mundo con huellas imborrables.

Más reciente ha sido la identificación de otro tipo de comportamiento, que no llega a denominarse discriminación, pero es, de hecho, discriminatorio.

Desde pequeños tendemos a segmentar las situaciones, objetos y sujetos según criterios superficiales como «el lindo» y «el feo». Es algo tan intrínseco en la sociedad que lo hemos incorporado de manera inconsciente.

Se habla de superficialidad, vanidad, hipersexualización… incluso la mala publicidad se ha convertido en meta, porque «lo importante es que hablen de mí, bien o mal, pero que hablen».

¿Cuántas veces has sentido que tus atributos físicos marcan la diferencia? Los algoritmos de las redes sociales le han concedido importancia superlativa a la imagen de los internautas y creadores de contenido. Está de moda la belleza sobre la inteligencia. No es tan importante la calidad del trabajo, sino la imagen y popularidad de quien lo acompaña.

De ahí el auge del concepto de pretty privilege, el privilegio de la belleza o privilegio de ser atractivo. Se refiere al sesgo que favorece a las personas consideradas atractivas, con base en los estándares sociales de belleza.

La belleza es subjetiva, sí; pero es una realidad que el atractivo percibido tiene consecuencias sociales y económicas. El término Pulchronomics, acuñado por el investigador Daniel Hammermesh, se usa como referencia para estudiar la llamada Economía de la belleza.

Según el reportaje de igual nombre, publicado por la revista Expansión en 2012, Hammermesh desarrolló un método cuantitativo para relacionar belleza, capacidad de negociación y resultados: las ventajas de los rostros bellos varían según la actividad, pero el porcentaje va desde el 12 en adelante.

Es innegable que la apariencia puede ser un factor determinante en la cotidianidad social. Sin embargo, quienes ostentan ese privilegio muchas veces no son conscientes de él, de modo que la responsabilidad recae en la sociedad que los distingue y realza del resto.

Esas distinciones se suelen hacer de manera inconsciente, y la sicología las explica a partir del «efecto halo», término establecido en 1920 por el sicólogo y pedagogo estadounidense Edward Thorndike.

Se trata de un sesgo cognitivo mediante el cual ocurre una distorsión del juicio que propicia la presunción de características desconocidas de un sujeto
a partir de la impresión creada por una característica conocida.

Aunque no existe relación entre físico y conocimiento, sucede con frecuencia que automáticamente consideramos a las presentadoras más atractivas o a los conductores de la televisión simpáticos, por ejemplo, como más inteligentes.

O sea, si percibimos una cualidad positiva en alguien, tendemos a asumir que otras cualidades también deben ser positivas, y viceversa. Esto sucede porque tenemos la necesidad de clasificar la realidad de forma ordenada, pero en ese camino podemos incurrir en errores de juicio.

Por lo mismo, no todo es ventaja para las personas atractivas. Cuando el efecto halo actúa con base en la belleza, tendemos a suponer que esa persona es carismática, inteligente, generosa, incluso saludable… En virtud de ello creamos un nivel de expectativas difícil de alcanzar por su parte, y eso nos genera una decepción más profunda.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo evitar las consecuencias del efecto halo? Pues no deberíamos permitir que las impresiones externas condicionen nuestros juicios.

Ser conscientes de nuestro propio sesgo y buscar una evaluación más completa de las personas y situaciones a partir del reconocimiento de sus otras aptitudes, más allá de su físico, nos ayudará a tomar decisiones más objetivas y justas.

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