La solidaridad rara vez es noticia cuando fluye con naturalidad; se vuelve visible, en cambio, cuando se intenta detener su cauce. Los empeños draconianos por cortar ese hálito solidario son, cuando menos, oportunistas.
Cuando el chantaje se vuelve una vía de extorsión, quienes pierden son los pueblos, su gente. Lo saben bien las naciones que hoy, bajo la amenaza y el sello inconfundible de la falta de dignidad, despiden a las brigadas médicas cubanas, esas que han sanado tanto dolor en recónditos parajes donde muy pocos llegan.
Nuestros galenos han sido víctimas de otro intento por quebrar la vocación solidaria y humanista de esta Isla mediante la presión a pueblos hermanos de la región. Ejemplos recientes confirman el alcance de estas presiones. El 4 de marzo Jamaica anunció el fin de su acuerdo de cooperación sanitaria con Cuba, pese a que ese programa permitió atender a más de ocho millones de pacientes y salvar alrededor de 90 000 vidas, según datos oficiales.
Una decisión similar se tomó en Honduras, donde los galenos antillanos daban cobertura médica a 17 de los 18 departamentos del país —con millones de consultas y cientos de miles de cirugías realizadas—.
Una cosa sí es cierta, quienes hoy incitan a que se tomen estas decisiones confunden descaradamente la labor humanitaria de salvar vidas con el delito de la trata de personas. Recurren a la mentira y al engaño, imponiendo una falsa narrativa carente de toda autoridad moral. No toleran, por supuesto, el tremendo ejemplo humanista que Cuba representa para el mundo.
Durante décadas, las brigadas médicas cubanas han estado presentes, además, luego de desastres naturales, epidemias y contextos marcados por profundas carencias, con un enfoque centrado en la atención primaria y la prevención.
Esa vocación parte de una política sostenida en el tiempo por el Estado cubano, incluso en medio de sus propias limitaciones económicas, lo que ha hecho de la solidaridad internacional uno de los pilares fundamentales de la política exterior cubana.
Cuando se obstaculiza esa cooperación, no solo se afecta a Cuba como país emisor del servicio, sino a millones de personas que dependen de él. Presentar esas misiones como meros instrumentos políticos tiene un profundo calado inmoral, justamente porque se busca ignorar las miles de vidas que han sido salvadas a lo largo de tantas décadas.
Mientras la pequeña Isla caribeña continúa enviando profesionales de la Salud a los rincones más necesitados del mundo, quien la acusa de «violaciones», el Gobierno de Estados Unidos, insiste en el chantaje más burdo posible.
La diferencia, sin embargo, es marcada. Mientras uno lleva esperanza, otros han sido responsables de escenarios de destrucción y muerte. «Médicos y no bombas», fue la sentencia preclara que diera el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, durante el acto fundacional de las brigadas Henry Reeve.
Cuba, que jamás ha dejado sola a ninguna nación en momentos duros, y siempre ha dado lo que tiene, no lo que le sobra, recibe hoy a varios de sus hijos de batas blancas con la cabeza erguida, con la satisfacción de haber llevado la solidaridad y bondad en el centro del pecho.
¿Debe la solidaridad convertirse en blanco de sanciones? ¿Debe la asistencia médica ser rehén de designios imperiales? Cuando lo que está en juego es el derecho a la salud de los pueblos, obstaculizar la ayuda más allá de un acto de presión e intimidación, es, en esencia, una forma de negarles a otros la posibilidad de vivir.