Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Las paradojas de las tareas extraclases

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Por mucho que se quiera avivar la cultura general integral y el espíritu investigativo en menores de edad, resulta contraproducente que, en las instituciones educativas, se diseñen y orienten estudios independientes sobre tópicos que superan con creces los saberes y habilidades de los grupos etarios sometidos a examen, en este caso de los niños. Lo único que se logra con ello es la reproducción exacta de la información recopilada.

Para entendernos, le explico con dos ejemplos experimentados por estudiantes de 6to. grado y sus familias en la ciudad de Sancti Spíritus. En el primero, se exigió realizar la ruta cronológica de las Constituciones en Cuba y, en el segundo, indagar sobre hijas de esta tierra que fueron protagonistas en la lucha clandestina de finales de la década de los 50 del pasado siglo. 

¿Son contenidos en consonancia con los objetivos de ese grado? ¿Están esos temas accesibles, sin necesidad de contrastar más de una fuente, en toda la red de bibliotecas? ¿Los docentes dominan informaciones tan específicas?

Son algunas preguntas que movieron el debate de los adultos, quienes, al conocer de esas tareas extraclases, otra vez, debieron poner a un lado sus responsabilidades para, más que guiar, realizarlas. Y utilizo conscientemente el término «otra vez» porque ocurre con mucha frecuencia. 

Unas veces como herencia de un paternalismo nada saludable, lamentablemente, porque es frecuente no poner límites a la asistencia. Y otras —y es lo que motiva este comentario— porque las tareas que los maestros les dan a los muchachos para que las realicen en casa, la mayoría de las veces, están, en su totalidad, divorciadas de las habilidades de los estudiantes. 

Sería de locos dar la espalda a los ejercicios fuera de las aulas. Son vitales para fomentar la autonomía. No solo amplían conocimientos, sino que siembran el hábito de estudio, creatividad y aptitudes. Pero para ello precisan dejar de ser orientaciones mecánicas y repetitivas.

Cada encomienda tiene que motivar a la investigación, según los intereses y necesidades de los estudiantes. Vivimos tiempos complejos, cuando más que nunca urge estimular el aprendizaje en nuestras instituciones educativas siempre con un diagnóstico exhaustivo en las manos. Solo así se pueden trazar opciones en correspondencia con las particularidades del alumno, para evitar que el ejercicio se convierta en el estricto cumplimiento de una orientación.

Tampoco es válida la segunda parte del proceso. Tras la entrega del informe, algunas veces exigido a mano y otras en formato impreso, se premia la mejor reproducción del contenido. Casi nunca se fomenta el ambiente interpretativo ni el propósito imprescindible de enseñarlos a pensar y, a la vez, el estímulo de crear argumentos propios, escribir y exponer ideas. Con sus palabras.

Se legitiman, así, la indicación del trabajo extraclase, la forma en que se hizo, apagón de por medio, con uno o dos clics en internet, sin detenerse en los muchos errores que navegan por esa infinita plataforma. Se prioriza más la buena memoria que los juicios propios.

El sistema educacional cubano precisa revisarse para evitar ejemplos como los mencionados y otros muchos que no caben en este comentario. Sin duda, no conducen a la formación desde metodologías participativas y dinámicas, según los postulados más revolucionarios de los procesos de enseñanza contemporánea, que enfatizan en la necesidad de un pensamiento crítico. Ese que, como ha demostrado la propia historia de la humanidad, es la única vía para incidir en el crecimiento de mejores seres humanos.

 

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