Cuentan —y hasta en libros ha quedado— que, después de los tres disparos letales de aquel 19 de mayo de 1895, un matrimonio campesino recogió la sangre de José Julián Martí Pérez en una botella y la enterró en el propio Dos Ríos, para señalar el lugar exacto de la caída, que no por gloriosa dejó de ser demasiado dolorosa para Cuba.
La botella fue luego una cruz de caguairán, plantada por manos libertadoras que temblaban de devoción. Esa cruz quedó abrazada por un montículo de piedras, cuando en julio de 1896, Máximo Gómez y su tropa tomaron piedras del río Contramaestre y las colocaron silenciosa y solemnemente en el sitio sagrado.
Y ese montículo, con los años, se hizo obelisco de diez metros de alto y una inscripción que todavía sacude: «Cayó en este lugar».
Leyenda o no, es una hermosa historia. Pero, si no hubiesen sembrado sus glóbulos gloriosos, debajo de las sombras de un fustete y un dagame, él hubiera germinado como quiera, más allá de afluentes, proyectiles y rosales. Seguro.
Hay otra certeza que traspasa fechas: el mayor general del Ejército Libertador José Martí cayó, no para convertirse en eclipse, sino en astro, simiente, puente-verdad...
Seríamos ingenuos si no dijéramos que el impacto de la tragedia fue demoledor, al punto que Gómez, curtido en mil batallas, escribiría en su Diario, que su espíritu quedó abrumado por la «pérdida sensible del amigo y del patriota».
No obstante, toda una generación bebió de aquel coraje, de aquellas ganas de hacer, de su verbo taladrante, que había tenido en Vuelta Grande, esa misma mañana del 19 de mayo, durante la arenga a la tropa mambisa, su última prueba de gravedad y energía.
Ni siquiera los vencedores sabían bien a quién habían abatido esa tarde. No fue hasta que revisaron sus pertenencias —entre las que estaba una sortija con la palabra «Cuba»—, que comenzaron a intuir la caída del «Presidente», un término que Martí había rechazado en el campo por su proverbial modestia; prefería mil veces llamarse simplemente «delegado» o «ciudadano».
Por eso, Dos Ríos resulta más que un punto en el mapa. Es el lugar donde un puñado de tierra fue regado con la sangre fértil, el sitio de una vigilia que aún no ha terminado.
Ahora mismo, él anda en la piedra fundida, la palabra primera, la ventisca surgida de repente. Anda a galope para decirnos que aquel primer combate no fue el último, que volvamos a releer la carta inconclusa a Manuel Mercado; que no olvidemos.
Su ejemplo es torrente de hechos, no un acto. Su historia invita a vestirse de nación, por más tormentas que intenten sembrar dudas.
Después de todo, la pregunta todavía latente es qué hacemos y haremos para poner a Martí en nuestras cabeceras, desprovisto de mitos, presto al combate, con su mirada eterna al sol.