Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Mano dura

Autor:

Héctor Alejandro Castañeda Navarro

Los hechos delictivos y de corrupción nos salpican a cada instante en la sociedad. A cada rato conocemos de algún incidente de envergadura que no es compatible con los principios y valores que nos han distinguido —y defendemos—, ni debemos aceptar en nuestra existencia y convivencia, como seres humanos con responsabilidad social. Se trata de casos intolerables donde el afectado directo, como casi siempre pasa en estos casos, es el pueblo.

Frente a la ética invariable de la Revolución, están quienes intentan hoy probar las mieles inmorales y detestables de la corrupción. Son los mismos individuos que minan desde dentro la confianza, la traicionan y se creen luego impunes frente a nuestras leyes para terminar obrando con total vanidad.

Algunos opinan que los tiempos de crisis exacerban el flagelo, lo alimentan cual caldo de cultivo. Y es cierto. Sin embargo, tampoco podemos escudarnos en ese trasfondo injustificable. Están los que se corrompen al sentir el manejo de recursos en sus manos, o el que eleva su ego malversando las necesidades imperantes.

Se trata de un tema muy serio al que se le ha prestado la máxima atención desde los plenos del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y en otras instancias de la dirección del país.

Analizar la prevención y el enfrentamiento a la corrupción, el delito, las ilegalidades y las indisciplinas sociales es una muestra inequívoca de la importancia que en Cuba se le sigue prestando al asunto. Aunque todavía, ciertamente, queda mucho por hacer.

Indagando sobre el tema hace pocos días, un joven me contestaba: en los pueblos y municipios la gente sabe, por lo general, quién se mueve raro, en franca referencia a quienes negocian los principios desde sus puestos, engordan sus bolsillos y le abren una herida profunda a la economía de este país que resiste, contra viento y marea, una guerra de todo tipo, hoy más intensificada que nunca. 

Como se ha alertado varias veces por la Contraloría General de la República, estos hechos delictivos son mayormente crónicos a nivel de base.

De ahí que es fundamental afincar el oído en esas instancias al pueblo, así como escuchar y actuar con la severidad que lleven los hechos. Quién puede dudar que el primer filtro para detectar los sucesos en cuestión está en las masas, en el obrero o la gente de a pie.

Cuántas veces de la opinión popular no han salido certezas indiscutibles, denuncias incuestionables. Por ello, nunca podemos subestimar desde el barrio las rendiciones de cuenta al delegado, por ejemplo, en el propósito de avanzar hacia un control popular más eficiente, sobre todo, ahora que nuestra economía posee mayor pluralidad de actores.

Sería ingenuo pensar en este contexto que el flagelo se reduce solo a las empresas o centros estatales. Recordemos que, incluso, se ha comprobado durante investigaciones la creación de algunas pequeñas y medianas empresas privadas que fomentaron su capital, sobre la base de ilegalidades o bajo el previo guiño a la corrupción.

A ello debemos sumarle hoy el encadenamiento nefasto entre distintos actores, y no me refiero, precisamente, al que tanto bien le haría a la economía cubana, sino a aquel que predomina con el síndrome del «resolvismo», o sea, «tú me resuelves y yo te resuelvo bajo cualquier concepto».

La voluntad del país es clara y precisa en lo referente al delito de malversar y violar valores fundamentales: ser intolerante. En tiempos tan duros, en los que todos (pueblo, Gobierno, proyecto social) hemos tenido que reinventarnos para salir adelante, la corrupción no podrá tener otra respuesta que el rechazo unánime y la severidad de la ley. La Revolución está cimentada bajo principios morales y éticos altos, y eso no lo puede mancillar nadie.

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