Hijo, no me preocupa cuánta ropa te queda a salvo, en qué lado del pueblo cargas el teléfono luego de tantos días sin electricidad o si queda intacta la bicicleta que te regalé el día de tu cumpleaños.
Me inquieta (y es una pregunta que me hago a diario) cuánto bien has hecho por otros sin buscar pretextos, y si logras ser bueno porque sí, porque te nace dentro un gusto fértil de ser útil, y así día tras día, sin cansarte nunca, porque el bienestar permanente solo se logra después de muchos años de hacer el bien.
Hay gente que ha perdido más de lo que es capaz de calcular y me haría muy feliz verte ayudarles a recuperar, aunque sea, un poco de esperanza.
Fíjate bien que no hablo de un tiempo pasado, cuando se perdía la cuenta de los hombres buenos porque eran muchos y había como un respeto de acero entre unos y otros, y un cuidado supremo para devolver con bien cada gesto.
Te hablo de ser bueno hoy, cuando la gente anda obsesionada con eso del «ojo por ojo» o «que Dios multiplique para ti lo que deseas para mí», y urge hacer el bien sin más retribución que una satisfacción muy honda y personal, sin hacer fotos de cada gesto bondadoso ni subirlo a las redes digitales para que el mundo lo vea y aplauda.
Ser bueno hoy te prepara para una época en que unir a la gente en pos de una causa común será tarea que no pocos darán por imposible. Las almas dispersas por el ruidoso crujir del egoísmo serán como árboles sin raíz cayendo en mitad de un parque, y únicamente habrá dos caminos: el de los que aman y fundan y el de los que destruyen, al que pertenecen tanto los que se niegan a sembrar cuando aprieta el hambre, como los que mastican despacio en la madrugada para que nadie los escuche y así evitan compartir el alimento que les resta.
No pueden ser buenos los hombres de manos libres y sanas que contemplen calmados cómo los malos marineros encaminan el barco hacia el arrecife. Los hombres buenos han de juntarse para salvar el barco, no lanzarse al agua en unos pocos botes ante el naufragio, dejando a los compañeros abandonados a la furia del oleaje.
Ninguna buena acción cae del cielo, como la llovizna; siempre se consigue con mucha constancia, y ha de entrenarse el corazón para amar a los otros por encima de sus faltas, porque, de lo contrario, la oscuridad del mundo entrará a hurtadillas en su pecho.
No es tarea imposible eso de hacer el bien, y en realidad, no estarás solo. Nuestro pueblo es bueno, solo ha de juntarse, en cuadro apretado, para sembrar juntos el futuro.
Somos gente que no necesita excusas para ayudarse unos a otros, que levanta por encima del perímetro entre dos casas un poquito de café para el vecino, o le resta arroz a su fin de mes para que alguien coma un día más. Incluso hoy puede verse, por sobre las ramas caídas del paisaje, un pueblo de un solo corazón que busca ayudar a los demás en lo que haga falta.
Has de cuidarte, hijo. Muchos buscarán arrancar de tu alma la fe en la bondad. De ser necesario, has de fundar una sociedad del bien donde se dé culto a la dignidad plena del hombre, donde se libre una guerra contra todo el que pretenda arrebatarles a los hombres su libertad y su esperanza porque eso es, de modo indiscutible, un delito contra el amor.
Recuerda que los malos no triunfan sino donde los buenos son indiferentes. Pongo mi fe en que seas como arcoíris tras la llovizna, o como el Sol después de la tormenta. Si haces esto, sentirás que ninguna pena te llega al tobillo. Nuestro pueblo necesita de ti hoy más que nunca.
Sé bueno, que es el único modo que existe de ser dichoso.
Nota: Para la construcción de este texto se emplearon como referencias ideas y pasajes de las Obras Completas de José Martí, cuyas interpretaciones corresponden al autor.