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The Boroughs, los héroes también envejecen (+Video)

Producida por los hermanos Duffer, esta serie de televisión llegó a Netflix con el sambenito de ser la heredera espiritual de Stranger Things, pero su estrepitoso fracaso es un ejemplo más de cómo la industria cultural está ligada, de manera indisoluble, a la dictadura del algoritmo

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

Durante años, la televisión ha tratado la vejez como un problema narrativo. Los adultos mayores suelen ocupar el margen de las historias: son consejeros, víctimas, obstáculos o figuras cómicas. Rara vez protagonizan la aventura y salvan el mundo.

Por eso The Boroughs resulta una propuesta extraña dentro del ecosistema actual del streaming. La serie de Netflix llegó en marzo acompañada de credenciales difíciles de ignorar. Detrás estaban Jeffrey Addiss y Will Matthews como showrunners, con los hermanos Duffer como productores ejecutivos.

La campaña de promoción la presentó como una suerte de «heredera espiritual» de Stranger Things, pero con un agregado extra: esta vez los protagonistas no son adolescentes enfrentados a criaturas de otra dimensión, sino residentes de una comunidad de retiro en Nuevo México, Estados Unidos

La premisa parecía una simple inversión del modelo que convirtió a Hawkins en un fenómeno global. Sin embargo, bajo esa superficie existía una idea mucho más interesante: ¿qué ocurre cuando quienes deben enfrentarse a lo desconocido son personas a las que la sociedad ya considera prescindibles?

La respuesta era, al menos sobre el papel, una de las propuestas más estimulantes de la ciencia ficción televisiva reciente. Pero su destino ha demostrado otra cosa.

El monstruo no era el extraterrestre

La historia de The Boroughs sigue a Sam Cooper, un ingeniero aeronáutico viudo interpretado por Alfred Molina (el siempre célebre doctor Octopus de Spiderman), que comienza a detectar anomalías extraterrestres en la comunidad donde vive. Nadie le cree. La administración atribuye sus sospechas a la edad. Su familia las interpreta como señales de deterioro mental y la lógica institucional actúa de la misma manera que en tantas historias de conspiración: desacreditar al testigo antes de investigar el fenómeno.

Y esa desconfianza tiene un componente adicional. Sam no es ignorado porque esté equivocado, sino porque es viejo. A partir de ese punto, The Boroughs construye su conflicto más interesante. La amenaza extraterrestre funciona como motor argumental, pero el verdadero antagonista es una cultura que ha aprendido a asociar envejecimiento con irrelevancia.

La serie muestra que una residencia para jubilados puede ser un escenario tan tenebroso como cualquier laboratorio secreto o instalación militar. Allí conviven personas que acumulan décadas de experiencia, conocimiento y memoria, pero que han sido apartadas del centro de la vida social.

Por eso el grupo que forma Sam tiene algo de pandilla juvenil y algo de resistencia silenciosa. Geena Davis, Alfre Woodard, Clarke Peters, Viola Davis y el resto del reparto convierten a sus personajes en individuos complejos, lejos de la caricatura habitual con que Hollywood suele representar a los adultos mayores.

En ese sentido, la producción conecta con una tendencia cultural cada vez más visible: el cuestionamiento de una industria obsesionada con la juventud como único espacio legítimo para el heroísmo.

Amblin con arrugas

Desde sus primeros minutos resulta evidente qué tradición intenta reivindicar la serie. La sombra de Amblin Entertainment —la productora de cine y televisión fundada en 1980 por el director Steven Spielberg— aparece en cada episodio. Está en la mezcla de aventura, misterio y horror. Aparece en la convicción de que lo extraordinario puede irrumpir en los espacios más cotidianos. Incluso, en la presencia de Dee Wallace, convertida en un guiño directo para quienes crecieron viendo las películas producidas por Spielberg durante los años 80 del siglo pasado.

Sin embargo, mientras buena parte de la televisión contemporánea utiliza la nostalgia como producto, The Boroughs intenta convertirla en tema. Sus protagonistas pertenecen precisamente a las generaciones que construyeron buena parte del imaginario cultural estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Son personas que vivieron la carrera espacial, la Guerra Fría y la revolución tecnológica. Así mostraban desde Hollywood el futuro. Un futuro que con la serie parece haberlos dejado atrás.

Es una paradoja triste. Los mismos individuos que crecieron creyendo en el progreso científico terminan enfrentándose a una amenaza que nadie quiere escuchar porque los considera reliquias de otra época. Es ahí donde la serie encuentra sus mejores momentos.

Atrapada entre dos modelos de televisión

Alfred Molina vuelve a regalar una excelente actuación en su protagónico. Fotograma de la serie

Aun así, The Boroughs nunca termina de alcanzar todo su potencial. Parte del problema está en su estructura narrativa. La serie abre demasiados frentes al mismo tiempo y dispersa una tensión que habría funcionado mejor con mayor concentración dramática. Algunas líneas argumentales avanzan con lentitud, mientras otras parecen acelerarse para llegar a conclusiones prematuras.

También existe una contradicción difícil de ignorar. La producción quiere hablar sobre las limitaciones físicas asociadas al envejecimiento, pero gran parte de su elenco transmite una vitalidad que reduce la credibilidad de ese conflicto. No se trata de una cuestión interpretativa. Los actores ofrecen trabajos sólidos. El problema surge cuando la puesta en escena insiste en recordarnos fragilidades que rara vez vemos reflejadas en pantalla.

Esa distancia entre discurso y representación debilita parte del impacto emocional. Aun así, ninguno de esos problemas explica por sí solo el destino de la serie.

La verdadera historia de The Boroughs comenzó después de su estreno: su cancelación terminó revelando mucho más sobre la industria actual que sobre la calidad de la propia producción.

Cuando el algoritmo decide

Netflix canceló la serie apenas semanas después de su lanzamiento. La decisión volvió a poner sobre la mesa un tema cada vez más frecuente: la diferencia entre construir y medir audiencia.

Durante décadas, la televisión tradicional permitió que muchas series encontraran a sus espectadores con el paso del tiempo. El streaming, en cambio, exige resultados inmediatos. No basta con que una producción guste. Debe generar consumo rápido, constante y cuantificable.

Y ahí The Boroughs tenía todas las de perder. Su público principal estaba formado por espectadores mayores. Un grupo demográfico que suele consumir contenidos de manera distinta a las audiencias más jóvenes. Menos maratones. Más pausas. Más tiempo entre episodios. Lo que para cualquier cadena tradicional habría sido una audiencia valiosa, para el ecosistema algorítmico terminó convertido en una señal de alerta.

Una serie sobre personas mayores fue juzgada mediante métricas diseñadas para hábitos de consumo asociados a públicos mucho más jóvenes. A ese escenario se sumaron los cambios corporativos alrededor de los hermanos Duffer y sus nuevos acuerdos fuera de Netflix. El resultado fue predecible: un proyecto costoso (de unos diez millones de dólares), dirigido a una audiencia específica y vinculado con creadores cuya relación con la plataforma comenzaba a transformarse.

El algoritmo hizo el resto. La historia quedó inconclusa. Pero quizá ese desenlace involuntario termine reforzando el principal tema de esta producción audiovisual. The Boroughs habla de individuos que una sociedad obsesionada con la novedad ya no considera prioritarios. Personas desplazadas por sistemas que valoran la eficiencia por encima de la experiencia.

Al final, la propia serie sufrió exactamente el mismo destino. No la derrotó una invasión extraterrestre. La derrotó una hoja de cálculo.

Tráiler de la serie

 

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