Normalizar en casa el maltrato y la incomunicación es causa confirmada de desventaja para las adolescentes en sus relaciones sociales y sexuales
Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior.
Frida Kahlo.
«El mejor modo de evitar un embarazo en la adolescencia es amarse: si conoces tu cuerpo y lo respetas, si tienes sueños y te importa tu futuro, buscas información y personas que te permitan vivir tu sexualidad de manera correcta». Quien así aconseja es Lilianne, una holguinera de 17 años que quiere ser periodista y sigue nuestra página cada semana, como hizo antes su madre, gracias a la bibliotecaria de la secundaria donde ambas estudiaron.
Cuando leyó el tema de este domingo, la chica movió el debate con amigas del barrio y nos escribió para insistir en un punto que todas consideran crucial: el maltrato familiar (físico y sicológico) empuja a las adolescentes a buscar fuera quien les haga sentirse «amadas», incluso si es por las malas, y esa falta de criterio aumenta sus desventajas ante futuras parejas y empleos.
En su actual escuela hay muchachas que se dejan abusar por los novios porque creen, en serio, que sin control no hay interés, y como apenas se habla de derechos o protección en las aulas o el barrio, el embarazo está a la orden del día: «Algunas abortan hasta sin saberlo sus padres; otras ocultan el problema hasta que no queda más remedio. Pocas siguen con el padre del bebé, y para algunas el maltrato sigue, incluso durante la “barriga”, poniendo en riesgo su vida».
Según una reseña de investigaciones de varias provincias cubanas del último decenio, publicada en la revista Sexología y Sociedad, hay una notable tendencia a normalizar la comunicación violenta en la etapa adolescente, con gritos, ofensas, humillaciones, burlas, lenguaje soez… antesala de otras conductas tipificadas como delitos: golpes, amenazas, extorción, acoso sicológico y violencia sexual.
El fenómeno no solo aumenta entre coetáneos, sino también por parte de los adultos que deberían proteger (familiares, profesorado y otras figuras de autoridad). Cuando tales prácticas se naturalizan en un entorno de negligencia educativa socaban la autoestima y asertividad a largo plazo, a la par que refuerzan estereotipos discriminatorios, agravados por la complejidad de los conflictos sociales, culturales y económicos de este siglo.
A esa normalización del peligro o la vejación como modo de vida, contribuye un consumo tecnológico descontrolado que incita a comportamientos adictivos, poco interés en la autorregulación y un exacerbado «ocio nocivo», como lo denominan en su reseña las investigadoras Ana Isabel Peñate y Anette Jiménez, expertas en temas de juventud y adolescencia.
En los estudios revisados identifican como causas recursivas de vulnerabilidad en esas edades, las actitudes violentas de sus ídolos, el consumo de alcohol y otros actos que atentan contra su integridad física y sicológica, incluido el sexo sin protección, que conduce a embarazos no deseados e ITS.
Al decir de las expertas, la familia juega un importante rol en la manera de involucrarse en esas experiencias, pues es en su seno donde se crean las motivaciones, intereses y preferencias que conforman un proyecto de vida realista. La calidad de esas relaciones cotidianas y el consumo cultural modelan la autovaloración de las niñas y adolescentes, tanto en sus grupos de pertenencia directa (amistades, escuelas, vecindario…) como con sus contactos virtuales, cada vez más relevantes en la conformación de la personalidad.
Cuando esos ambientes resultan adversos de manera sostenida y no hay acciones educativas desde las instituciones para estimular la comunicación intergeneracional, los temas considerados tabú no se abordan en familia como corresponde y crece el riesgo de exponerse a la violencia externa sin factores protectores a su favor.
Investigaciones de campo confirman que niñas y adolescentes de familias disfuncionales resultan blanco fácil de abuso sexual a manos de sus novios, o de adultos que explotan esa negligencia de su entorno cotidiano o digital. En no pocos casos, las madres de esas muchachas también fueron abusadas a edades tempranas. ¿Acaso no aprendieron la lección?
Si esos embarazos no se evitan ni detectan desde el principio es porque las muchachas no tienen una relación adecuada con sus padres y procuran eludir el castigo el mayor tiempo posible, confirman las encuestas. En su inmadurez, ellas temen más al recurso «educativo» familiar que a la maternidad precoz, o prefieren confiar en su suerte una y otra vez.
Como contaba la joven lectora, la tendencia a normalizar la intimidación de sus seres cercanos como supuesta muestra de amor filial (ideal reforzado por los productos culturales a su alcance) predispone a las chicas de hoy a aceptar vínculos machistas nocivos, que luego reproducen en una crianza violenta de hijos no deseados para lidiar con su frustración.
Esto evidencia el carácter transgeneracional del maltrato infantil del que alerta la prestigiosa revista: ser madre adolescente en un espacio doméstico hostil, sin recursos sicológicos, económicos y cognitivos para dar una educación diferente, les impide cortar ese círculo vicioso, lo cual tipifica como problema social.
Ante tal realidad, la academia aboga por más estudios de campo con programas educativos que transformen el escenario de vulnerabilidad. Entre otras acciones, urge restaurar límites para un trato digno sistemático y dejar de banalizar el irrespeto para no perder riendas ante la heterogeneidad de capitales culturales que nuestros adolescentes incorporan a sus dinámicas escolares, familiares y virtuales.
Las conductas sexuales de riesgo son una baza más del paquete de violencia simbólica que enfrenta a diario la nueva adolescencia; hoy consecuencia y mañana causa de una crisis multidimensional que a lo interno de las familias desvirtúa las prioridades y facilita el avance de nuevas formas de adicción, discriminación y agresividad que no tienen nada de fortuitas y no desaparecerán por sí solas.