El abdomen es una zona erógena controvertida por razones culturales, más que biológicas; pero puede estimularse de muchas maneras
¿A cuál ombligo se le ocurriría abandonar el vientre de una mujer, cuando todo lo tiene disponible bien cerquita?
Alejandro Montesinos
A lo largo de milenios, la atribución de valores sexuales a nuestros ombligos ha respondido a criterios biológicos, históricos, artísticos; incluso, espirituales. Dado su vínculo con el comienzo de la vida, es, además, una zona asociada a la fertilidad femenina, y, en las culturas ancestrales, se reconoce como el asiento de la energía vital, de alto poder transformador, asociada a dos de los centros energéticos más importantes del cuerpo: el segundo y el tercer chakra.
Ese orificio, sin función aparente luego del nacimiento, junto con el tejido a su alrededor, conforman una de las zonas más controversiales del cuerpo humano, tanto por su cercanía a los órganos sexuales (internos y externos), como por su enigmática apariencia y los tabúes asociados a su exposición en público, sobre todo, en la cultura occidental.
Las leyes no opinan abiertamente sobre el tema, pero las «buenas costumbres» proscriben el uso de ropa muy explícita, excepto en el vestuario más casual (como la playa), y en grandes espectáculos de moda que explotan su sensualidad.
Desde tiempos inmemoriales, todas las artes se han valido de su simbolismo para recrear el atractivo del cuerpo humano: poemas descriptivos, joyas peculiares, esculturas detalladas, insinuantes escenas cinematográficas, danzas, canciones… Incluso, las perforaciones para piercing y los tatuajes en el área cuentan una historia, más allá de apariencia o edad.
Sin duda, contemplar un ombligo puede servir como detonador sexual, cualquiera sea la orientación erótica de quien observa; no tanto por el orificio en sí mismo, sino en contraste con cintura, caderas, abdomen, movimientos, adornos…
Como demuestran los motores de búsqueda en internet, los ombligos, como fuente de excitación y gratificación sexual, se consideran un fetichismo común. Los sujetos umbilifílicos muestran un espectro muy amplio de intereses, desde solo mirar hasta la ejecución de prácticas sadomasoquistas.
Claro que cada persona reacciona de manera diferente, pero hay muchas formas de despertar la sensibilidad de esa área: cambios de temperatura con cera o hielo, besos, soplidos, mordidas, masajes, caricias, cosquillas y rituales con texturas diferentes, incluidos alimentos destinados a ser consumidos directo sobre la piel humana, como promueve el arte japonés Nyotaimori.
Que tales estímulos resulten excitantes depende de criterios estéticos y de la historia de vida de cada individuo. Para algunos, hurgar el ombligo o acariciar el vientre es más íntimo, incluso, que la estimulación de los genitales y, por tanto, requiere de mucha confianza. Así, mientras unos rechazan tal avance por considerarlo invasivo o de mal gusto, otras solo lo evitan porque, ese cosquilleo, les irrita o es una distracción no deseada para la meta erótica final.
Una razón frecuente para no mostrar la pancita ni dar acceso táctil al amante, es el miedo a no cumplir con los estándares que vende la publicidad en materia de belleza abdominal: hendidura discreta y adornada, músculos firmes y marcados, piel tersa, brillosa y libre de manchas, cicatrices, estrías, grasa, celulitis, inflamación… De hecho, hay quien retiene la respiración para esconder la barriga, sin saber que esa maniobra atenta contra su capacidad orgásmica.
Ningún ombligo es igual a otro. Nueve de cada diez personas tiene una hendidura de menos de un centímetro de profundidad, más o menos cerrada y con o sin pliegues. En el resto, ese remanente de cordón umbilical sobresale del cuerpo de forma ostentosa, desde el nacimiento o por cambios mecánicos a lo largo de la vida, como el estiramiento que produce el embarazo o una hernia en la zona.
Otro motivo de ansiedad en el desempeño erótico es el olor peculiar de ese pequeño ecosistema, donde coexisten más de 2 000 especies de bacterias nutridas con sudor, células muertas, microfibras de ropa, grasa corporal, desechos ambientales y hasta saliva ajena.
La mayoría de la gente cree que, para higienizar el ombligo, basta con restregarlo durante el baño diario, pero no es así. De hecho, la humedad mal manejada puede convertir la suciedad en un onfolito (piedra de ombligo), y, si se intenta remover con las uñas u otros medios filosos, se pueden producir microheridas que los hongos aprovechan para colonizar, sobre todo, el Cándida albicans, lo cual produce picazón o enrojecimiento y agrava el mal olor.
En otros casos, la acumulación de desechos tupirá algún poro y formará quistes, también dolorosos y de olor inquietante. El organismo suele lidiar con estos problemas con éxito, pero, si el malestar persiste, es importante recibir asistencia clínica para determinar el origen y tratarlo adecuadamente.
Para disfrutar con seguridad de esa zona, se recomienda realizar una suave limpieza profunda, una vez por semana, con hisopos de algodón embebido en alcohol o en agua con jabón neutro. El resto de los días basta con un secado a conciencia, tras cada baño (o si se suda mucho); mejor aún, si es con una toalla que no deje fibras o con un secador de pelo.
En cuanto a estética, lo más útil para tener un abdomen elegante es controlar la dieta, tomar mucha agua y hacer ejercicios con regularidad. Si es necesario, se puede aplicar cremas o aceites naturales para mantener la piel flexible.
Si decides usar adornos en el ombligo, verifica la calidad de los materiales y la profesionalidad de quien brinda el servicio; evita ropa que pueda engancharse y provocar un desgarro. Y, no olvides, redoblar los cuidados, si tu pareja también usa piercings (en cualquier parte, también cara o lengua), porque, en el fragor del momento, pudieran dañarse mutuamente.