Remedio para el acueducto de Remedios

La alerta la envía en su carta Ramón Cornelio Duménigo: por los grifos de su casa y de muchas otras en la ciudad de Remedios, el agua brota con caracoles. Y que él sepa, aquella no es una comunidad de «malacólogos».

Ramón Cornelio, quien reside en José Agustín 58, entre Alejandro del Río y José A. Peña, en esa antiquísima ciudad villaclareña, cuenta primero que el acueducto de Remedios fue tradicionalmente el orgullo de sus habitantes. Pero ya esa gloria se esfumó, después de que se construyeron unos pozos con una turbina en un sitio denominado Camaco. «Todo cambió —precisa—, ya que por las llaves salen miles de caracoles, lino, hierba, gusanos y todo tipo de elementos que recoge el agua a su paso».

El problema, según el lector, es que los pozos carecen de algo tan elemental como los filtros. Por ello hay que tener las pilas de agua con gasas o algodón, los cuales hay que renovar constantemente. Y como si fuera poco, el agua carece del imprescindible cloro para el consumo humano.

Ramón Cornelio planteó asunto tan serio en la asamblea de rendición de cuenta del delegado, y no ha tenido respuesta. Con una muestra amplia de los caracoles, en dos ocasiones se presentó entonces en Higiene y Epidemiología municipal, y le dijeron que ya eso se había discutido con Acueducto y Alcantarillado, pero allí alegan que no tienen los medios ni la fuerza necesaria para resolver. En síntesis, que Acueducto provincial de Villa Clara tiene que tomar cartas en el asunto.

A todo ello se suma que en el tramo de Camaco a Remedios hay tres grandes salideros que, cuando la turbina bombea, hacen de las suyas. Lo peor es que cuando ese equipo deja de impulsar el líquido, entonces el agua derramada en el camino penetra nuevamente por los orificios de la tubería. Y por eso lo que llega a las casas es un muestrario de «maravillas» de la naturaleza.

Ramón Cornelio recuerda con nostalgia que, tradicionalmente, se decía por aquellos lares que el que tomara agua de Remedios no se iría nunca de esa ciudad. Por eso solicita atención a tan grave problema, «a ver si podemos volver a mirar con orgullo a nuestras aguas».

La segunda misiva la envía Rafael Hechavarría Despaigne, vecino de Avenida de Céspedes 651, apartamento 3, reparto Sueño, en la ciudad de Santiago de Cuba. Y él aborda lo que está sucediendo con la distribución del pollo normado en la casilla 3136, de la unidad Los Médicos, de ese barrio.

Denuncia Rafael la reiterada afectación de los llamados «faltantes» en los envíos de ese alimento esencial para la canasta básica, subsidiada precisamente por el Estado para que haya tanta «negligencia y falta de voluntad», como califica él la situación.

El consumidor se ha tomado el trabajo de ir llevando desde abril hasta octubre de 2006 la incidencia de ese extraño fenómeno que siempre termina afectando a los ciudadanos, sin que nadie pueda explicar por qué se ausentan reiteradamente esas cantidades. ¿Será que «las ausentan»?

Pues en ocho meses de distribución ha habido 121 libras y un cuarto de «faltantes» de pollo, que han afectado a 193 consumidores.

El remitente asegura que ha planteado tal problema al carnicero, a la administración de la unidad, al delegado de la circunscripción y al director del distrito de Alimentos. «La respuesta en todo momento —consigna— es que ya el caso se ha elevado». ¿Se habrá elevado tanto la justa protesta que se habrá ido a bolina?

A Rafael le huele muy raro, que siempre aparezca el fantasma del dichoso «faltante», cuando se conoce que los envíos se planifican. A muchos consumidores en el país les parece muy extraño también. Es como si se previera la no entrega.

¿Faltante frecuente, casi sistemático? ¿Faltante planificado? ¿No será que falta voluntad para controlar y exigir porque llegue a cada consumidor lo que el Estado subsidia para él? ¿Dónde se traban las cuentas? ¿Por dónde andan esos pollos huidizos y ausentes?

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