La memoria del corazón

 

La gratitud es controvertida; levanta pasiones aquí y allá desde ángulos muy diversos, ya seas deudor o acreedor de ella. Y aunque es un valor incuestionable para el género humano, paradójicamente no pocos malagradecidos andan por el mundo, con su amnesia a cuestas.

 

La fragilidad de ese sentimiento la han advertido con pesimismo muchos pensadores a lo largo de la historia: el gran filósofo griego Aristóteles insinuó su volatilidad cuando dijo que «el agradecimiento envejece rápidamente». Francisco de la Rochefoucald, escritor francés del siglo XVII célebre por sus máximas, afirmó con su característica acritud que «la gratitud en la mayor parte de los hombres no es más que un secreto deseo de recibir mayores beneficios». Y su compatriota, el filósofo Diderot, fue más vitriólico cuando señaló que «la gratitud es una carga, y todos tienden a liberarse de las cargas».

Con respeto a tan cáustica sabiduría, prefiero comulgar con otras visiones más justicieras para con ese sentimiento: aunque previó en su vida «la probable ingratitud de los hombres», y manifestaba que «cuesta mucho ser agradecido», el inmenso José Martí calificó de desventurado al que no sabe de esa virtud, y sentenció que «no hay hermosura mayor que el agradecimiento». Calibró su raigambre popular cuando afirmó: «La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes».

Muy temprano, el poeta latino Virgilio vislumbró que «mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en la mente del hombre agradecido».

El río corre. Y el cielo, aunque se nuble por estos días, permanece estrellado de sentimientos de gratitud para Andrea Hernández, una mujer muy cercana al gremio, funcionaria de la Unión de Periodistas de Cuba, quien me confiesa que escribió su carta para reciprocar el afecto y la consecuencia de tantas personas:

«La vida te pone a prueba todos los días y esta vez me tocó y bien profundo. En el mes de julio le fue detectado a mi esposo un cáncer colorrectal. La tierra y el cielo se unieron, pero la familia y los amigos nos apoyaron en todo momento. Creo que eso hizo posible que a pesar de todas las adversidades siguiéramos adelante y hoy estemos venciendo. La solidaridad que recibimos de amigos, compañeros de trabajo e incluso de personas que por primera vez sabían de nosotros fue muy valiosa. Y quiero a través de estas palabras, las cuales redacto con la mano en el corazón, agradecerles a todos».

En esa lista de los acreedores de su gratitud, Andrea sitúa a sus compañeros de trabajo, a los de su esposo, en EXPOCUBA, y a los colectivos del Jardín Botánico Nacional y la Editorial de la Mujer, donde laboran sus hijos.

Y muy especialmente a los médicos que realizaron la delicada intervención quirúrgica en el Instituto Nacional de Oncología y Radiología (Oncológico): los doctores José M. Vázquez, Collado y Chica, «que demostraron la calidad profesional y, sobre todo, la calidad humana que poseen. Porque a pesar de enfrentarse cada día a la muerte no pierden su sensibilidad frente al dolor y la angustia de pacientes y familiares».

También a médicos y demás personal de la sala C del Oncológico, quienes siempre estuvieron al tanto de todas sus solicitudes; a la doctora Claribel, directora del Banco de Sangre de Marianao, y al doctor Diosvel, de EXPOCUBA.

Andrea tampoco olvida a tantos profesionales de la prensa que en los momentos más difíciles les trasmitieron muchas muestras de aliento y de pensamiento positivo. «Hemos confirmado el valor de la solidaridad desinteresada y la amistad incondicional», asegura. Y siente que tanto ella, su esposo y sus hijos, han crecido como personas gracias a tanto amor.

Aunque son más escasas las cartas de gratitud que envían los lectores, no me cansaré nunca de reproducirlas, porque las mismas nos suavizan los dolores y laceraciones, y despiertan lo más humano de cada quien. A Andrea quiero agradecerle que nos haya revelado sus sentimientos. Y, en cambio, le regalo lo que alguien desconocido dijo un día para ella también: «El agradecimiento es la memoria del corazón».

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