Migajas de la mentira

¿Estaré soñando? ¿Habré perdido la razón? En la Empresa Cubana del Pan se recibió una llamada telefónica de José Alejandro Rodríguez, el periodista, quien aclaraba que estaba haciendo un reportaje por las panaderías de Ciudad de La Habana.

Y en ese empeño, el reportero, que supuestamente soy yo —¿estaré delirando?— alertaba a esa entidad de que había detectado la muy baja calidad del producto que se fabricaba en la panadería de J y 9na., en el Vedado. Y más: el periodista había hablado —¿hablé?— con la administración del centro, y esta excusó la situación con el tipo de harina de trigo que se estaba utilizando.

Fue cuando los directivos del Pan pusieron en estado de alerta a todo su sistema. En una carta, Marcelo Cárdenas Rojas, del Grupo de Mercado y Desarrollo de la Empresa, prevenía del suceso telefónico a Bladiván González Plagaro, director de Atención a Programas Especiales de la entidad en la capital. Concluía su misiva diciéndole: «Ponemos en su conocimiento toda esta situación para garantizar que con su oportuna gestión logremos mantener alta la imagen de la empresa».

Entonces irrumpieron en nuestra redacción Karen Gorontiaga, funcionaria de esa entidad en la capital, y Carlos Greennup, administrador de la vilipendiada panadería de J y 9na. Querían ver al periodista José Alejandro... De súbito, aquellos ojos me taladraban con frialdad. Este servidor, que jamás se ha portado por la panadería de J y 9na. —aunque sí ha ingerido muy patéticos panes en no pocos sitios— comenzó a convencer a aquellos enviados de la Empresa: «¿Cómo ustedes creen que yo voy a mentirles y a inventar toda esa historia escudado detrás de un teléfono?».

Además, había un problema metodológico de la investigación periodística en aquella extraña historia. Si estuviera haciendo un pesquisaje por las panaderías de la capital, no me precipitaría en llamar a la dirección de la empresa. Carenaría allí después de tener los elementos suficientes en el terreno. Elemental.

Junto a los sorprendidos visitantes, comencé a atar cabos e intenté reconstruir la verdadera trama de aquella historia. Alguien, una vez más, había usurpado mi identidad vía teléfono. Aquel interlocutor camuflajeaba su propósito: ¿Era una amenaza velada a la empresa? ¿O el desquite solapado por un pan vergonzoso en la hornada de ese día?

Ante el asombro de Karen y Carlos, recorrí la historia de todas las artimañas en mi nombre y el de esta sección: la primera vez fue alguien que intentaba trasladar a un estudiante de una escuela interna en la región oriental del país hacia la capital. Y contactó con la Dirección Municipal de Educación, con las generales de este hijo de Yuyú y Alberto. La segunda fue una escaramuza con la gerencia del Hotel Sevilla: gestionar la reservación de una habitación. En ambos casos, José Alejandro era como una especie de capo periodístico que traficaba con la influencia de Acuse de Recibo para resolver a terceras personas...

Las otras dos eran amenazas: en un caso la supuesta carta, con mi nombre y todo, a un funcionario de una empresa productora de aguas naturales, advirtiéndole que si no mejoraban la calidad del producto, iba a ponerlos en evidencia en la sección. Y en el otro, una llamada telefónica a un director municipal de Comercio y Gastronomía, conminándolo a que resolviera los problemas de equis unidad, si no quería aparecer en blanco y negro en mi columna.

Esos son los que han trascendido porque, de una u otra forma, las entidades han intentado comunicarse conmigo luego de recibir los amenazantes avisos. Vaya a saber cuántos tunantes han resuelto algo por ahí en mi nombre sin yo saberlo.

Pero a la larga o a la corta tales trampas siempre se aclaran. Felizmente los del Pan no se tragaron el pan de aquella leve amenaza después de mirarme a los ojos y escucharme. Les dije lo de siempre: el proceder de esta sección está cimentado en la ética, la honestidad y la decencia. Jamás este servidor enlodará el prestigio o la fuerza que haya alcanzado esta columna con aviesas intenciones. Si no nos ha faltado valor para revelar más de una dura verdad, cómo vamos a arrastrarnos cobardemente por una conveniencia. Ojo con las llamadas y las cartas; comprueben frente a frente. Ojo con el farsante nuestro de cada día.

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