Las secuelas de un prejuicio

La carta de un ex recluso revela la paradoja entre lo que promueve la Revolución, para salvar a quienes un día torcieron sus pasos, y los prejuicios humanos que se alojan como costra en las decisiones institucionales. Ahora que Silvio y otros artistas andan por las prisiones vindicando lo mejor de cada culpable, cuando el país convierte los centros penitenciarios en escuelas, el mensaje de Sandro Hernández es una triste nota de discordancia.

Sandro, con 33 años y residente en calle 140 número 7159, en Güines, provincia de La Habana, no me dora la píldora: reconoce que fue un adolescente rebelde y desajustado, hasta recalar en un Centro de Reeducación de Menores, para luego terminar en prisión con la mayoría de edad, por hechos delictivos que no quiere precisar.

Hace más de seis años que terminó su sanción y salió a recuperar su armonía con el mundo, «con la experiencia y la sana voluntad de desechar mis errores y continuar hacia delante», señala. «Sepulté mis errores e intenté abrirme paso en este, mi país, que brinda mil oportunidades».

Entonces comenzó laborando en Vectores, y allí permaneció durante dos años, hasta que enfermó de hepatitis. Luego trabajó con un artesano cuentapropista. Laboró en Varadero, hasta que se enamoró de su actual esposa, decidió echar raíces en Güines y de ahí nació su hija.

Todo se complicó cuando posteriormente intentó buscar empleo en Güines: tanto en Vectores, como en la fábrica de cables, en un curso para linieros electricistas, y en Comunales, para trabajar como custodio de un parque; todas sus gestiones fueron infructuosas. «Para ellos no soy competente debido a mis antecedentes penales», confiesa.

Sandro solicitó los servicios de un abogado para extirpar ese quiste de los antecedentes penales, y al final le respondieron que para quitar esa mancha en su expediente tiene que estar ubicado en un centro laboral. Pero si no le dan trabajo... es el eterno círculo vicioso de la gallina y el huevo, ¿quién fue primero?

«¿Cómo es posible que cuando salí bajo libertad condicional me incorporaron en Vectores, sin importar mi causa, y ahora alegan que no puedo volver allí por lo ya mencionado?», cuestiona. ¿Cómo es posible si nuestro Comandante en Jefe proclamó que las prisiones deberían convertirse en escuelas, para luego reintegrar a los ex reclusos a la sociedad, sin exclusiones? ¿Cómo es posible que aún haya personas de mentes retrógradas, que desconocen las palabras rectificar y reeducar?

Lo más triste de todo es que, según confiesa Sandro, no ha recibido el apoyo de la Dirección Municipal de Trabajo y Seguridad Social; a pesar de que el delegado de su circunscripción, Armando Pérez, lo ha respaldado en todo momento. Y él tiene una extrema necesidad de trabajo. Tiene una familia que mantener.

Como esa no es la política del país, estoy seguro de que a Sandro se le abrirán las puertas. El momento es de sumar, sin exclusiones ni estigmas. Dime lo qué haces y sientes hoy. No resucites el pasado, que el hijo de cualquiera yerra un día, y hay que ayudarlo a purificar sus culpas.

La segunda carta la envía Eusebio Dueñas, de Santa Teresa 179, entre Manila y Calzada del Cerro, en la capital. Y es la denuncia de un salidero de agua potable que allí vierte impunemente hace más de dos semanas, sin que Aguas de La Habana le haya dado solución.

La conductora que fue instalada en esa calle hace algunos años, precisa, tuvo problemas técnicos. Reventó. A fines de 2002 fue sustituida por otra conductora y se rectificaron los problemas técnicos. Sin embargo, es hoy inaguantable el salidero, ubicado precisamente en el registro donde se operan diariamente las válvulas por Aguas de La Habana. Por un lado es el despilfarro de agua que otros no tienen, y por el otro el hecho de que las calles viven inundadas.

«Mi preocupación, manifiesta Eusebio, es la siguiente: ¿No les interesa que se pierda esa considerable suma de metros cúbicos de agua diariamente? ¿Cuándo y cómo le darán solución?».

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