La zafra de los coleros

Trece de mayo de 2013: Miguel Aguilera llega a las oficinas de Campismo Popular en la ciudad de Las Tunas para saber sobre las reservaciones para el verano. Cerrado con un cartel: «Estamos para la empresa». Al frente, un hombre con una libreta le pregunta si se va a anotar. ¿Para qué?, inquiere él. «Esta es la cola para las reservaciones que se comenzarán a vender el 15 de mayo»,  afirma el hombre, blandiendo la libreta.

Miguel se anota. Es el 624. Debe estar a las 7:00 p.m. para rectificar el turno. A las 6:30 p.m. aparece. Hay pocas personas y una mujer sostiene la misma libreta. Un señor le dice a Miguel: «Es un fenómeno, esa mujer tiene reservados los primeros 50 números de la lista; y hay otros que tienen 20, 30 y 40». Miguel pregunta: «¿Cómo ella puede rectificar la asistencia de los mismos? El hombre responde: «Ya la lista comienza en el 51… «No le creo…», dice Miguel… «Espera para que tú veas», responde el señor.

Son las 7:00 p.m. y hay muchas personas, pero no llegan a cien. La mujer comienza a rectificar la lista. Dice el nombre, y el interesado debe mencionar el apellido como garantía… Lo insólito es, cuando una de esas personas que marcan por tantos, va diciendo un apellido tras otro con cada nombre con la naturalidad más grande del mundo. Como si no valieran los que sí están presentes.

«Fue una ofensa y una falta de respeto, y me retiré», recuerda en su carta Miguel, desde Andrés Rodríguez No. 1, entre Julián Santana y Francisco Vega, en el reparto La Loma de la ciudad de Las Tunas. No hay que ser adivino para imaginar cuál es el propósito de esas personas: de acuerdo con la misiva, venden los turnos a 50 pesos como mínimo…

«¿Cómo pueden permitirse estas situaciones cuando el país  llama a la organización? —pregunta Miguel. ¿Quién es el responsable de impedir estas ilegalidades? ¿Por qué no se buscan alternativas para que los trabajadores podamos tener acceso a una reservación y el descanso merecido? ¿Por qué permitimos que personas inescrupulosas lucren con los servicios que el Estado le brinda al pueblo?»

Quienes laboran en esas oficinas, según Miguel, arguyen que no pueden organizar las colas; y tampoco se pronuncian por buscar soluciones a pesar de las reiteradas quejas.

Como muchos otros que no rinden pleitesía a coleros y revendedores, Miguel no podrá disfrutar las opciones del Campismo Popular para este verano, y quizá tampoco adquirir muchos productos que se esfuman de los mostradores del comercio, gracias a la impunidad de que gozan quienes revenden a la sombra del desbalance entre demanda y oferta. Lo que sucede fuera del mostrador, en la cola y en la calle, a muchas entidades no les interesa. «Que se las arreglen como puedan», parecen decir.

Se acabó la cola

Desde el barrio habanero de Alamar llegan esperanzas. Zury Moreno (Edificio H-38, apartamento 4, Zona 13) refiere que hace tres meses laboran dos trabajadores en el punto de venta de gas de la Zona 12, que acabaron con las tortuosas colas que se hacían allí, a pleno sol, para adquirir el combustible.

«El sistema de trabajo es dinámico. Son atentos y muy diestros. Siempre hay existencia del producto; demostrativo de cuánto se puede hacer para mejorar la calidad de los servicios», concluye la consumidora, y uno hace votos para que perdure.

Alberto Pérez (Edificio A 27, Apto 15. Zona 4), cuenta que, tras diez años de visitar constantemente el mercado Falcón y constatar tantas irregularidades, una nueva administración allí le ha dado un toque diferente de organización, y les ha puesto pasamanos a las antes deplorables escaleras, para facilitar el acceso de personas con limitaciones físicas, ancianos y niños.

No es que todo allí sea perfecto, señala, pero al menos se ve un cambio y una preocupación. «Es interesante ver cuando alguien se propone algo y se logra», enfatiza. Y contrasta con lo que sucede en la panadería Cuba Va, detrás de los edificios 12 plantas.

«Su servicio es nefasto en todos los sentidos: desde el peso del pan (unos 40 g cuando deberían ser 80) hasta la calidad del mismo (o quemado, o a medio hacer según el turno). Sin contar que siempre el producto está a deshora. Y por allí han pasado también muchos administradores... Los únicos días que uno puede consumir un pan decente es cuando llega (avisada, obviamente) una inspección.

Alberto se pregunta de qué modo atienden y controlan esta situación los responsables, quienes —estima— podrían visitar permanentemente las localidades y establecimientos, no en inspecciones teledirigidas.

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