Felices los normales... - Acuse de recibo

Felices los normales...

El título lo «hurté» del célebre poema de Roberto Fernández Retamar, que vindica a quienes sufren sin hallar salida al laberinto de sus vidas, siempre al borde del abismo por situaciones excepcionalmente anómalas. Los que urgen un tratamiento diferenciado y al menos una mano fraterna.

Tal es el caso del joven Yunior Fernández León (Martí 228 A, entre Ambrón y La Piedra, Regla, La Habana), quien ruega una ayuda al cuadro que enfrenta: su mamá, de 50 años, es esquizofrénica paranoide con una elevada tendencia a la agresividad. Padece polineuroapatía óptica severa, distrofia muscular y sordera. Está semipostrada.

La polineuropatía le ha afectado la visión, al punto de que solo define el contorno de la figura de la persona que se le aproxime, y la reconoce apenas por la voz cuando se le habla alto, dado que no escucha bien.

Son solo ella y él. El papá, afirma, los abandonó poco tiempo después de su nacimiento a consecuencia de la misma enfermedad de ella. Y no hay comunicación alguna entre padre e hijo.

Yunior confiesa que ha hecho intentos infructuosos por conseguir un ingreso a su mamá en una institución donde puedan atenderla desde sus múltiples enfermedades, pero no especifica cuáles han sido las gestiones. Y clama por trabajar para la manutención de ambos; pero, a su vez, tendría que dejarla sola gran parte del día, sin nadie que la pueda cuidar.

Debido a ello, dice, se ha visto obligado a cambiar de trabajo constantemente: en un período de cinco años ha laborado en 11 sitios. Y fracasa en sus intentos. Los horarios y obligaciones de los mismos no congenian con su grave situación familiar.

Quien narra su tragedia es un recién graduado de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona como licenciado en Educación, Pedagogía-Psicología. Y estuvo a punto de perder su carrera varias veces.

Su madre entra en crisis consecutivamente, y ha intentado matarlo en cuatro ocasiones, al tiempo que ella pretendió acabar con su propia vida.

«Casi no se levanta de la cama, por lo que muchas veces al llegar del trabajo me encuentro con que no ha ingerido  alimento o líquido, lo que le ha causado desmayos. Su estado senil no le permite aceptar que nadie entre a la casa a cuidarla o visitarla, por lo que debo estar la mayor parte del tiempo a su cuidado», refiere.

Yunior ha conversado con la trabajadora social del Centro de Salud Mental de su municipio, quien no ha podido darle solución satisfactoria. También con las trabajadoras sociales que la atienden por su impedimento físico, y con la trabajadora social del policlínico de Regla. Esta última le dijo que eso era responsabilidad de la familia. Y si la familia es solo él, ¿cómo resolverá?

Fue a la Dirección Provincial de Salud y le dieron la misma respuesta. Presentó queja al Consejo de Estado y fue enviada a la propia Dirección Provincial de Salud, donde le reiteraron el mismo argumento.

Tal situación sigue agravándose, motivo por el cual lleva un año sin poder incorporarse a trabajar.

«Esto ha influido también en mi estado psíquico y emocional —confiesa Yunior—, pues me encuentro en un estado de ansiedad extrema e intenso estrés en cualquier lugar donde me encuentre; y con un desequilibrio emocional altamente peligroso».

Acudo al poema de Retamar, a ver si traspasa corazones ajenos, y se le tiende una mano:

Felices los normales, esos seres extraños,/ Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,/ Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,/ Los que no han sido calcinados por un amor devorante,/ Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,/ Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,/ Los satisfechos, los gordos, los lindos,/ Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,/ Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,/ Los flautistas acompañados por ratones, Los vendedores y sus compradores,/ Los caballeros ligeramente sobrehumanos,/ Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,/ Los delicados, los sensatos, los finos,/ Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles./ Felices las aves, el estiércol, las piedras./ Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,/ Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan/ Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos/ Que sus padres y más delincuentes que sus hijos/ Y más devorados por amores calcinantes./ Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

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