26 °C Bajo un sol que picaba con la misma fiereza con la que castigan los inclementes jejenes durante una larga noche de playa, esperaba en Marianao el arribo de una guagua que me acercara a mi hogar cuando escuché a una señora preguntarles a quienes buscaban ansiosos alguna sombra —al parecer, en su mayoría vecinos de las cercanías— sobre la actual ubicación de la Casa de Cultura del territorio. Vestida como para una boda, posiblemente no haya podido llegar jamás a tiempo. Y es que nadie podía indicarle la posición exacta de la institución.
Intentó darse la vuelta cuando estaba a solo unos pasos del lugar que, seguramente, le recordaba la camuflada trampa de dientes afilados con la cual el cazador suele inmovilizar a sus presas. Pero prefirió continuar su marcha ya no tan radiante, pues su magnífico andar de bella muchacha dejó de ser seguro y danzante, para convertirse en movimiento vacilante de tacones «quebrados».
Imagino lo duro que les debe haber resultado a los conquistadores cuando llegaron por vez primera a América, no solo a descubrirla, sino también a conquistarla, saquearla y colonizarla. Y es que, además de oro y olorosas y exóticas especies y frutas, hallaron a unos pueblos originarios con sus centenares de idiomas diferentes.
Mi niño está aprendiendo a hablar. Por eso, cuando la Feria del Libro abrió las puertas de sus pabellones, no dudé en recorrer sus vericuetos en busca de literatura dirigida a cada una de las edades infantiles, no importa cuán pequeño sea el lector o si, como mi hijo, aún no sabe leer.
Estaba consciente de que no necesitaría un «brujo» para llegar a una respuesta que de seguro me abofetearía la cara, mientras preparaba una investigación para JR sobre las causas que mostraran las razones por las cuales algunos jóvenes artistas decidían abandonar lo «seguro», el calor de su tierra, de su hogar, para salir en busca de la capital y de sus sueños.
Cuando el maestro Juan Formell escribió la música para que el inolvidable Abraham Rodríguez estrenara La barbacoa, en 1984, y convirtió en indiscutible hit La Habana no aguanta más, ni siquiera soñaba con que, con el tiempo, me contaría entre quienes, sin haber nacido en Maternidad de Línea ni haber enviado un telegrama anunciándome ante los primos que no tenía, se quedaría en la capital de los cubanos con la esperanza de llevar adelante mi proyecto de vida.
Me parece estar viendo ahora mismo, sentado frente al televisor, al oso Yogui «jugándole cabeza» al guardabosque del Parque de Jellystone, mientras Bubu, su amigo, intenta ponerlo «en el carril». No era raro encontrarme riendo con ganas, como si fuera la primera vez, con las simpáticas travesuras de aquellos personajes creados por Hanna-Barbera.
Es fascinante desempolvar viejas fotografías. Cuando lo hago, reaparece mi veta de científico y me creo un paleontólogo. Me emociona observarlas atentamente, sobre todo aquellas donde la niebla amarilla que va produciendo el tiempo se empeña en ir borrando los rostros y los objetos. Pareciera que les aplico el método del carbono 14 (el mismo con el cual los investigadores pueden determinar la edad exacta de los fósiles), cuando las tengo en mis manos. Me divierte recordar modas ya pasadas, comprobar que, efectivamente, mucho hemos cambiado.
Deben haber sido fabulosos los Jardines Colgantes de Babilonia; los que, 600 años antes de Cristo, mandara a construir Nabuconodosor II, rey de Caldea, para que su esposa, acostumbrada a vivir rodeada de bosques y follajes, se sintiera más a gusto en una ciudad casi desértica y, según consta en los libros de Historia, bastante polvorienta.
Fue así que en mi mente de niña quedó grabada La tiendita del horror no como una comedia apta para todas las edades, sino como una verdadera película de terror donde una espeluznante mata gigante podría salirse de la pantalla para acabar con mi vida en cualquier momento.
Mi amigo, genio y figura hasta la sepultura, me ha dejado pensando. Él —siempre en pulóver, pantalón de mezclilla y un pelo largo que descubre su afición a lo más heavy del rock—, no comprende cómo se ha «esfumado» de muchas orquestas la idea de alcanzar un sello también en el vestir.
Es criterio común de la crítica televisiva y cinematográfica de buena parte del mundo que, a diferencia de lo que ocurre con Hollywood, las teleseries están viviendo su edad de oro dentro de Estados Unidos.
Me niego a darles la razón a aquellos que, presos siempre de la nostalgia, aseguran que «todo tiempo pasado fue mejor». Sin embargo, a veces pienso que en lo concerniente a nuestros hijos, el horizonte de ayer me parecía más luminoso. Quizá porque ahora algunos han decidido tomar por atajos que les propicien a sus vástagos una rápida, pero efímera felicidad —escudándose en que «ellos no tienen por qué pasar por lo mismo que yo»—, en lugar de enseñarlos a atravesar ese largo camino que es la vida.
Pensé que de repente Michael Jackson y Madonna habían hecho entrada triunfal en el Complejo Cultural Karl Marx, invitados para la pasada gala de apertura del Cubadisco 2009, y que habían traído consigo a sus entusiastas y desmayables fans, que se cuentan por miles en todo el mundo. Pero no. La algarabía —semejante a un acto de histeria masiva juvenil— la habían despertado los nuestros, quienes también tienen incontables seguidores, cuyas sólidas gargantas ya están bastante entrenadas en eso de gritar a rabiar y en los tonos más agudos, por aquello de que «los vi, los toqué...».
El grupo musical RBD publicó recientemente su disco de despedida —para beneficio del buen gusto. Como en su momento lo fueron el grupo puertorriqueño Menudo, el español Parchís o el también mexicano Timbiriche, RBD solo constituye una fórmula del laboratorio del disco-negocio para apoderarse del público juvenil.