La alarma se convierte en pánico

Quebró el Banco Mercantil Americano de Cuba y depositarios y ahorristas, sospechando lo que se avecinaba, se lanzaron desesperados a extraer su dinero de todas las casas bancarias. Poco después, el 9 de octubre de 1920, suspendían pagos el Banco Español, el Banco Internacional y el Banco Nacional de Cuba (no era nacional ni cubano), que confiados en que el azúcar se cotizaría entre 15 y 20 centavos/libra especularon con el alza y concedieron préstamos por más de 80 millones de pesos. Semejante destino sufrieron otras entidades de capital cubano y español o de capital mixto de esas nacionalidades.

Perdían sus ahorros Josefa la pollera, Juan el carbonero, Antonia la modista... que, aun entre carencias, hicieron lo posible por asegurarse una vejez a cubierto de la miseria, y Pedro el estudiante, que dejaba de comer muchas veces y guardaba el dinerito que ganaba como escribiente en una casa comercial de la calle Muralla para poder cursar algún día una carrera universitaria. Muchos de los que por la noche se acostaron ricos, amanecieron pobres al día siguiente.

El cataclismo económico sacudía de manera violenta a los más destacados inquilinos de la cima estructural socio-clasista de la oligarquía azucarera, escribe el historiador Carlos del Toro. Unos perecieron y otros quedaron, mientras flamantes personajes ocupaban las plazas vacías. Entre los principales dolientes

—vinculados al capital hispano— aparecen José Marimón Juliach, presidente del Banco Español, y José López Rodríguez, más conocido como Pote, vicepresidente del Banco Nacional de Cuba y su principal accionista. Afectado también por la debacle fue el cubano José Ignacio Lezama, presidente del Banco Comercial. Quebró también el Banco Español del Comercio que presidía Laureano Gómez.

Lo recuerda Renée Méndez Capote en su libro Amables figuras del pasado. Una tarde su marido llegó con la noticia a la casa: se había hundido el Banco Español del Comercio y debían visitar a Laureano a fin de acompañarlo y reconfortarlo, hasta donde fuera posible, en ese mal momento. Pensaron que sería una visita dolorosa, pero el sujeto se comportó como si la caída de su empresa fuese cosa de otro y no suya. Se había cuidado las espaldas y tenía su fortuna personal a buen recaudo. Podía seguir viviendo como si nada hubiera pasado y poco después emprendía con su esposa un largo viaje por Europa de donde regresó cargado de muebles y objetos de arte que parecían destinados a un museo más que a una casa.

Las vacas flacas

Tras la entrada de EE.UU. en la I Guerra Mundial —6 de abril de 1917— el Congreso norteamericano aprobó una ley de control de alimentos que fijó precios topes a estos, empezando por el azúcar. Cuba, que entró en la contienda al día siguiente, decretó un embargo de exportaciones, con excepción de las destinadas a EE.UU. y a los países aliados. Fue así que el gobierno del general Mario García Menocal vendió a Washington las zafras azucareras completas de 1918 ($337 796 950) y 1919 ($461 113 225) con lo que el país entró en un período conocido como de las Vacas Gordas o Danza de los Millones.

Vencidos los alemanes, el presidente Wilson dictó, en noviembre de 1919, medidas para iniciar la vuelta de los negocios azucareros al régimen de libre empresa, por lo que no accedió a la oferta de venta global de la zafra de 1920 que le hicieron los productores cubanos y los precios comenzaron a oscilar. Cuando se esperaba que se estabilizaran, la información de que los abastos disponibles para el año se reducían a 600 000 toneladas determinó una demanda enloquecida con precios que alcanzaron su clímax en mayo de 1920 cuando el dulce cubano llegó a cotizarse a 23,5 centavos/libra, con lo que las Vacas Gordas entraron en su apogeo.

La información falsa sobre el desabastecimiento fue rectificada y los precios cayeron aparatosamente. Pasaron de 5,32 centavos cada libra el 31 de diciembre, a 1,8 centavos a comienzos de 1921. El desastre fue total y la desmoralización del mercado provocó la ruina de productores y exportadores. La prosperidad, apuntalada además por el auge del turismo, quedó atrás y el país se sumió de manera brusca en las llamadas Vacas Flacas.

Cuando en septiembre de 1920 las Vacas Flacas se veían venir en virtud de la baja mantenida de los precios del azúcar, Pote, en nombre del Banco Nacional, y José Marimón Juliach, del Banco Español, propusieron, a fin de salvar a las empresas bancarias y azucareras, una emisión de bonos garantizados por la zafra de 1921 y que tendrían en la práctica el valor de moneda corriente. El presidente Menocal apoyó la iniciativa, que no fue aceptada por los que tenían su dinero depositado en los bancos y que, confundidos hasta entonces por la prensa, pensaban que el país enfrentaba una perturbación pasajera.

Los bancos habían dispuesto a su antojo de los fondos de ahorristas y titulares de cuentas corrientes para cubrir, con créditos a corto plazo, la especulación azucarera. El 6 de octubre los que tenían sus depósitos en el Banco Mercantil se lanzaron ansiosos sobre esa entidad en reclamo de su dinero, exigencia que el Mercantil no pudo satisfacer. Durante los dos días siguientes la escena se repitió en otros bancos de importancia. El día 10, tratando de evitar lo inevitable, el Gobierno decretó la moratoria bancaria que suspendió el cobro de los créditos y estableció que los bancos solo entregaran el 10 por ciento de los depósitos, medida que no perjudicó en absoluto a los más ricos, que la burlaron al aducir que requerían de su dinero para saldar reales o supuestas deudas con el Estado.

El historiador Julio Le Riverend asegura que los bancos cubanos y de capital español hubieran podido atenuar la crisis de no haber estado supeditada la economía cubana a la estadounidense. Las bancas norteamericana e inglesa establecidas en Cuba, que se opusieron al decreto de moratoria y que resultaron las grandes beneficiarias de la situación, no acudieron entonces en ayuda de los bancos en desgracia; antes bien les negaron o recortaron préstamos para enfrentar las exigencias de los depositantes y cubrir el déficit de los créditos que concedieron y no podían cobrar.

La alarma se convirtió en pánico.

Un artífice de las finanzas

El Banco Nacional de Cuba (no confundir con el que se fundó en 1950) tuvo su origen en los días de la intervención militar norteamericana, cuando la sucursal en la Isla del North American Trust Co (NATC), entidad encargada de la fiscalización y recaudación de las contribuciones en EE.UU., se reorganizó y adoptó dicho nombre.

Tuvo a partir de ahí directivos norteamericanos y cubanos e incluso a un venezolano, Heriberto Lobo. Era un mago para los números y un artífice de las finanzas. Huérfano a los 14 años y desvalido, interrumpió sus estudios y comenzó a trabajar en el antecesor del Banco de Venezuela y por esfuerzo propio se superó y ascendió gradualmente a gerente con 22 años. Pero Cipriano Castro, el dictador venezolano, se le atravesó en el camino. Pidió el mandatario un préstamo, Lobo se lo negó y el espadón mandó a encarcelarlo y lo expulsó luego del país. En Nueva York comenzó a trabajar en el NATC, que le confió casi de inmediato su sucursal en La Habana. Heriberto es, ni más ni menos, el padre de Julio Lobo, una de las grandes fortunas cubanas de todos los tiempos.

El Banco Nacional se dedicó en lo fundamental al crédito azucarero y se fortaleció en esa línea cuando Pote (1911-12) adquirió las acciones de la Casa Morgan y de otros inversionistas y se convirtió en uno de los propietarios principales de esa entidad bancaria. Llegó a tener 121 sucursales en todo el país y operó con un capital de 194 millones de pesos.

El Banco Internacional de Cuba (BIC) tendría asimismo un desarrollo vertiginoso desde su fundación en 1917, con un capital inicial de 10 millones, cifra únicamente igualada en ese entonces por el banco de Pedro Gómez Mena. El alza del precio del azúcar hizo que los depósitos se incrementaran en esta casa, se multiplicara el crédito y se desatara la fiebre especulativa. Contó con 105 sucursales.

Los perdedores

El crack bancario de 1920 y la crisis deflacionaria que le siguió aniquilaron las bancas cubana y española. Los más fuertes compradores de azúcar y entidades, como el National City Bank of New York y el Royal Bank of Canada, se apoderaron de numerosos ingenios cubanos. Solo el City Bank se apoderó de más de 50 centrales y ejerció, junto con otros bancos, el control básico de las inversiones en Cuba, con lo que se inició un proceso acelerado de penetración norteamericana en la economía nacional con el desplazamiento consiguiente de la burguesía cubana y española.

Marimón, el presidente del Banco Español, desapareció de la convulsa escena financiera cubana y partió hacia el exterior en un viaje sin fecha de retorno ni destino conocido. Se esfumó. Antes, en abril de 1919, había hecho lo mismo, previsoramente, su segundo, Andrés Godoy, que cargado de dinero se estableció en París para iniciar, lejos de las finanzas, una nueva carrera, esta vez como poeta católico de expresión francesa. Publicaría más de 40 títulos.

José Ignacio Lezama, que era además propietario de los centrales Limones y Unión, en Matanzas, no tuvo un escape plácido. Perdió el banco y los centrales y lo acusaron de falsificación de documentos mercantiles. Se libró en su contra una orden de detención. Debía pagar 24 millones de pesos, que adeudaba, pero lo evadió con su salida casi clandestina del país. Tal parece que se volvió invisible para la policía.

Pote perdió la mayor parte de su fortuna, pero gracias a una complicada operación financiera retuvo el negocio de impresión y venta de libros de La Moderna Poesía, por donde había empezado su meteórica carrera. Sus centrales azucareros pasaron a la larga a manos de José Manuel Casanova, más tarde senador de la República y presidente de la Asociación de Hacendados de Cuba, y Menocal, ya fuera del poder, adquirió por medio millón de pesos la parte que le correspondía en la empresa que fomentaba el reparto Miramar.

La fortuna de Pote se calculó entonces, una vez pagadas todas sus deudas, en unos 11 o 12 millones de pesos. Le parecieron insuficientes y se suicidó. Parecerá absurdo, pero qué podían ser 11 millones para un hombre que hasta meses antes manejaba, solo en el Banco Nacional, activos por más de 190 millones de pesos. Tanto como el dinero debe haber dolido a Pote la pérdida de poder, posición, prestigio y autoridad. Algunos autores son de la opinión de que fue asesinado. Es posible. Pero en verdad no existe prueba alguna en ese sentido.

Los herederos de ese capital, así como de muchísimas propiedades, fueron su esposa, Ana Luisa Serrano, y sus hijos José Antonio, de tres años de edad, y Caridad, de dos. Andando el tiempo, en el espacio que ocupaba la casa paterna, construyeron el edificio de apartamentos López Serrano, el primero de los rascacielos de La Habana moderna y una de las cumbres del estilo art decó en la capital. Caridad, convertida en una gran casateniente, contrajo matrimonio con Joaquín Gumá Herrera, «el joven y apuesto», como se le identificaba en la crónica social, Conde de Lagunillas y Marqués de Casa Calvo, que hasta después del triunfo de la Revolución se desempeñó como agregado al Protocolo en el Ministerio de Estado (Relaciones Exteriores) y que a lo largo de su vida llegó a acopiar una impresionante colección de arte antiguo que, para que no se desmembrara, entregó primero al Museo Nacional en calidad de depósito y terminó donando al país.

Cuando Laureano López, del Banco Español de Comercio, abandonó el país después de 1959 pudo al fin abrirse en su residencia la puerta de una habitación que permanecía permanentemente cerrada. En el fondo de la pieza había un estrado cubierto con una alfombra roja y encima, bajo un palio o dosel sujeto con lanzas doradas, un cuadro enorme con las figuras de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia, reyes de España hasta 1931. Delante del cuadro, un trono de madera esculpida.

Los bancos quebraron. Los ricos perdieron, pero siguieron siendo ricos y algunos más ricos incluso. Los pobres siguieron siendo pobres, más pobres.

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