Uno, caballo; dos, mariposa…

Durante la dictadura de Fulgencio Batista, el director de la Renta de la Lotería recibía, solo por concepto de primas o comisiones, la bonita suma de 120 000 pesos a la semana. En diciembre de 1958 estaban «enchuchados» en ese departamento 3 684 botelleros que, sin que dispararan un chícharo, percibían emolumentos por 292 000 pesos mensuales. Una oficina de la Renta, donde se acomodaban seis tristes escritorios, tenía una nómina de 517 empleados. Cuando a comienzos de 1959, Pastorita Núñez, teniente del Ejército Rebelde, asumió por orden de Fidel la dirección de la Lotería, encontró una extraña maleta en el despacho de su antecesor: contenía 733 000 pesos que, en el albur del arranque, el susodicho no tuvo tiempo de recoger.

Raro es encontrar, durante la Colonia, a un extranjero que escribiera sus impresiones sobre la Isla y no consignara una referencia principal al juego. Ya en la República, se jugaba en los grandes casinos, donde turistas extranjeros y cubanos de los sectores más pudientes de la sociedad perdían y ganaban fortunas en una sola noche. Era perfectamente legal. Ilegales fueron siempre juegos como la bolita y la charada, aunque se realizaban públicamente y florecieron durante la dictadura batistiana, cuando hubo prácticamente una vidriera de apuntaciones en cada esquina.

«No hay ciudad, pueblo ni rincón de la Isla hasta donde no se haya difundido este cáncer devorador: se juega desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio», escribía, en 1832, José Antonio Saco en su Memoria sobre la vagancia en Cuba. Por esa misma fecha, el gobernador Miguel Tacón ponía en conocimiento del Gobierno de Madrid que más de 12 000 personas se mantenían en La Habana en las casas públicas de juego, cuando la capital contaba apenas con 100 000 habitantes. «Y son blancos y también negros, tanto libres como esclavos». Cinco décadas después, escribía Raimundo Cabrera: «Esta es la tierra donde el juego del monte y otros no menos ilícitos y escandalosos, se han establecido en calles y plazas, como medios de arbitrar fondos para edificar iglesias y donde las casas de juego han sido siempre objeto de pingües explotaciones».

Durante la Colonia, los gobiernos municipales consideraban el juego como una de sus mayores ganancias. El impuesto que de él se derivaba se distribuía entre las autoridades locales y sus superiores en la provincia como si fuera algo legal. Y hubo gobernadores provinciales que cada 15 días recorrían su territorio, temerosos de que sus subalternos les dieran la mala en las recaudaciones. Poco varió esa situación en la República, y se calcula que, a partir de 1956, ese «impuesto», recaudado en las demarcaciones de la Policía, hacía que afluyeran, con destino al Palacio Presidencial, unos 700 000 pesos mensuales, que Batista y su esposa decían dedicar a «obras de caridad».

¿Qué se jugaba en la Isla durante la Colonia? Estaba muy extendido el monte, juego de cartas de origen español, pero que aquí los cubanos, con su inteligencia natural, supieron exornar con complicadas combinaciones. En clubes y casinos se jugaba el bacará, el 34 y el póquer, mientras que la ruleta quedaba reservada para ferias, romerías y jolgorios al por mayor. El burro, el 31 y la siete y media eran comunes en tabernas y billares. A esto habría que añadir las rifas y la charada china desde 1873.

La Metrópoli explotó la pasión por el juego y creó la Real Lotería de la Siempre Fiel Isla de Cuba. El 21 de abril de 1812 se celebró el primer sorteo. Fue, dicen especialistas, la renta más sólida y segura del gobierno colonial que, por ese concepto y en menos de cien años, pudo sacar de Cuba más de 150 millones de pesos.

El gallo y el arado

Con todo, el juego cubano por excelencia fue siempre la lidia de gallos. Cristóbal Colón trajo los primeros gallos finos y los primitivos colonizadores extendieron pronto la práctica de pelearlos. En un pueblo en fomento, antes de la escuela y a veces antes de la iglesia misma, se construía la valla de gallos, escribía Francisco Figueras. Espacio democrático, donde blancos y negros, sin distinción, cruzaban sus apuestas. Decía Emilio Roig: «La afición por los gallos se manifiesta aquí en todas las épocas y circunstancias desde que La Habana no era más que el puerto de Carenas». La cosa llegó a tal extremo que el capitán general Francisco Dionisio Vives tuvo su propia gallería en el patio del castillo de La Fuerza, y para que se la atendiera sacó de la cárcel a un tal Padrón, asesino convicto y confeso, que era experto en esos menesteres.

Al finalizar la Guerra de Independencia, los libertadores pidieron al general Brooke, primer jefe del Gobierno interventor norteamericano, que suspendiera las peleas de gallo y las corridas de toro. El militar prohibió estas, pero, dado su arraigo, no se atrevió con las otras. Su sucesor, el coronel Wood, sí lo hizo a partir del 1ro. de junio de 1900. Con el advenimiento de la República volvió a la palestra el tema de los gallos. La revista El Fígaro hizo una encuesta al respecto. Contrarios a que se autorizaran de nuevo las peleas se revelaron Máximo Gómez, el general Miró Argenter, Manuel Sanguily… También figuras del autonomismo como Montoro y Gálvez. El mismo presidente de la República, Tomás Estrada Palma, fue contrario a la idea y el asunto quedó aparentemente olvidado hasta que en los días de la segunda intervención norteamericana los militantes del Partido Liberal, que tenía en su emblema las imágenes del gallo y el arado, hicieron del tema un reclamo electoral. Gana José Miguel Gómez la Presidencia, toma posesión el 28 de enero de 1909 y ya el 1ro. de febrero el Parlamento discutía la ley que restablecía las peleas de gallo, que resultaría aprobada, como lo sería la ley que reinstauraba la Lotería, prohibida también por Wood.

Sucedió una cosa curiosa y Salvador Cisneros, marqués de Santa Lucía, la denunció en el Senado: la ley de Lotería, aún sin haber «pasado», estaba ya incluida en el presupuesto de la nación y lo mismo sucedía con la de los gallos, que sin haberse aprobado propiciaba la creación de gallerías en todas partes.

La hora del coctel

Wood prohibió la Lotería y las peleas de gallo. Pero autorizó las apuestas en los juegos de la pelota vasca que tenían lugar en el frontón de Concordia y Lucena, el llamado Palacio de los Gritos, construido en su mandato. Se apostaba también en el hipódromo de Marianao. En 1919, el presidente Menocal firmaba la llamada ley del turismo, que autorizaba los juegos de azar en el Casino Nacional, un elegante caserón de madera que se erigía en la esquina de 11 y 120 del reparto Country Club, al oeste de La Habana. Entre 1920 y 1935 la llamada ley seca, vigente en los Estados Unidos, impulsaba hacia Cuba a toda una corriente de bebedores. Es la época en que abren sus puertas unas veinte academias de baile en La Habana y no menos de 7 000 bares y salas de fiesta se diseminan por todo el país.

En 1934, por primera vez, llega a Cuba Meyer Lansky, el financiero de la mafia, y tres años después consigue la concesión para operar un casino de juego en el Hotel Nacional. No hace grandes inversiones, pero se percata de que La Habana podría convertirse en una base perfecta para sus operaciones. Vendrá una y otra vez hasta que en 1952, tras el golpe de Estado batistiano, se establece de manera permanente. Ya no quiere regentear una sala de juegos, sino participar de las ganancias que generaría una serie de casinos, como los que, con tanto éxito, opera la mafia en Las Vegas.

Se construyen, a partir de 1955, los hoteles Rosita de Hornedo (actual Sierra Maestra), Capri, Riviera, Copacabana, Habana Hilton y Deauville. Pero el proyecto es más amplio y contempla otros establecimientos hoteleros desde Barlovento (Marina Hemingway) hasta Varadero. Se planea un hotel de 600 habitaciones en el espacio que ocupa la heladería Coppelia, y otro en el área del parque José Martí, en G y Malecón. Batista firma una ley en la que se autoriza establecer casinos de juegos en aquellos hoteles en cuya construcción se invirtió más de un millón de pesos. Luego se desdice y firma otra autorizándolos también en hoteles no tan costosos. Es así que algunos hoteles de siempre, como el Plaza, se remodelan y entran en el nuevo negocio.

Se juega también en los cabarets Sans Souci y Tropicana, y aunque los centros recreativos de menos categoría no cuentan con casinos, tienen máquinas traganíqueles, las llamadas ladronas de un solo brazo. Tres escuelas de dealers funcionan al mismo tiempo en La Habana.

La mesa invita a comprobar la bola

Mientras tanto, la Lotería marchaba viento en popa. Abundan los vendedores ambulantes de billetes y la Plaza del Vapor (actual parque de El Curita, en Centro Habana) es una especie de mercado natural de esos boletos. Florecen las billeterías. Solo en Obispo, que recuerde este escribidor, están las de Menéndez, La Dichosa, El Globo y El Gato Negro. Puede comprarse un solo billetico (25 centavos) o tantos como se desee; también la hoja entera, con cien billetes, por 25 pesos. El Hotel Sevilla opera con un sistema particular. Si no se encuentra el billete que se busca, allí puede jugarse de todas formas el número deseado, siempre que se abone lo que cuesta la hoja completa. La caja del Sevilla pagará a los ganadores lo mismo que la Renta de Lotería que efectuaba sorteos periódicos, que se transmitían por radio, y en los que niños de la Casa de Beneficencia daban vueltas al bombo de donde salían las bolas; una, con el número del billete agraciado, y la otra, con la cantidad de dinero que lo premiaba. Uno de aquellos niños, con una entonación que se hacía pegajosa, decía, por ejemplo: 62 662, y el otro: cien pesos, hasta que caía el «gordo» y entonces la mesa invitaba al público a comprobar la bola.

Coexistían la charada y la bola. Charada es una palabra que viene del francés y significa acertijo. Había premios para el que lo descifrara. No era fácil. El banco decía, por ejemplo: «Tiene cuatro patas y camina por los tejados». La gente, pensando en el gato, jugaba el 4, y tiraban el 9, es decir, elefante. Fueron los chinos los que la introdujeron y el primer banco estuvo en la calle Lealtad. Había algo de poesía en esa, pues sus 36 números se correspondían con otros tantos signos o símbolos que remitían a flores y a personajes de la dinastía Ming. Pero el juego perdió todo su encanto cuando los cubanos sustituyeron aquellos signos por bichos. Seis, jicotea; 19, lombriz; 21, majá; 33, tiñosa. No tardó en aparecer la bola, invento de José Manuel Castillo en el barrio de Luyanó. Cien números para sacar tres premios. Pronto surgieron los competidores: Campanario; López, en Marianao; Fox, en Tropicana; Battisti en el Sevilla.

El 1ro. de enero de 1959 el pueblo destruyó los garitos y algunos casinos, como los de los hoteles Plaza y Deauville y el del cabaret Sans Souci. Otros permanecieron abiertos, pero con sus días contados. Pastorita Núñez les daría un golpe maestro al imponerles, para autorizarlos a seguir operando, una cuota que no estuvieron dispuestos a pagar. La Lotería pasó a manos del Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas, hasta 1968, cuando desapareció. Con la venta de los billetes se construirían apartamentos para ser adjudicados a los sectores menos favorecidos. Ocho mil 500 viviendas se edificaron y entregaron llave en mano en el transcurso de dos años.

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