Cómo murió Antonio Maceo (final)

Maceo ha caminado mucho y está agotado. Tiene fiebre. Le duelen todas las heridas y los ordenanzas le friccionan las piernas para aliviarlo. Le contraría no encontrar los hombres y los caballos que esperaba a su llegada, pero sabe que con haber salido de Pinar del Río y estar en territorio habanero ha infligido una derrota a Weyler. Sube la fiebre y el general Miró, que vela a su lado, lo ve agitarse en la hamaca y le escucha frases incoherentes. En el amanecer cuenta a Miró su sueño. Le dice que vio a su padre, a su madre y a todos sus hermanos muertos. Estaban a su lado y lo llamaban por su nombre. Le decían: Antonio, basta ya de lucha, basta ya de gloria. Habló enseguida sobre Mariana, que iba ya para tres años de muerta, recordó a su hermano José y no ocultó su preocupación por la situación de su esposa, enferma y sin recursos en Costa Rica. Más tarde conversó con su médico. Diría el doctor Zertucha: Me dijo que tenía el presentimiento de que lo iban a matar.

Es ya el amanecer del 6 de diciembre de 1896 y apenas le quedan 24 horas de vida.

Discordias

El comandante Baldomero Acosta, que siguiendo sus instrucciones lo esperó en el lugar convenido las noches del 27 y el 28 de noviembre, aparece al fin con los caballos, y a Maceo se le renueva el entusiasmo al conocer los detalles de un posible alzamiento en la capital que deberá simultanearse con un ataque mambí. Es precisamente lo que quiere desde hace tiempo: embestir contra Marianao, antes de proseguir camino para encontrarse con Máximo Gómez, y hacerse sentir en La Habana, de manera que las autoridades españolas, que lo hacen encajonado en Pinar del Río, no puedan negar su presencia en territorio habanero. Es con el fin del probable ataque a Marianao que, antes de cruzar la trocha, ordenara la concentración de las tropas de la Segunda División del Quinto Cuerpo del Ejército Libertador. En efecto, en San Pedro Arriba aguardan la llegada del Lugarteniente General los regimientos Santiago de las Vegas, Goicuría, Calixto García y Tiradores de Maceo, con sus jefes respectivos; unos 450 hombres en total al mando del coronel Sánchez Figueras, jefe de la Brigada Sur. Ya con los caballos, Maceo marcha hacia San Pedro de inmediato. Lo acompañan entre 45 y 60 hombres. Resulta inconcebible. Dejan rastros en el camino que permitirán al enemigo detectarlos.

Hacia las ocho de la mañana del 7 de diciembre llega Maceo al campamento insurrecto. El júbilo es indescriptible. Dispone que el general Miró salga lo más pronto posible para el Cuartel General de Gómez y lleve con él a Panchito, su ayudante y ahijado, que está herido y «como es muy belicoso cualquier día me le vuelven a dar otro balazo».

Siguen las entrevistas con el mando habanero. Hay discordia. Todos quieren ser jefes. El teniente coronel Juan Delgado, que no obedece ya a Sánchez Figueras ni al coronel Ricardo Sartorius, pide una posición que le permita no supeditarse a nadie más que a Maceo. El teniente coronel Alberto Rodríguez anuncia que, si así se hiciera, no reconocería a Juan Delgado, y en cuanto a Baldomero Acosta, Maceo debe desautorizarlo porque ha designado por su cuenta y riesgo y sin apego a la ley a los jefes del regimiento Goicuría. El General escucha a todos con infinita paciencia. Está triste, muy triste. Hace un aparte con Juan Delgado y luego de un largo silencio expresa que no tomará decisiones antes de entrevistarse con el mayor general José María Aguirre, jefe de la División de La Habana.

Son las 11 de la mañana y Maceo queda solo en su tienda. Se descalza. Coloca las armas debajo de la hamaca y se tiende en espera del almuerzo. Luego vuelven los jefes a reunírsele y Miró les lee el pasaje de su libro Crónicas de la guerra correspondiente a la batalla de Coliseo. De pronto se oyen detonaciones; siguen descargas cerradas. Maceo, dirá Miró, pasa del asombro a la cólera por la sorpresa enemiga. La guerrilla montada de Peral, vanguardia del batallón de San Quintín que manda el comandante Francisco Cirujeda, arrolla la guardia mambisa e invade el campamento. Intenta Maceo salir de la hamaca, pero no puede hacerlo sin que uno de sus asistentes lo ayude a incorporarse. Se pone las botas, se ciñe las armas y ensilla su caballo; tarea esta que no confiaba a nadie pues solo así se sentía seguro sobre los estribos. Ya montado, ordena al teniente coronel Piedra Martell que busque un corneta para reagrupar a la tropa, dispersada en la confusión de los momentos iniciales del ataque. A esa altura, Juan Delgado y Alberto Rodríguez, con 40 hombres, han hecho retroceder a los de Peral en busca de la protección de la infantería, desplegada ya detrás de una cerca de piedras del callejón del Guatao. No aparece el corneta y Maceo, con 45 hombres de su Estado Mayor y de la escolta, parte rumbo al lugar donde Delgado y Rodríguez mantienen estabilizado el combate. El enemigo, protegido por la cerca y con la caballería desplegada a ambos flancos, no intentaba una nueva ofensiva.

Casualidades

Los cubanos esperaban gozar de tranquilidad en el campamento de San Pedro aquel 7 de diciembre. La exploración mambisa había informado que la columna de Cirujeda había salido desde Punta Brava en dirección a Cangrejeras, es decir, con rumbo opuesto a San Pedro. La información era correcta. Cirujeda, al frente de tres compañías del batallón de San Quintín, la guerrilla montada de Peral y la guerrilla de Punta Brava —unos 480 hombres en total— quería llegar a Mariel, límite de su zona de operaciones, pero en el camino que conducía a la playa de Baracoa escuchó disparos en dirección a Bauta y ordenó cambiar el rumbo y dirigirse hacia ese pueblo para prestar ayuda a su guarnición si era necesario. Nada sucedía en Bauta. Allí, luego de hacer rancho, Cirujeda abandonó la idea inicial de trasladarse a Mariel y quiso hacer un recorrido por el callejón de San Pedro a Punta Brava. Lo hizo por una cuestión de tiempo, y no porque hubiera recibido en Bauta información alguna sobre la presencia insurrecta en la zona.

Fue entonces que la guerrilla de Peral descubrió el rastro que dejaron Maceo y sus acompañantes y lo siguió a fin de sorprender lo que se suponía un pequeño destacamento cubano. Las huellas la llevaron hasta la avanzada del campamento de Maceo. La arrollaron los de Peral y continuaron su avance hasta que los detuvo una cerca de piedra que se vieron obligados a rebasar por un estrecho portillo. Fue ahí donde los contraatacaron hasta hacerlos retroceder los hombres de Juan Delgado y Alberto Rodríguez.

¡Esto va bien!

Ya en el lugar del combate y bajo el fuego cerrado de la infantería enemiga, ordena Maceo al brigadier Pedro Díaz una maniobra de envolvimiento por el flanco izquierdo de la cerca a fin de desalojar de allí al enemigo y darle una carga al machete en campo abierto. El ataque fracasa y, aunque Díaz vuelve a intentarlo, se crea una situación insostenible para los cubanos que, por la inferioridad de su armamento y escasez de tiros, no pueden prolongar el combate de posiciones.

Dos opciones se abren ante el Lugarteniente General del Ejército Libertador. Ordena la retirada o intenta de nuevo desalojar al enemigo de la cerca. Escoge esta variante, decidido a llevar el combate hasta el final, e inicia un avance paralelo a la línea española para continuar el ataque. Una cerca de alambres oculta por la hierba altísima, le cierra el paso. Ordena que corten los alambres y encarga a Pedro Díaz que flanquee, ahora por la derecha. Con la misma mano que sostiene la brida, toca el hombro de Miró y le dice: «¡Esto va bien!».

Arrecia el fuego enemigo y Maceo es alcanzado por un proyectil que le penetra por el lado derecho de la cara, cerca del mentón, y sale, con ruptura de la arteria carótida, por el lado izquierdo del cuello. «¡Corran, que el General se cae», grita Miró. Los oficiales, con dificultad —pesa más de 200 libras— lo suben al caballo y cae nuevamente al suelo cuando otra bala hace blanco en el tórax y mata a la bestia en su recorrido de salida. Maceo está muerto y a su lado yacen 12 hombres heridos. Miró y el coronel médico Zertucha se desploman moralmente y salen aterrados de la escena. Se retira también el brigadier Pedro Díaz y el cuerpo sin vida del Mayor General Antonio Maceo, segundo jefe del Ejército Libertador, queda solo en aquellos matorrales a merced del enemigo.

Al enterarse de lo sucedido, Panchito Gómez Toro, que por estar herido quedó en el campamento, sale, con un brazo en cabestrillo y prácticamente desarmado, en busca del cadáver de su jefe. En un gesto supremo de devoción y lealtad va a morir a su lado. Resulta blanco fácil de las armas españolas. Herido, debilitado por la sangre que pierde, trata de suicidarse para que no lo cojan vivo, pero antes quiere escribir una nota a sus padres y hermanos para explicarles la decisión. No puede concluir el mensaje. Uno de los guerrilleros de Peral lo remata con machetazo en la cabeza.

En el Cuartel General

El comandante Cirujeda no sospechó siquiera que Maceo había muerto en San Pedro, pues la propaganda española lo daba como cercado en Pinar del Río. Un grupo de valientes, encabezados por Juan Delgado, pudo recobrar los cuerpos del Lugarteniente General y de su ayudante. Tampoco están claras las circunstancias en que lo consiguieron. Unos dicen que, como ya el enemigo se había retirado, no fue necesario combatir. Otros, en cambio, afirman que, aunque Cirujeda se retiraba, los guerrilleros seguían en el terreno y hubo combate y que Juan Delgado ordenó incluso una carga al machete que no se dio a la postre porque los guerrilleros huyeron al percatarse de lo que les venía encima.

El 16, nueve días después del combate, llega al Cuartel General del Ejército Libertador, en San Faustino, Camagüey, la noticia de la muerte de Maceo y su ayudante. El oficial de guardia despierta al Generalísimo Máximo Gómez con la breve esquela. «¡Maceo y mi hijo muertos!». Tan conturbado ven al «Viejo» sus subalternos, que tratan de consolarlo recordándole las mentiras que suelen difundir los españoles. Gómez no se llama a engaño. «Algunos de mis compañeros abrigan la esperanza de que pueda ser falsa, pero yo siento la verdad de ella en la tristeza de mi corazón…», escribe. Dos días más tarde se confirma la noticia. Los detalles de la muerte de su hijo lo trastornan.

En el Cuartel General los mambises andan taciturnos, sombríos, en expresión de duelo. Truena la voz del Generalísimo una mañana: «Qué silencio es ese? ¿Es acaso porque han caído el general Maceo y mi hijo, su ayudante? ¡Han muerto cumpliendo con su deber y ahora nos toca a nosotros! ¡Aquí debe haber alegría, conformidad y decisión cada vez que cae uno abrazado a la bandera!».

En verdad está destrozado. Puede aceptar la muerte de Panchito, pero no cesa de pensar en el golpe del machete que le cercenó la vida. Acongojado, maltrecho, se traslada a Santa Teresa, en Sancti Spíritus, y busca en La Reforma el rancho donde nació su hijo 20 años antes. Ve solo monte.

Escribe a su esposa: «No quise tocar nada, y todo quedó respetado y tranquilo en aquel lugar solitario… Dios me dé tiempo y medios para ir también a derramar una lágrima sobre su tumba».

(Fuentes: Diccionario enciclopédico de historia militar, tomo II; y textos de Raúl Aparicio, Minerva Isa y Eunice Lluberes)

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