Palpar, oler, saborearlo todo

Resulta muy difícil apresar la vida y la obra de don Fernando Ortiz dentro del marco de la página periodística. La bibliografía activa de este hombre nacido hace 130 años se aproxima a los 900 asientos, entre los que sus obras capitales forman un conjunto de más de 30 títulos y cubre un campo que va desde el derecho penal y la dactiloscopia hasta el estudio pormenorizado del hombre cubano.

Aunque su obra podría resumirse en tres dominios esenciales: la etnografía, la historia y el folclor, algunas de las facetas de su largo quehacer quedarían fuera de ese intento de síntesis. Ortiz fue etnólogo, historiador y folclorista. Fue un animador de la cultura, y fue también arqueólogo, antropólogo, sociólogo, psicólogo, lexicógrafo… todo a la vez.

Esa diversidad de su inquietud intelectual es, sin embargo, solo aparente. Vale la pena recalcarlo. Para él Cuba y su cultura eran un ajiaco, y ese concepto para calificar la cultura cubana ayuda a aclarar el fenómeno Ortiz. Las numerosas y diversas vertientes de su labor tienen un denominador común: Cuba. Y una sola intención: la de estudiar, desde diferentes ángulos, la cultura y el hombre cubanos, suma de elementos diversos que dieron nacimiento a un producto distinto a los factores que intervinieron en su formación.

Para Ortiz no existieron las especializaciones; no podían existir porque cuando decidió comenzar sus estudios todo estaba por hacer y se vio obligado a arrancar desde cero. De ahí su condición de enciclopedista, de culturólogo. Dice Miguel Barnet al respecto: «En Ortiz la premura de información, de carencia de datos, documentos y material etnográfico en bruto, obligaron al estudioso —al estudiante casi se puede decir, si nos ubicamos en los primeros años del siglo XX— a coleccionar y organizar los materiales que luego le servirían para futuros trabajos. Muchos de esos materiales se publicaron casi en su factura primaria, sin desbastar, sin pulir. Pero eran el sedimento necesario para las futuras y más profundas indagaciones. Por todo esto y porque su labor fue de experimentación no solo a nivel nacional sino americano, se puede considerar —como ya dijera Roger Bastide— que Ortiz más que pionero fue un maestro de las Ciencias Sociales de nuestro continente».

Se le llama, con justicia, el tercer descubridor de Cuba. Porque si Cristóbal Colón reveló la existencia de la Isla y la colocó en el mapa, y el sabio alemán Alejandro de Humboldt se encontró con su naturaleza, Ortiz se adentró de lleno y con «paciencia, ciencia y conciencia», como era su divisa, en el hombre que la habita para descubrirlo.

Una masonería negra

En 1906, Fernando Ortiz, que tiene entonces 25 años de edad —nació en La Habana, el 16 de julio de 1881— regresa a Cuba. Es ya abogado —doctorado en las universidades de Madrid y La Habana— y ha hecho en Italia estudios de criminología, aparte de haber desempeñado cargos en el servicio consular de la República. Un hecho más trascendente aún había ocurrido ya en su corta y fructífera vida: vio, en el Museo de Ultramar de la capital española, trajes de diablitos y un tambor batá. Las piezas lo impresionan vivamente y, de nuevo en Cuba, ansioso de volcarse sobre los problemas sociales del país, le sale al paso el negro y se percata de la importancia de ese factor integrante de la nacionalidad. Pero, recordaba Ortiz, nadie lo había estudiado. Añadía: «Para unos ello no merecía la pena; para otros era muy propenso a conflictos y disgustos; para otros era evocar culpas inconfesadas y castigar la conciencia; cuando menos, el estudio del negro era tarea harto trabajosa, propicia a las burlas y no daba dinero».

Constató Ortiz entonces que había aquí mucha literatura sobre la esclavitud, pero nada acerca del negro como ser humano, su espíritu, su historia, sus antepasados, su lengua, su arte, sus valores positivos… De todo eso se hablaba a hurtadillas y hasta los mismos negros y, sobre todo, los mulatos, parecían querer olvidarse de sí mismos y renegar de su raza para borrar sus martirios y frustraciones. Nadie sabía nada, pero espoleaba el interés del sabio el hecho de que el asunto se presentara de manera tenebrosa, envuelto en fábulas macabras y en sucesos de sangre terribles.

Pronto se percató que se enfrentaba no solo a una muy curiosa masonería negra, sino a una maraña complejísima de supervivencias religiosas procedentes de diferentes culturas lejanas y con estas variadísimos linajes, idiomas, música, instrumentos, bailes, cantos, tradiciones, leyendas, artes, juegos y filosofía… Manifestaciones procedentes de diversas latitudes africanas y que aquí se presentaban intrincadas por haber sido traídas a este lado del Atlántico en una trasplantación caótica, «como si durante cuatro siglos la piratería negrera hubiese ido fogueando y talando a hachazos los montes de la humanidad negra» para arrojarlos, revueltos y confusos en la Isla.

Imposibilitado de penetrar en el mundo que quería estudiar, el entonces recién estrenado fiscal sustituto de la Audiencia de La Habana se acerca a la cultura negra por la vía penal. En una época en que corrían, inventadas o exageradas por la prensa, historias espeluznantes sobre la población de origen africano, don Fernando recorre las estaciones de Policía y revisa y estudia expedientes de reclusos. Publica así Los negros brujos (1906), grupo que inserta en lo que llamó el hampa afrocubana. Obra que rectificará y superará con el tiempo, pero que constituye el primer gran fruto del acercamiento de Ortiz al cubano negro.

Se moverá Ortiz en campos más vastos; en un entrelazamiento de lo enciclopédico, la historia, la etnología, la antropología, la ciencia del hombre social en suma. Los negros esclavos (1916) es una obra prácticamente insuperable sobre la esclavitud en América. En sus páginas se diluye el concepto de hampa afrocubana. Un salto cuantitativo en la labor investigativa de Ortiz. En 1924 publica el Glosario de afronegrismo, admirable trabajo de filología y sociología. Y años más tarde hará un aporte fundamental en el campo etnográfico.

Al concepto de «aculturación» —proceso de asimilación o adaptación de la cultura propia por parte de un pueblo mediante el contacto con la de otro más desarrollado— el sabio cubano opone la «transculturación» para calificar la fusión de dos o más culturas que engendran una cultura de síntesis, diferente en sus características a los elementos que la originaron.

Expone ese concepto en lo que muchos consideran su obra más importante, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940). A ese título seguirán La africanía de la música folclórica en Cuba (1950); Los bailes y el teatro de los negros en el folclor de Cuba (1951), y Los instrumentos de la música afrocubana, que publicó en cinco volúmenes entre 1952 y 1955. En este conjunto de libros ve Rogelio Martínez Furé la contribución fundamental de Ortiz a los estudios africanísticos. ¿Qué aporta Ortiz, quien no fue precisamente un africanista, a dichos estudios? El mismo Furé resume la respuesta: fue de los primeros en confirmar la permanencia en América de elementos de la cultura africana de manera muy semejante a la forma en que existieron en África a comienzos del siglo XIX. Posibilitó el conocimiento de música e instrumentos musicales perdidos en el continente original. Clasificó mitos y leyendas y esa labor permitió localizarlos después en África. Llamó la atención, por primera vez, sobre el papel de las yerbas sagradas en los ritos religiosos, aspecto en que no habían reparado los africanistas.

Las fuentes vivas

Fernando Ortiz no fue un investigador de gabinete. Quiso en sus investigaciones, así se lo dijo a Miguel Barnet, «palparlo todo, olerlo todo, saborearlo todo». Por eso en su obra alternan la referencia bibliográfica y el trabajo de campo, que sus aseveraciones vayan calzadas tanto por la opinión de especialistas de renombre, como por lo que le contaba gente de pueblo, muy humilde, que eran también, a su modo, autoridades muy respetables en música y religiones africanas.

En el transcurso de su vida Ortiz confraternizó con santeros, paleros, espiritistas, tamboreros… y las informaciones que ellos le proporcionaron, contrastadas luego por la rigurosa información de don Fernando, nutrieron buena parte de su obra. Vestido invariablemente de blanco, que es el color de Allaguna —Obatalá Allaguna, el guerrero, pero también santo de la paz y de la inteligencia— asistió a la celebración de ritos y ceremonias y localizó y clasificó cantos, instrumentos musicales, mitos, ritos funerarios, sistemas adivinatorios inencontrables ya en África tras haber sufrido los pobladores de ese continente el choque brutal de la colonización blanca y que en Cuba se conservaban intactos. «Ortiz lo conoció todo porque estaba como las enfermedades, en todas partes», decía Trinidad Torregrosa, santero y tocador de tambores.

Barnet, que tuvo la suerte de colaborar con don Fernando durante los años finales de su vida y que en 1965, cuando aún el sabio vivía, recogió el testimonio de muchos de los informantes del Maestro, cuenta que Ortiz confesó a Torregrosa que se sentía como un incomprendido. «La gente no comprende lo que hago», le dijo. Puntualizó: «Los únicos que están claros en esto son ustedes». Por eso, concluía Torregrosa, «yo le di todos los datos que él quiso, y trabajé con él durante años en conferencias y charlas».

Dicen que cuando Ortiz invitaba a comer en su casa a cualquiera de sus informantes, en señal de respeto, le ofrecía de manera invariable una de las cabeceras de la mesa. Y cuando acudía a una ceremonia religiosa, le molestaba que quisieran atenderlo en mesa aparte y rechazaba servilletas, cuchillos y tenedores. Quería beber en jícara, comer con cuchara y, sobre todo, estar entre la gente y escucharla.

Emilio O’Farrill, otro santero y palero, contó a Barnet: «Siempre llevaba una libreta gorda que tenía la figura de un indio por fuera. Me preguntaba de todo. Sobre la manera de hacer la prenda, sobre las firmas de nosotros, los palos y los nombres de mi abuela. A él le gustaba saber de mi abuela, que era musundi de nación. Batallaba mucho con la cuestión de la lengua. «Dígame, O’Farrill, cómo se dice la luna, la vela, el niño, la cama; cómo se llama cuando una mujer va a consultarse…» y yo le decía: «Muana, que en congo quiere decir mujer. Él era un bicho. Se hacía el que no entendía o no entendía y yo tenía que decir muana como cinco veces».

Arcadio Calvo, santero, palero y espiritista, sintetizaba:

«Aquí venía mucho. Jugaba palo con nosotros para tallar a la gente y luego ponerse a conversar con los datos y los pormenores sobre la religión. Yo no creo que haya nadie en esta República con más claridad que Ortiz. Bueno, por algo tiene el báculo más grande de Cuba, el de André Petit».

(Continuará)

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