Romay entre dos siglos

Tomás Romay y Chacón es una figura cimera de la Medicina cubana. Dotó de una visión científica a su profesión y estableció la primera clínica médica que existió en La Habana. Estuvo entre los fundadores del Papel Periódico y dirigió la Sociedad Económica de Amigos del País. Fue tesorero de la Universidad, donde ejerció además como profesor de Anatomía y decano de su Escuela de Medicina. A él se debe, con el apoyo del Obispo Espada, la supresión de la práctica de los enterramientos dentro de las iglesias. Pero ha pasado a la historia sobre todo como el introductor y propagador de la vacuna en Cuba. Representa, dijo Félix Lizaso, la más clara conciencia científica unida al más acendrado desvelo patrio.

Romay es un hombre entre dos siglos, como lo es Francisco de Arango y Parreño, el llamado «estadista sin Estado» y eminencia gris de la sacarocracia criolla. En 1790 Luis de las Casas asume el Gobierno de la Isla y trae el espíritu de reforma que distingue el reinado de Carlos III y su política de Despotismo Ilustrado.

La ocupación de La Habana por los ingleses (1762-63) tan repudiada por los criollos, rompió el ritmo monótono de la vida medieval que el aislamiento y la opresión imponían a los habitantes de la ciudad. Tras la salida de los ocupantes, a los que España dio, a cambio, toda la Florida, nada volvió a ser como antes. La lucha por el dominio del Caribe, con Cuba como base principal ante los nuevos conflictos, obligó a Madrid a fortalecer los centros estratégicos americanos.

Así, se modernizó el sistema defensivo de la ciudad y se inició la reforma del sistema colonial con la reorganización de la economía y concesiones notables a la oligarquía criolla. Se permitió el libre intercambio comercial con otras naciones. Se habilitaron varios puertos españoles para el comercio con la Isla, monopolizado hasta entonces por el de Cádiz, y se abrieron al mundo otros puertos cubanos. Entraron en vigor una nueva ley arancelaria, un nuevo sistema de correos y medidas en beneficio de los artesanos. Quedó reajustado el sistema de impuestos, a fin de que los gravámenes cubriesen a corto plazo los gastos administrativos y militares y se ejecutaron planes de desarrollo urbano. Las calles se alumbraron hasta donde fue posible; se construyeron el primer paseo habanero —la Alameda de Paula— y el primer teatro —Principal— así como el Palacio de los Capitanes Generales, y quedaron prohibidas las casas de madera y guano dentro de la urbe, lo que incrementó los barrios marginales. La Habana cambió de fisonomía.

Gestión de las casas

Con Luis de las Casas, que fue, por cierto, el primer inquilino del palacio de la Plaza de Armas, cuando estaba aún sin concluir, comienza una era de esplendor para la inteligencia. Fue un gobernante civilizador, dice un historiador. Asumió y encauzó proyectos y esfuerzos concebidos desde años antes por criollos eminentes como Romay, Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Luis Peñalver… Bajo su mando, que cesa en 1796, se crea en La Habana la Sociedad Económica de Amigos del País, llamada entonces Sociedad Patriótica, que existía ya en Santiago de Cuba; se funda la Casa de Beneficencia, se inaugura la primera biblioteca pública y se establece el Real Consulado de Agricultura y Comercio. Convencido de que un gobierno de paz debe buscar su apoyo más firme en la opinión pública, y que el único modo de obtenerlo es alentar por medio de la prensa a la inteligencia del país a fin de que ofrezca francamente sus opiniones a la autoridad, crea, a cuatro meses escasos de su ascenso al poder, el Papel Periódico de La Habana. Fue también el primero de sus redactores. En la Sociedad Económica se mantuvo muy activo siempre.

Altruista y desinteresado. Hizo de su peculio donaciones a los perjudicados por calamidades y desastres y fue generosa su contribución personal a la Casa de Beneficencia. Renunció a las granjerías de que gozaban los gobernadores y fue escrupuloso en el manejo de los fondos públicos, al extremo de que cuando falleció, cuatro años después de dejar el poder, apenas dejó lo suficiente para costear su entierro.

Encuentra Tomás Romay sólido apoyo en el gobernador Las Casas, como lo encontrará más tarde en el Obispo Espada.

El médico número 33

Nació Romay en La Habana, el 21 de diciembre de 1764. Un tío, fray Juan Romay, lo impulsa a matricular en el seminario de San Carlos y San Ambrosio y obtiene allí el grado de bachiller en artes, en 1783. Se siente el joven estudiante atraído por las humanidades. Fray Juan, en cambio, quiere que estudie Medicina e insiste hasta que logra que el sobrino se presente al bachillerato premédico y a las prácticas de hospital. No resulta fácil convencerlo, pues antes inicia estudios de Derecho, matricula Filosofía, y ejerce la cátedra de Texto Aristotélico, que le vale la licenciatura y el magisterio en Artes. Obtiene al fin su título ante el Protomedicato y gana los grados de licenciado y doctor. Es el médico número 33 que egresa de la Universidad de La Habana.

Es uno de los redactores del Papel Periódico y colaborará en el Diario del Gobierno. Alterna con lo más brillante de la intelectualidad de su época y son notables sus tertulias y las representaciones teatrales que auspicia en su casa, en las que, bajo su dirección, actúan sus propios hijos. Luz y Caballero es uno de sus yernos. No olvida su afición por las letras y escribe versos y relatos, pero su labor como escritor es secundaria; su estilo, dicen los que lo han leído, confuso y ampuloso, lleno de un vacuo retoricismo. Ningún escritor, sin embargo, fue más celebrado en su tiempo que Romay; influía sin duda en ello la gran estimación de que gozaba el buen doctor por sus cualidades de carácter y sus servicios eminentes a la sociedad. Otra cosa es su literatura científica. No faltan los que consideran su Disertación sobre la fiebre amarilla llamada vulgarmente vómito negro, leída en la Sociedad Económica en 1797, como el primer trabajo notable de la bibliografía médica cubana. De mucha cuenta es además su Memoria sobre los cementerios fuera del poblado.

La morbimortalidad que cada cierto tiempo causaba la fiebre amarilla se recrudeció a comienzos del siglo XIX con una epidemia de viruela que se extendió por toda Cuba. Conocía Romay la vacuna de Jenner para la prevención de ese mal y había dado a conocer sus opiniones sobre ella. Se trajo en dos ocasiones virus varioloso a La Habana, pero no será hasta el 12 de febrero de 1804 cuando puede Romay inmunizar contra la viruela, con un virus proveniente de Puerto Rico, a un grupo de personas.

La gente desconfía del procedimiento. Teme. Romay vacuna entonces, en primer lugar, a sus cinco hijos. Seguirán luego 30 personas más. Será director de la Junta Central de Vacuna de la Isla y socio correspondiente de la Comisión Central de la Vacuna, en París. En 33 años, lo dice él mismo, se logró vacunar contra la viruela a más de 210 000 personas en La Habana y unas 311 000 en toda la Isla.

Contratiempos

Dice uno de sus biógrafos que, considerando la época en que vivió y que intentó reformar, no comprende cómo pudo Romay sobresalir lo suficiente en todo lo que hizo para ser notable en cada una de sus facetas.

Pero no las tenía todas consigo, como no las tenían Alejandro Ramírez, intendente general de Hacienda; Arango y Parreño y todos los que propugnaban reformas y mejoras. El presbítero castellano Tomás Gutiérrez Piñeres fue el censor implacable de los que postulaban cualquier tipo de cambio. Las agitaciones políticas en España echaron sobre Cuba, por segunda vez, a ese paranoico demoledor que se erigió en fiscal de jueces y tribunales, con lo que motivó que la Audiencia, mediante un auto especial, prohibiera a los letrados mostrar sus archivos a Piñeres, constituido entonces en defensor de todo aquel que hubiese perdido un pleito.

Hombre culto y de viva inteligencia era también un polemista agrio y altanero, que no escatimaba calificativos injuriosos para sus contrincantes. A Romay y a su familia les hizo la vida imposible. Organizó tumultos en su contra que provocaron la muerte de la esposa, Mariana González, que dio siete hijos al doctor. El médico no permaneció con los brazos cruzados. Lo acusó por difamación ante los tribunales y logró su reclusión en un convento.

Cinco años sin cobrar

Dicen los que lo conocieron que era un hombre de estatura regular, de elegancia y actitud majestuosa. Muy pronto se vieron encanecer sus cabellos castaños, lo que sus amigos y familiares atribuyeron al efecto del trabajo intelectual y su laboriosidad constante. Sin embargo, su tez, limpia y rosada, conservó su frescura a través de los años. Nada revelaban sus gestos de ligero o irreflexivo. Todo en él era grave, hasta en sus menores movimientos.

José López Sánchez, otro de sus biógrafos, apunta:

«No alimentó la menor sombra de un interés mercantilista. En los postreros años de su vida, cuando las necesidades económicas lo apremiaban, recabó del Ayuntamiento el pago de lo que le adeudaban y el propio Cabildo se llenó de admiración por la paciencia que había mostrado, permaneciendo cinco años sin percibir su remuneración y sin haber hecho, como otros profesores, reclamación alguna sobre ella».

Puede aplicársele a este hombre el calificativo de «español de ultramar» acuñado por Arango y Parreño. Al igual que Arango, Tomás Romay y Chacón se movió hasta el final dentro de la órbita española, fiel al monarca español, ajeno a los movimientos separatistas que surgían y ganaban cuerpo en Sudamérica.

«Presenció los acontecimientos esenciales del tránsito de la Colonia a la nacionalidad militante, y contribuyó a formularlos y a darles sentido. Es una vida notablemente pareja a la de otros criollos contemporáneos y, sobre todo, su pensamiento y acción públicos —hoy diríamos sociales— no desmerecen ni se apartan de las grandes líneas trazadas por los hombres más representativos de aquella etapa de formación», escribió Julio le Riverend.

Tomás Romay murió en La Habana, el 30 de marzo de 1849, a los 85 años de edad. En 1858 uno de sus hijos publicó una edición de sus textos. Sus Obras Completas aparecieron en 1964, en ocasión del bicentenario de su natalicio, compiladas por el investigador César Rodríguez Expósito.

Fuentes: Textos de Torres Cuevas, Roig y Bueno.

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