Sin bigote y delantal

Vuelvo a aprovechar el espacio de hoy para satisfacer la curiosidad de lectores que escribieron en procura de información. La semana pasada, al hacer lo mismo, aludí, entre otros temas, al desaparecido hotel Miramar, situado en la intersección de Malecón y Prado, y a Brenda, una bailarina uruguaya que hizo furor en La Habana de los años 40 del siglo pasado.

Combinando ambos temas, escribió Cristóbal Díaz Ayala, musicógrafo cubano radicado en Puerto Rico y autor, entre otros muchos títulos, de ese libro imprescindible que es Música cubana: del areíto al rap, que cuenta con múltiples ediciones. Decía Díaz Ayala al escribidor: «Querido Ciro: En los bajos del hotel Miramar, estuvo por muchos años el Centro Vasco, el excelente restaurante de Juan Azerzabaitoria, donde por supuesto iban todos los pelotaris de los distintos frontones de La Habana. Para mediados de los 50, se trasladó a una localización en el Vedado. Brenda salía envuelta en unas sedas, pero con el pecho al aire. Bailaba con su hermano. En realidad, su baile no tenía nada de vulgar, era una estilización mucho menos sensual que una rumba caliente... Venía de México, donde había tenido amores con el director de orquesta y compositor mexicano Luis Arcaraz, quien se dice se inspiró en ella para escribir su linda canción Viajera. Don Galaor le hizo una entrevista para Bohemia donde se hablaba de todo esto, me parece... Era una mujer preciosa, y muy buena bailarina».

Sobre el Miramar, otro lector cuyo nombre no retuve, hizo esta interesante precisión: «En 1900, los hoteles preferidos de La Habana estaban en el Paseo del Prado. El hotel Pasaje, en Prado 95, a media cuadra del Parque Central; el hotel Inglaterra, en Prado y San Rafael, de tres pisos; el hotel Telégrafo, en Prado número 112 esquina a San Miguel, con dos pisos y capacidad para 150 huéspedes; y el hotel Miramar, en Prado y Malecón, que era el más caro de la ciudad: cobraba diez dólares diarios por habitación con baño. Recordamos que a principios de la República, un peso o duro español se cambiaba por 60 centavos en moneda americana. Fue el primer hotel que prohibió el bigote a los empleados —cocineros, ayudantes de cocina, camareros…— e implantó para hombres y mujeres el uso obligatorio de la redecilla en la cabeza. También fue el primer hotel en Cuba en que camareras y botones lucieron uniformes elegantes.

«El hotel Miramar era pequeño pero muy confortable; lujoso, con chefs de cocina franceses y un orden y limpieza extremados. En su cocina se empleaba la leña, el carbón vegetal y el gas, así como planchas tostadoras eléctricas. Tenía un sistema de transporte mapificado a disposición de sus huéspedes, organizaba excursiones y paseos por la ciudad y sus alrededores y les garantizaba el acceso a los baños de mar en los lugares habilitados para ello y que la extensión del Malecón iría desplazado. Las personas alojadas en el hotel tenían el privilegio de disfrutar desde sus balcones de los conciertos que la banda de música del Estado Mayor del Ejército ofrecía en la glorieta, situada frente a la instalación hotelera.

«Prado y Malecón, la primera esquina de La Habana, tenía, sin embargo, mala sombra. Los negocios que se montaban en ella no prosperaban pese a la excelencia de la posición. El hotel Miramar se descomercializó en 1920. Si bien no triunfó, el establecimiento hotelero hizo popular esta cancioncilla: «Cuando vayas a La Habana/ a cenar al Miramar, verás a los dependientes / sin bigote y delantal…».

Hasta aquí el comentario recibido. Digamos de paso que eso de la mala sombra de la esquina —y hay lugares y espacios que, sin duda, la tienen— es relativo. El Centro Vasco no fue precisamente un fracaso comercial. En un momento que no puede precisar ahora el escribidor y siendo ya propiedad de Juan Azerzabaitoria Carán, esta casa especializada en platos típicos de la cocina vasca y que mostraba una amplia carta de vinos, se desplazó hacia el Vedado y abrió sus puertas en Tercera esquina a 4, donde funcionaba asimismo la casa social de la asociación de los vascos residentes en Cuba. Instalados en Miami quisieron los dueños del restaurante, ya en los años 80, llevar a su escenario a artistas cubanos de la Isla. Una noche, en la que se anunciaba la presencia de Rosita Fornés, una bomba colocada por la extrema derecha dio al traste con el pretendido espectáculo y destruyó totalmente el local, que se vio obligado así a cerrar sus puertas para siempre.

Palacio de 80 ventanas

Sobre el Gran Teatro de La Habana quiere saber un lector que firma como Alberto su mensaje electrónico. Se interesa por conocer, en particular, cómo la construcción del edificio del Centro Gallego —el muy ilustre Centro Gallego de La Habana, como se le llamaba— asumió el Teatro Tacón.

El Tacón fue en su momento (1838) uno de los mejores teatros del mundo. Su austera fachada contrastaba con el lujo y la elegancia de su interior. La eximia bailarina Fanny Elssler lo comparó con el San Carlo, de Nápoles, y La Scala, de Milán, y «no creo que sean mucho más grandes ni más elegantes en proporciones y estilo». La condesa de Merlin lo vio, en 1844, como un salón que no desentonaría en Londres ni en París, en tanto que otros viajeros se resentían al encontrar en la colonia lo que no existía en la metrópoli. El palco destinado al Gobernador lucía mejor adornado que el que se destinaba a los reyes en algunos países. Ochenta ventanas y 22 puertas ventilaban la estancia, y su lámpara central, en forma de araña, constituía, según la copla popular, uno de los elementos distintivos de la ciudad, junto al Morro y la Cabaña. Su acústica era insuperable. En 1878 admitía a 2 287 personas sentadas y a otras 750 que podían colocarse de pie detrás de los palcos, aunque se dice que en sus inicios tenía capacidad para unos 4 000 espectadores.

Al efectuar la compra del Gran Teatro, el Centro Gallego se comprometió a comenzar la edificación de su nuevo palacio social en 1907 y sacó la obra a concurso. Pasarían, sin embargo, tres años para que comenzara la construcción del nuevo edificio. Porque no fue hasta el 3 de abril de 1910 cuando la directiva gallega aprobó el proyecto definitivo, obra del arquitecto belga Paul Belau, de paso por La Habana, y encomendó su ejecución a la constructora norteamericana Purdy and Henderson. Para entonces se habían demolido los edificios anexos al Gran Teatro y este estaba privado ya de su pórtico, el vestíbulo y los cafés, mientras que el gran salón se mantenía intacto y fue incluso, en 1911, objeto de reformas. El Gran Teatro Nacional, escribe Francisco Rey Alfonso en su Biografía de un coliseo, siguió en pie ofreciendo los más variados espectáculos incluso en los momentos en que, para llegar hasta su sala, hubo que habilitar un túnel por entre las obras en construcción o abrir una de las puertas de la calle San Rafael para permitir el acceso del público.

A finales de 1913 estuvo listo el palacio social del Centro Gallego y su directiva se trasladó al nuevo edificio desde su antigua sede de Prado y Dragones. Llegaba así su turno al Gran Teatro, que sería clausurado para poner en marcha las labores de reconstrucción.

Como requisito indispensable para la ejecución de esas reformas, la directiva gallega solicitó a la constructora que la acústica del teatro permaneciera inalterable, dice Rey Alfonso en su libro citado. Esa y otras pretensiones determinaron que cada uno de los pasos que se dieran en el histórico inmueble fuera objeto de análisis y proposiciones por más de un especialista. En tal sentido, y con el objeto de no separarse del modelo original más de lo estrictamente necesario, se aprovechó todo lo que se pudo de la estructura del Tacón y el ingeniero cubano Benito Lagueruela desempeñó un papel muy destacado en la formulación de esos arreglos. Se tuvo el cuidado de reproducir lo más exactamente posible la planta del salón y se trató de utilizar maderas semejantes a las ya existentes.

El palacio social del Centro Gallego y el Gran Teatro representaron una inversión que sobrepasó los dos millones de pesos. El 22 de abril de 1915, con la puesta de la ópera Aída, de Verdi, a cargo de una compañía del empresario Bracale, se inauguraba el Gran Teatro Nacional. Tres meses después tenía lugar en el nuevo recinto la primera temporada cinematográfica. En esa ocasión comenzó a funcionar un ventilador absorbente que hacía descender a 20 grados la temperatura de la sala.

Parque Alfredo Zayas

Por el ya desaparecido parque Alfredo Zayas inquiere la lectora Karelia. Se construyó al fondo del Palacio Presidencial, en 1925, a fin de erigir en su espacio la estatua de ese distinguido intelectual y conspirador independentista, cuarto presidente de la República de Cuba. Hoy el antiguo Palacio da albergue al Museo de la Revolución y el Memorial Granma ocupa el área del parque.

La anécdota matiza dicho sitio. Se dice que Zayas no quiso abandonar la primera magistratura sin erigirse un monumento que lo perpetuara para la posteridad. Como el tiempo apremiaba —abandonaría el poder el 20 de mayo de 1925 luego de traspasarlo al general Gerardo Machado— se buscó en el extranjero la estatua de un individuo que se le pareciera. Ya con la estatua en La Habana faltaba solo construir el pedestal donde se erigiría. Eso fue lo que se hizo. Zayas aparecía de pie, cubierto con sus ropas características y la cabeza descubierta. Tenía la mano izquierda dentro del bolsillo de la chaqueta mientras señala el Palacio Presidencial con la mano derecha. Parecía decir: «Lo que tengo aquí, me lo robé de allí».

Zayas inauguró el monumento el mismo día en que abandonaba la presidencia. Era demasiado aquello de erigirse un monumento en vida y, para colmo, inaugurarlo desde el poder. Los estudiantes universitarios, con Julio Antonio Mella a la cabeza, no ocultaban su indignación y quisieron derribarlo antes de que se inaugurara. José Lezama Lima recreó el incidente en su novela Paradiso (1966) y en septiembre de 1970 lo relató en la entrevista que concedió a la revista Alma Máter.

Decía Lezama: «Aquel motín bajaba por la calle San Lázaro, atravesaba el Monumento de los Estudiantes y después se encaminó a Palacio… Pero Zayas era un hombre que en eso tenía su estilo, era un malvado, pero tenía su estilo en eso. Y entonces dejó que la manifestación llegara hasta la estatua. La finalidad que perseguía Mella era echar abajo la estatua; llegó frente a la estatua y tiró una soga con tan buena puntería que la soga encajó en el cuello broncíneo de Alfredo Zayas. Los estudiantes lo coreaban y daban grandes gritos, pero cuando ya aquel enorme muñeco empezó a dar señales de estremecimiento y angustia por la presión de la soga, irrumpió el piquete de la policía dando grandes golpes de palo, pegando reciamente, y entonces hubo una gran corrida y Mella se quedó casi solo. Y al día siguiente apareció Mella en los periódicos de la capital con la cabeza vendada ya que se quedó allí hasta el último momento, la policía le rompió la cabeza y fue para la casa de socorros.

«Eso ha dejado también en mi recuerdo una gran memoria, lo que era Julio Antonio Mella dirigiendo un motín estudiantil… Tenía el sentido de la algarada que se convierte en motín, la insurrección que se alza a revolución y que quema y modifica a los pueblos».

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