Nos vamos a la playa - Lecturas

Nos vamos a la playa

El senador Alfredo Hornedo y Suárez, «el muy ilustre senador Hornedo», como se le llamaba siempre en su periódico El País, llegó a la redacción del rotativo de la calle Reina hecho una furia. Acababa de enterarse de que le habían negado la entrada al Habana Yacht Club. Concesionario del Mercado Único de La Habana, propietario de tres periódicos y en camino de construir el que sería en su momento el teatro más grande del mundo —Blanquita, hoy Karl Marx—, el audaz inversionista no podía creer que aquello le estuviera sucediendo a él. Dinero tenía suficiente para ser admitido en esa instalación, pero aquella sociedad ranciamente intolerante no le perdonaba, pese a su fortuna y  posición política, el color de su piel. Hornedo era mulato, y el Habana Yacht Club le echaba «bola negra», como por la misma época se la echaba también al coronel  Fulgencio Batista, entonces jefe del Ejército.

Molesto, agobiado por la humillación, Hornedo hizo llamar a su despacho a Pablo Álvarez de Caña, cronista social de El País, y luego de contarle lo sucedido, le advirtió:

—Óigame bien, Pablito, óigame… a partir de ahora no me vuelva a mencionar al Habana Yacht Club en su columna. Ni una palabra…

El cronista no pudo contener los pucheros ni disimularlos. Privarlo de mencionar el HYC era matarlo. No solo él era socio de la exclusiva instalación, sino que de allí salían los chismes más jugosos que rodaban luego, de boca en boca,  por La Habana elegante. Intentó una defensa.

—No es para tanto, señor Hornedo, no es para tanto.

Hornedo insistió en la negativa de que había sido objeto y no entraba en razones. Pablo volvió a la carga.

—No quiero creer que usted se vaya a comparar con aquella gente que pierde su tiempo y tira su dinero. Usted es un hombre de trabajo, senador, un hombre hecho por sí mismo… Está muy por encima de esa gente. Con su fortuna y a punto de acceder a la presidencia del Partido Liberal, ¿qué le puede importar entrar o no en el Habana Yacht Club?

Las palabras de Álvarez de Caña hicieron que Hornedo recapitulara en un instante toda su vida. Cierto que se hizo a sí mismo. Fue cochero y antes zapateó La Habana para vender naranjas en una carretilla. Era cochero cuando conoció a Blanquita Maruri, blanca y de buena familia. Verdad es que él se benefició con la posición de los Maruri, pero ¿por cuántas veces, a partir de entonces, multiplicó el patrimonio original? Hornedo pareció calmarse.

—Tiene usted razón, Pablo, toda la razón. Ser socio del Yacht Club es para mí algo totalmente insignificante. Yo solo quería que mi esposa, que está tan enferma, disfrutara de una buena playa.

—¡Amigo mío!, esa playa que ansía para doña Blanquita, usted mismo puede construírsela.

Hornedo saltó en su asiento y todos los pulsos, dijes, leontina, cadenas y medallas con que solía ataviarse tintinearon a la  vez.

—¡Claro que puedo fabricársela! ¡Cómo no se me ocurrió antes!

—Se le ocurrió, senador, se le ocurrió   —comentó Álvarez de Caña, camaján de camajanes—, lo que sucede es que está usted tan ofuscado que apenas ha podido ordenar sus ideas.

Dicho y hecho. Hornedo construyó el Casino Deportivo. O mejor, dos instalaciones con el mismo nombre. El Casino Deportivo de verano, en la costa, y el Casino Deportivo de invierno, en la barriada de El Cerro. Pero tampoco permitió el acceso a negros ni mulatos.

El litoral del oeste

Ahora que estamos en verano, ¿por qué no darnos una vuelta por los balnearios del litoral del oeste? Era el Casino Deportivo   —actual Círculo Social Cristino Naranjo— el balneario que, más allá de la desembocadura del río Almendares, daba inicio a esos clubes. Se inauguró en 1935 y era el preferido de la pequeña, pero poderosa comunidad hebrea habanera.

Seguía a continuación el Club de Ferreteros, actual Círculo Social Obrero Armando Mestre. A continuación,  otros tres balnearios, uno junto al otro: Club de Profesionales (Escuela de Natación Marcelo Salado), Balneario Universitario y el hotel Copacabana Yacht Club, que, al igual que el hotel Comodoro Yacht Club, situado más al oeste, abría sus piscinas e instalaciones a los socios.

Más adelante se encontraba el Miramar Yacht Club, después CSO Patricio Lumumba y hoy Casa Central de las FAR. La edificación actual data de comienzos de la década de los 50 y sustituyó a un interesante palacete de madera.

Aparecía después el Cubanaleco, de los trabajadores de la Compañía Cubana de Electricidad. Había sido el Swimming Club y lo adquirió el Cubanaleco cuando vendió sus instalaciones originales en el Vedado para la construcción del edificio Focsa. Este club es hoy el CSO Otto Parellada. Le seguía el balneario  Hijas de Galicia  (CSO José Luis Tassende) para la colonia —hombres y mujeres— de esa región española. .

A continuación comenzaba la Playa de Marianao propiamente dicha, entre las dos rotondas de la Quinta Avenida, en las calles 112 y 120.

Ya en Playa, aparecía primero el Círculo Militar y Naval, para oficiales de las Fuerzas Armadas. Ya en la Revolución fue Casa Central de las FAR y hoy es el CSO Gerardo Abreu Fontán. Seguía el balneario de La Concha (CSO Braulio Coroneaux), del que se hablará más adelante. Seguía a La Concha el Habana Yacht Club (CSO Julio Antonio Mella). Su arquitectura denota un estilo ecléctico afrancesado, rematado con mansardas. Fue fundado en 1886 y era el principal reducto del viejo patriciado criollo. En 1958, la única vía de acceso para nuevos socios era a través del matrimonio.

Después, el Casino Español de La Habana (CSO José Ramón Rodríguez) y finalmente el Club Náutico (CSO Félix Elmuza), una península parcialmente robada al mar justo en la desembocadura del río Quibú. Los propietarios e inquilinos del reparto Náutico, de clase media baja, eran automáticamente asociados al club.

Más al sur, separado de la costa por las casas autoconstruidas de los barrios del Romerillo y el Palo Cagado, estaba el Country Club de La Habana; el club y el reparto, que se llamaba Country Club Park. El club es la sede del Instituto Superior de Arte.

Mucho más separado del conjunto anterior, hacia el oeste, estaba el Havana Biltmore Yacht and Country Club. Se construyó en 1928 y su edificio principal sobresale por el componente clásico de su estilo, insertado en un código ecléctico. Fue sede de la ESPA tras el triunfo de la Revolución, hasta que en 1999 el edificio volvió a su condición original con el nombre de Club Habana.

Más al oeste, en Jaimanitas, estaba el club Cabo Parrado (actual Los Marinos) para cabos y sargentos que no tenían acceso al Círculo Militar, que era solo para oficiales. Muy cerca de esa instalación se encuentra el CSO Marcelo Salado, construido en 1958, pero que se inauguró después del triunfo de la Revolución. Y entre ambos estaba el balneario infantil La Playita, ya desactivado. La hilera de clubes a lo largo del litoral del municipio de Playa se cierra en Santa Fe con el Alamar Club (CSO Jorge Sánchez Villar). Pero solo en la provincia de La Habana —no se olviden las playas del Este— existieron 39 clubes que contenían las denominaciones de yacht y náutico, afirma el investigador Maikel Fariñas.  De incluirse otras denominaciones como marítima, navales u otras, el número sería mucho mayor.

Balneario infantil

El Vedado Tenis Club (Círculo Social José Antonio Echeverría)  no estaba situado en el litoral oeste. Se fundó en 1902 y tuvo su primera sede muy cerca de su emplazamiento actual. Cuando el Malecón se amplió hasta la desembocadura del Almendares, el Tenis perdió su salida al mar. Durante un tiempo estuvo a la par del Habana Yacht Club, pero la falta de playa mermó su membresía, y su prestigio descendió cuando adoptó como política la admisión de jóvenes con condiciones para el deporte, aunque no contaran con fortuna ni apellidos. Con la ampliación del Malecón desapareció el Balneario Infantil, instalación gratuita auspiciada por el Ayuntamiento habanero. Se conserva su casa club. Es el actual Castillito.

Con su curiosa arquitectura seudomudéjar, La Concha era un balneario sin asociados fijos. Era el único al que se accedía mediante el pago de la entrada y el único que daba acceso a negros y mulatos. Pese a su carácter popular, La Concha estaba asimismo en la preferencia de diplomáticos y dignatarios extranjeros de paso por La Habana y en la de gente de todas las categorías sociales. Se trataba de un balneario muy bien equipado. Anuncios de los años 20 aluden a sus canchas de hand ball. Al court de tenis. Sus áreas de volley ball. El trampolín. El espacio destinado a la fisioterapia y sus servicios médicos especializados. El solárium. Excelente resultaba su restaurante y en sus bares se popularizó el mojito, uno de los diez cocteles cubanos emblemáticos.

La Concha se inauguró el 24 de junio de 1922.  Sus constructores y propietarios fueron los empresarios agrupados en el llamado bufete de las Tres C: Carlos Miguel de Céspedes, José Manuel Cortina y Carlos Manuel de la Cruz. Ese grupo construiría y operaría también el Casino Nacional, en el Country Club, autorizado para todo tipo de juego de apuestas, legalizados por la Ley de Turismo de 1919. Maniobrarían además el hipódromo Oriental Park, de Marianao. Más adelante, el Casino Nacional, La Concha y el American Jockey Club formaron un complejo de instalaciones bajo la razón social del Sindicato Nacional Cubano, que controló y presidió el norteamericano John Mc Entee Bowman, propietario del hotel Sevilla y de la cadena de hoteles Bowman Baltimore.

En mayo de  1937 se inauguraba el Club Náutico. En esa misma fecha su directiva organizó un concurso de belleza. La muchacha ganadora (Miss Náutico) recibía como premio un viaje a EE.UU. para ella y una chaperona. Era uno de los balnearios más económicos, con su cuota de seis pesos mensuales, cantidad que cubría el alquiler de la taquilla para la ropa y otras pertenencias personales. Era, sin embargo, uno de los preferidos entre los jóvenes que hacían vida social. Sus tés bailables dominicales, con la actuación de las mejores orquestas, eran tan gustados que, de no tener alguien que los invitara, los muchachos más adinerados y miembros por tanto de los clubes más exclusivos, se colaban en el Náutico para disfrutarlos. A mediados de los años 50 del siglo pasado se construyó para la casa social de este balneario un nuevo edificio, que es punto de referencia para la arquitectura moderna en Cuba.

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