El diablo de La Habana

Hay una estatua del Diablo en La Habana. La capital de la Isla es una de las pocas ciudades del mundo donde se emplazó un monumento a Satanás, el llamado Rey de las Tinieblas.

Su autor fue el italiano Salvatore Buemi. La escultura en bronce se ubica en un patio interior del Capitolio. Es de tamaño menor al de la media humana y llama la atención de los especialistas porque la figura, lejos de dar muestras de humillación ante el castigo, con las que a veces suele representarse, luce  desafiante y prepotente. Con un puño levantado hacia el cielo, mientras se toca el pecho con la mano contraria, el Diablo de La Habana parece haber sido atrapado en el momento en que, erguido y altanero, se rebela contra el poder divino y reclama su pretendido derecho a suplantar a Dios.

Lucifer —del latín, portador de luz— el más bello de los ángeles, se convirtió en Satanás al rebelarse contra la divinidad. Esto es, el Diablo. Satanás es un nombre hebreo que significa perseguidor o adversario, en tanto que Diablo proviene del griego y significa calumniador.

Según la tradición cristiana, Satanás es el jefe de los ángeles que, antes de la creación del hombre, se rebelaron contra Dios por soberbia y envidia, y fueron precipitados al infierno.

Personifica al mal y se le llama también el Gran Enemigo de Dios, el Tentador, el Príncipe de las Tinieblas, el Malo. En el Nuevo Testamento se le llama además Belcebú, el Maligno… Mucho después, Tertuliano lo llamó el Mono de Dios. Por haber sido sacado del cielo y condenado al infierno, se le llama asimismo el Ángel Caído.

Precisamente ese es el título que dio Salvatore Buemi a su escultura, y algunos la vieron como el símbolo de la discordia y la controversia.

Aparece ferrara

No ha podido el escribidor hallar mucha información sobre ella, y algunos de los datos disponibles resultan contradictorios. Se dice que Buemi, en 1910, obsequió su obra a Orestes Ferrara, que presidía entonces la Cámara de Representantes, en aquella época situada en la calle Oficios esquina a Churruca, donde después estuvo el Ministerio de Educación, que permaneció allí hasta después de 1959, y ahora se halla el Salón de la Ciudad. La pieza se emplazaría en el Capitolio en 1931, dos años después de su inauguración y cuando el avieso político de origen italiano, que había ganado en la Guerra de Independencia las estrellas de Coronel, era embajador de la dictadura de Gerardo Machado en Washington.

Lamentablemente, nada dice Ferrara acerca de Buemi en sus acuciosas y prolijas memorias —más de 500 páginas—,  publicadas en Madrid a mediados de los años 70 del siglo pasado.

¿Dónde estuvo El ángel caído, de Buemi, durante los 21 años que median desde que Ferrara lo recibe en obsequio y su ubicación en el Capitolio?  Misterio. No hay constancia de que hubiera estado emplazado en el edificio de la vieja Cámara de Representantes, y algunas fuentes le atribuyen un largo y no confirmado peregrinar por instituciones públicas que no demoraban en rechazarlo.

Quizá Ferrara conservara  la escultura en su domicilio  de entonces, en la calle 27 esquina a M, en el Vedado —frente a la residencia de Machado— donde vivió antes de que hiciera edificar el espléndido palacete de San Miguel y Ronda, al costado de la Universidad habanera. Se desconoce igualmente si Ferrara recibió el regalo en Italia o en La Habana.

De cualquier manera, El ángel caído es la escultura menos mentada y menos vista de todas las que se erigen en el Palacio de las Leyes.

La zafra de los italianos

Dice la historiadora Marial Iglesias que con la República se abre, en 1902, una etapa de institucionalización de la memoria histórica. Precisa que uno de los ejes centrales del proceso de legitimación de las nuevas elites políticas en el poder fue la construcción de una épica nacional sin manchas ni contradicciones. Es en ese empeño de corte nacionalista, afirma el investigador Arturo Pedroso, que se erigen monumentos a no pocas figuras de la independencia.

Durante las tres décadas iniciales del siglo XX, escultores italianos harán zafra en Cuba. Aunque el monumento a José Martí en el Parque Central —el primero que se erige en homenaje al Apóstol— es obra del artista cubano José Vilalta Saavedra, y la imagen del Alma Máter, en la Universidad habanera, es creación del checo Mario Korbel, serán sobre todo italianos los autores de no pocos monumentos que en esos años se emplazan en la capital cubana.

Así, Carlo Nicoli es el autor de la estatua de Miguel de Cervantes en el parque de San Juan de Dios. Domenico Boni lo es de la de Antonio Maceo en el parque que lleva su nombre. Un monumento que ya no existe, el del presidente Alfredo Zayas, erigido en el espacio que ocupa el Memorial Granma, pertenece al italiano Vanetti, y el de Emilia de Córdova, en la Víbora, a Ettore Salvatori. La Estatua de la República, una de las esculturas más altas bajo techo en el mundo, es obra de Angelo Zanelli, autor asimismo de otras importantes creaciones que se exhiben en el Capitolio. El nombre de Giovanni Nicolini se repite por lo menos tres veces. Fruto de su talento son los monumentos a Tomás Estrada Palma, en G y Quinta, en el Vedado, y en cuyo pedestal quedan solo los zapatos de la imagen del mandatario; el del mayor general espirituano Alejandro Rodríguez, en la intersección de Línea y Paseo, y el fastuoso monumento al mayor general José Miguel Gómez, segundo presidente de Cuba, en la calle G entre 27 y 29, también en el Vedado. De Aldo Gamba, otro italiano, es la imagen ecuestre del generalísimo Máximo Gómez en su monumento de la Avenida del Puerto.

Gamba es asimismo el autor de una escultura superconocida, emblemática de la noche habanera. Se trata de la llamada Fuente de las Musas, emplazada en la entrada del cabaré Tropicana. Su nombre es La Danza de las Horas y es una obra verdaderamente monumental en la que ocho bailarinas, completamente desnudas, danzan, con gracia y delicadeza, sobre el borde de una fuente. Estuvo situada, como el símbolo del juego de azar en Cuba, en el exterior del Casino Nacional, en la esquina de las calles 11 y 120, en el antiguo reparto Country Club, hoy Cubanacán. El Casino Nacional, que ocupaba un bello caserón de madera, desapareció en los años 40. En 1953, Martín Fox, propietario de Tropicana, adquirió La Fuente de las Horas. Pagó por ella 10 000 pesos y, desde entonces, con el nombre de La Fuente de las Musas, sirve de símbolo al afamado cabaré de la barriada habanera de Marianao.

Buemi se suma a ese grupo de artistas. Nació en Palermo, Sicilia, en 1860, y murió en 1916. Participó en el concurso para el monumento a Antonio Maceo y es autor de la estatua de José Martí que se erige en el Parque de Libertad, en la ciudad de Matanzas, y de la del mayor general Ignacio Agramonte, en la plaza camagüeyana de igual nombre.

La primera, de 21 pies de alto sobre su pedestal, surgió a impulso del médico matancero Ramón Luis Miranda, quien a su paso por Roma tuvo la idea de rendir así homenaje al Apóstol de la Independencia. Con ese fin se entrevistó con Buemi que de inmediato acometió un boceto en barro que perfeccionaría oportunamente. La iniciativa de Miranda gozó de la simpatía de Isidoro Ojeda, alcalde municipal, y la favorable acogida del ayuntamiento, que la incluyó en el presupuesto, aunque la mayor parte de los 26 000 pesos de la inversión se allegaron por cuestación popular para hacer realidad el propósito en 1909.

En Camagüey, desde los días de la Independencia, existía la intención de levantar un monumento a Agramonte. Pero no había dinero. Lo recaudaría la Sociedad Popular, centavo a centavo, en toda la Isla. Para la imagen del Mayor, el artista se basó en una selecta iconografía y en testimonios de sus contemporáneos. Se previó su inauguración para el 20 de mayo de 1911, pero hubo que posponerla para el 24 de febrero del año siguiente. Ese día, a las diez de la mañana, la banda de música del Cuartel General, bajo la dirección de José Martín Varona, interpretó el Himno Nacional y seguidamente Amalia Simoni, viuda de Agramonte, retiró la bandera que cubría el monumento. Dijo: «He tenido en los últimos tiempos dos momentos felices. Uno, cuando se izó la bandera cubana por primera vez al constituirse la República, y el otro es ahora, con este homenaje a Ignacio».

El poder brutal

Existe una escultura del Diablo en el Capitolio de Oklahoma. También en Bangkok y en Tokio.

El más conocido de todos es el Monumento al Ángel Caído, del español Ricardo Beliver (1845-1924), emplazado en el Parque del Retiro, de Madrid,  luego de haberse exhibido en la Exposición Universal de París, en 1889.

Muy vista es la cara del Diablo labrada en la roca viva, a cinco kilómetros del poblado de Tandapi, en Ecuador. Tiene 20 metros de alto y se alza a 30 metros del suelo. Sobresale por su tamaño y se impone en el itinerario terrestre Guayaquil-Quito, y viceversa. Dos cuernos salen de su frente. La nariz es puntiaguda y su boca se contrae hasta dejar los colmillos al descubierto. En su base se lee: El poder brutal.

En Santa Cruz de Tenerife un monumento confunde a los que lo han visto desde su inauguración, el 17 de marzo de 1966. Representa a un pájaro que vuela con las alas extendidas, mientras sostiene a un hombre que se yergue sobre él de pie y lleva la espada con la punta hacia abajo.

Se le ha conocido de diversas maneras. Se le ha llamado Monumento a Su Excelencia el Jefe del Estado, Monumento conmemorativo a la paz, Monumento a la victoria… En verdad es eso. Un homenaje al generalísimo Francisco Franco, solo que Franco murió y las autoridades de Tenerife, para salvar la obra, empezaron a llamarla Monumento al Ángel Caído.

Entre esas esculturas al Diablo, está la del Capitolio de La Habana. No es la más conocida. Pero erguida y desafiante se afianza en su rebeldía. Más que un ángel caído es un ángel rebelde.

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