Los que soñamos por la oreja

¡Fuera de liga!

«El violín es uno de los instrumentos musicales más finos y delicados que existe, durante toda mi vida este instrumento me ha transformado mis debilidades y emociones. Me ha llenado de esencia estética e ilustrado mis más altos valores y actitudes ante la música y ante mí misma. Esta es la razón por la cual amo el violín —y amar significa vivir».

Quien así se ha expresado es la extraordinaria artista checa Iva Bittová, quien se presentase en La Habana el pasado martes 21 de marzo. No tengo la menor duda en catalogar a esta creadora como alguien de un talento descomunal, cosa que pudimos comprobar los asistentes a su reciente concierto en la Casa Víctor Hugo, grata institución cultural ubicada en La Habana Vieja y a la que (confieso) nunca antes había concurrido.

Nacida en Moravia del Norte el 22 de julio de 1958, Iva Bittová se dio a conocer como actriz de teatro, cine y televisión, aunque desde niña recibió formación musical como ejecutante del violín, instrumento del que devino una virtuosa intérprete. El gran público de su país la descubrió como instrumentista allá por 1987, cuando ella conformó un singular dúo con su esposo, el percusionista Pavel Fajt, trabajo inscrito dentro de una suerte de minimalismo alternativo y que, según la crítica especializada, contenía elementos de música eslava, gitana y judía.

Es interesante acotar que a Iva Bittová se le suele ver como parte de una escena rock checa en la que se incluyen artistas de corte propositivo como Rudolf Dasek, The Plastic People Of The Universe, Combo FH y el notable Martin Kratochvil. Ello guarda relación con el hecho de que en el decenio de los 80, Iva fue miembro de una agrupación denominada Dunaj, banda que —a pesar de haber grabado solo dos discos— dejó una profunda huella en el país centroeuropeo en virtud de la sabia integración que realizaron entre el punk, el jazz y el folclor checo. Empero, concebir a la Bittová únicamente desde semejante perspectiva es formular un enfoque reduccionista de su quehacer, porque lo cierto es que su propuesta resulta inclasificable y no encaja en las categorías al uso por el mercado.

Lo anterior lo pudimos comprobar quienes disfrutamos de su formidable presentación en la Casa Víctor Hugo, donde se hizo acompañar por su hijo, el pianista, tecladista y compositor Antonin Fajt. En la función, llevada a cabo como parte de las actividades de la Temporada de Conciertos 2017 del Laboratorio Nacional de Música Electroacústica (institución dirigida por Enmanuel Blanco), el repertorio abordado estuvo basado fundamentalmente en improvisaciones y nuevos arreglos de canciones folclóricas checas, eslovacas y húngaras, junto a composiciones originales, standards de jazz y variaciones de obras clásicas contemporáneas. Así, en la actuación de madre e hijo se conseguía el sueño de un lenguaje sonoro que rompe con las fronteras entre la música popular y la académica.

En su presentación habanera, caracterizada por un excelente sonido a cargo de los ingenieros David Cook y Miguel Antonio, condición imprescindible para la clase de propuesta de la función, si bien Iva se desempeñó como violinista y enseñó sus credenciales como ejecutante de dicho instrumento, sobre todo en los pasajes en forma de pizzicatos, el protagonismo se lo otorgó a la voz. En tal sentido, a ella no se le puede considerar llanamente como una cantante sino que es alguien que emplea las posibilidades vocales que posee de una manera nada convencional. De tal suerte, la Bittová utilizó en su reciente concierto, por igual, tanto recursos procedentes del universo operático, como la simple emisión de sonidos, melismas, chillidos, susurros, chasquidos de la lengua, cambios de tonalidad, diversos tipos de escalas…, en lo que constituyó una genial clase de la técnica de manipulación vocal.

Función poco promocionada, estoy seguro de que permanecerá en el recuerdo de quienes asistimos como algo (al decir popular) ¡fuera de liga! y que permitió corroborar lo expresado por Humberto Manduley en un texto suyo publicado en El Caimán Barbudo hace unos años y donde se afirma:

«Incluir a Iva Bittová en alguna de las múltiples categorías del rock es no hacerle justicia, incluso si tomamos en cuenta la comprobada heterogeneidad de tal rótulo. Circunscribirla a la música étnica es apreciar solo una de sus múltiples fuentes nutritivas. Asociarla al clasicismo contemporáneo tampoco la define, pues elude la raíz transgresora presente en su arte. Su intención no pienso que sea moverse a ultranza en todas direcciones a la vez, sino interiorizar motivaciones e imaginación sonora, para transmitirlos por los medios a su alcance. Probablemente toda su obra sea como un gran escenario donde se van desgranando fragmentos de su personalidad. Sonidos para ser vistos, cual vibraciones de luz; gestos invisibles que pugnan por ser escuchados».

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