Guillermo Cabrera Álvarez

La tecla del duende

Sillas

Uska Blanco limpiaba su casa con la puerta abierta. Las sillas del comedor esperaban, atravesadas en el pasillo, a que todo estuviera seco para entrar. Crucé el espacio tarareando: «En el borde del camino hay una silla / la rapiña merodea aquel lugar. / La casaca del amigo está tendida / el amigo no se sienta a descansar...» y ella desde la cocina, trapeador en mano: «...Pero vale la canción buena tormenta / y la compañía vale soledad / siempre vale la agonía de la prisa /aunque se llene de sillas la verdad».

Resultó que Historia de las sillas, es tema preferido de mi amiga, y el autor uno de los poetas que más ha influido en su manera de escribir. «Alguna vez la Facultad de Artes y Letras estudiará al poeta Silvio y será imprescindible dentro del programa de estudios», auguró la escritora de Todo el tiempo de los cedros.

Y esto de las sillas me llevó por vericuetos en que suelo enredarme. Pensé en Las doce sillas, el clásico ruso escrito por Eugeni P. Katáev e Ilia A. Fainzilberg, y mucho más en la versión cubanísima hecha por Titón.

Por alguna curva recordé la técnica terapéutica de «la silla vacía», creada por Peral, y por ahí a mi amigo César, el psiquiatra, quien la empleó con éxito.

Mirar sillas vacías es un ejercicio singular. No pocas veces ordeno las ocho que se encuentran en el portal de mi trabajo. Están ahí, tal como fueron abandonadas, agrupadas o dispersas. Puedo comprender quién la ocupaba, si estudiaba o charlaba, pues retienen el alma de quienes se sentaron. A veces encuentro alguna solitaria. ¿Esperaba o soñaba su ocupante? ¿Queda en la silla abandonada el rastro de quien la ocupó? ¿Alguien me ha esperado allí?

Víctor Hugo, ese grande, tiene un poema que me gusta, acerca del amor de un niño por una adolescente, donde la silla tiene un papel protagónico; leamos:

Yo tenía doce años; dieciséis ella al menos. / Alguien que era mayor cuando yo era pequeño. / Al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas, /esperaba el momento en que se iba su madre; /luego con una silla me acercaba a su silla, /al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas.

¡Cuánta flor la de aquellas primaveras marchitas, /cuánta hoguera sin fuego, cuánta tumba cerrada!/ ¿Quién se acuerda de aquellos corazones de antaño?/ ¿Quién se acuerda de rosas florecidas ayer?/ Yo sé que ella me amaba. Yo la amaba también. /Fuimos dos niños puros, dos perfumes, dos luces.

GRAFFITI

Frank Yuniel G.A: Para que todos sepan que eres tú y Yanira para que tú sepas que te amo. Besos de tu nene

Neye: En mi vida, eres la estrella guía. Zequi

Chini: Auque sea a escondidas, no digas que me quitas tu amor, porque me quitas la vida. Tu Lalita

Mi chócolo: No dejes que el rencor y los prejuicios pongan límites al amor. Tu burrita

Regalo de jueves

De cualquier modo que se llame tu espina, acéptala, es una compañera de la rosa. Andrés Neuman

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