La tecla del duende

Magdaleno

Hay seres condenados a la originalidad, al toque irrepetible entre su gente. Van llenando un espacio de afectos día a día y cuando faltan por cualquier motivo, uno sabe que algo no anda bien.

Hoy quiero hablar de uno de ellos: tercer bate en la alineación anónima de JR. Nunca ha firmado un trabajo, diseñado una plana o capturado un instante fotográfico, pero lleva más de un cuarto de siglo conduciendo por las calles del país los afanes del diario.

Cuando el bullicio de muchos centros de trabajo cesa y comienza a armarse la fábrica de contar historias que son los periódicos, en nuestra redacción entra un flaco veterano, desgarbado y sonriente a hacer su turno en la piquera.

«¿Y qué hay Ronquillo?». «Dime Albita, ¿y tu familia?». «¿Qué hay, Martica? ¿Habrá pollo esta noche…?». Así llega Acosta, como una ráfaga de camaraderil chismografía, y va, departamento por departamento, saludando, enterándose de las últimas noticias de quienes hacen noticias y contagiando con un raro optimismo.

Después arranca —junto a los demás choferes— a despachar viajes a diestra y siniestra, a organizar itinerarios. Y cualquiera que se duerma un poco, termina hasta recorriendo con él media ciudad, mientras va dejando en sus casas a los trabajadores.

No hay policías, custodios, o amas de casa desveladas que Acosta no salude en esos recorridos, y hasta les regala las nuevas del día que nacen con el periódico aún caliente de la imprenta.

Dice un amigo mío que los perros en el barrio de Acosta lo esperan también cada madrugada, porque siempre les guarda un hueso, un pedazo de pan, algo para mejorar las durezas de su «perra» vida.

Salvo en los casos en que ande muy abatido —cosa que no recuerdo— un viaje con él es una tertulia interminable. A los que vea enamorados, los «empata». Si a Pedro le puede contar una aventura de Juana, no pierde el chance. Después lo hace a la inversa y termina convenciéndolos a ambos de que la existencia de los periodistas sin estos motes y chismecitos no tiene el mismo sabor.

Desde hace unos días, Acosta descansa en su casa, al cuidado de su esposa Carmita, esperando para operarse. Y de verdad que las noches del periódico han perdido algo de encanto. Hay como un cosquilleo por que salga rápido de la intervención y vuelva a llamarnos con el último nombrete que imagine, a montar una ocurrente pelea por cualquier motivo, o a narrar en las peores jornadas sus delirios y aventuras de cuando era jovenzuelo.

Por cierto, como Acosta es especialista en poner calificativos extraños, decidí titular estas líneas con su verdadero primer nombre: Magdaleno. Tenía que ser, ¿no?

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Mi cervezariano: En mis labios está la cerveza que dará vida a tu verano. Te amo. Tu cristalita

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Vivir no es solo existir,/ sino existir y crear,/ saber gozar y sufrir/ y no dormir sin soñar... Gregorio Marañón

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