La tecla del duende

Vigía

Julio tiene en su última página la señal de un aviador que debe andar en el asteroide B-612, protegiendo a la rosa más bella del mundo. El 31 de este caluroso mes partió definitivamente el gran Antoine de Saint Exupery, piloto de amor y de guerra. De su libro Vuelo Nocturno son estas letras.

«Todo lo que cubría una vida humana, centelleaba ya. Fabien se admiraba de que la entrada en la noche se hiciera esta vez como la entrada en una rada, lenta y hermosa.

«Metió la cabeza en la cabina: el radium de las agujas empezaba a brillar. Una tras otra, el piloto verificó las cifras; todo marchaba bien. Se sentía sólidamente instalado en el cielo. Rozó con el dedo un travesaño de acero y sintió correr la vida por el metal; este no vibraba, sino que vivía. (...) «Luego, tanteando, colocó en su lugar la lámpara de auxilio, la dejó, volvió a tomarla, se aseguró de que no resbalaría, la tomó nuevamente para revisar cada manecilla a fin de poder alcanzarlas al primer intento, ejercitando sus dedos en un mundo sin ojos. Después, cuando sus dedos conocían ya ese mundo, se permitió encender la lámpara para adornar su cabina con los instrumentos de precisión y observó en los cuadrantes su entrada en la noche como una zambullida. Luego, como nada vacilaba, ni vibraba, ni temblaba, y como su giroscopio, su altímetro y las revoluciones del motor se mantenían fijos, se estiró un poco, apoyó la nuca en el cuero del asiento y comenzó esa profunda meditación de los vuelos, en que se saborea una experanza inexplicable.

«Y ahora, como un vigía en el centro de la noche, descubre lo que la noche muestra al hombre: esos llamados, esas luces, esta inquietud. Esa sencilla estrella en medio de la sombra: una casita aislada. Otra se extingue: es una casa que se cierra sobre su propio amor.

«O sobre su propio hastío. Es una casa que deja de hacer su señal al resto del mundo. Esos campesinos acodados a la mesa delante de la lámpara, no saben lo que esperan; no saben que su deseo llega tan lejos, en la gran noche que lo cubre. Pero Fabien lo sabe, después de haber recorrido mil kilómetros y sentido las profundas oleadas levantando y abatiendo el avión, que respira; después de haber atravesado diez tormentas, como países en guerra, con claros de luna entre sí; al ganar esas luces, una tras otra, con la sensación de haber vencido. Esos hombres creen que su lámpara brilla para alumbrar la humilde mesa, pero a ochenta kilómetros de ellos uno ya se siente conmovido por el llamado de esa luz, como si la balancearan desesperadamente desde una isla desierta, frente al mar».

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