Escuela vocacional modelo de Cuba cumple cuatro décadas

En la Escuela Vocacional de Vento, modelo pedagógico revolucionario para la enseñanza cubana, cuyo precursor fue Fidel, sus fundadores se reunieron para compartir recuerdos

Autor:

Juventud Rebelde

«...De manera que surgió la idea de organizar una escuela, es decir, una escuela de un tipo determinado, una escuela de distintos niveles, de distintas actividades científicas y técnicas, de distintas materias, donde se ensayen métodos de enseñanza nuevos, donde se promueva el espíritu de investigación. Una escuela que pueda servir de modelo de lo que deberá ser en el futuro la escuela en nuestra patria. Y conceder el derecho a recibir una beca en esa escuela a todos los jóvenes y niños que participaron en los círculos de interés científico-técnicos, a todos los monitores que están aquí presentes y a todos los que participaron en el concurso».

Fidel, 17 de septiembre de 1966

Fidel anunció la creación de la nueva escuela en la clausura del Encuentro Nacional de Concursos y Círculos de Interés Científico Técnico en septiembre de 1966 Llegamos una madrugada fría y con chocolate caliente y ahumado nos recibió Pichichi, el cocinero que a partir de ese momento se convertiría en salvador y pesadilla...

Quedaban atrás 14 horas de viaje en las añejas guaguas grises con asientos de «palo» del Plan de Becas. Medio dormidos arribamos a un paraje que, de repente y en la oscuridad, se pareció más al bosque del cuento de Caperucita que a La Habana de edificios altos y avenidas aterradoras descritas con severas advertencias por mis padres y abuela al despedirme en Holguín.

Allí encontré a un numeroso grupo de niños y adolescentes. Todos teníamos en común maletas de madera o cartón donde más que ropa y latas de leche condesada hechas «fanguito», venían, simbólicamente atesorados, consejos familiares, sueños por hacer realidad y muchas interrogantes.

Todo había empezado semanas atrás, el 17 de septiembre de 1966, en el teatro Chaplin (hoy Karl Marx), cuando el Comandante en Jefe, en el discurso con que clausuró los encuentros nacionales de monitores, por materias y círculos de interés científico-técnicos, nos prometió la nueva escuela. Al poco tiempo llegó el telegrama con la fecha de presentación para la beca.

En noviembre comenzaría la gran aventura de unos 500 muchachos y muchachas de todo el país. Nacía la Escuela Vocacional de Vento en lo que hasta ese momento fuera la Escuela de Administradores del Ministerio de Industrias (fundada por el Che), contigua a la Fuente de Vento del Acueducto de La Habana.

¡ÉRAMOS TAN JÓVENES!

En el aniversario 40 nos volvimos a encontrar en ese lugar fundacional. Nos mirábamos buscando los rostros dibujados para siempre en la memoria. Muchos nos reconstruimos gracias al mapa de los afectos, buscando en cada gesto, en la sonrisa, en la mirada, en el brillo de los ojos al compañero entrañable, hasta que brotaba desde la emoción y la duda «¿Tú eres...?», y sobrevenía ya en la certidumbre el abrazo intenso, el beso, la risa, las lágrimas.

De la mano de los recuerdos volvimos a tejer nuestras historias.

La Sierra Maestra fue el bautismo. Allí laboramos por encomienda de Fidel como trabajadores sociales y recibíamos clases bajo una inmensa aula verde y, al final, ascendimos el Turquino. Así, la geografía cubana se fue convirtiendo con el plan la Escuela al Campo y mediante los círculos de interés científico-técnicos, en escenario donde combinamos docencia, trabajo e investigación.

En nuestros grupos de 20 alumnos practicamos la disciplina consciente a partir del ejercicio de la crítica y la autocrítica; se experimentaron programas educativos como las primeras teleclases y otras fórmulas que elevaron la calidad de la enseñanza.

La integralidad exigió la práctica sistemática del deporte y la cultura con resultados concretos. Había que saber nadar y jugar ajedrez, como estar al tanto de la mejor literatura y el cine. Vietnam y la epopeya del Che nos definieron el derrotero de la solidaridad.

Siempre buscamos tiempo para oír a Silvio y emocionarnos al cantar «...la era está pariendo un corazón». O disfrutábamos Proud Mary, del Creedence Clearwater Revival, diciéndole a la bibliotecaria, como patente de corso, que era una tarea del teacher, explicación que ella aceptaba con cómplice picardía.

Sazonaron la intensa vida de becados travesuras y desaguisados como aquel en que tras el silencio para dormir, comenzó a sonar una batidora a cuyo vaso fue a parar, en medio de la oscuridad, un pote de mayonesa, confundido con uno de leche. El batido de platanitos se convirtió en un severo purgante para los «pilones» que encontraron deliciosa la rara alquimia culinaria.

AGRADECIMIENTO POR SIEMPRE

Aquellos muchachos y muchachas optaron por carreras universitarias priorizadas y dijeron presente ante cada llamado de la Patria. Desde el anonimato cotidiano o la notoriedad pública de su quehacer se han convertido en profesionales, académicos, científicos, intelectuales, artistas, altos funcionarios del Gobierno, jefes militares, dirigentes partidistas, entrenadores de glorias deportivas. En fin, mujeres y hombres de la Revolución.

Si hoy llegamos hasta aquí fue por el evangelio de aquel colectivo pedagógico ejemplar que nos educó y formó desde el ejemplo personal y la estatura académica. Muchísimos nombres queridos harían una larga lista, baste entonces recordar, in memoriam, a Chávez, el destacado director; a Cuca, nuestra querida «madre superiora», subdirectora de albergue, y a Clementina, toda paciencia y ternura, encargada de llevarnos al médico, quien de solo mirarnos, diagnosticaba la enfermedad.

A Fidel le debemos la idea y la obra. Él siguió nuestros pasos hasta convertirse muchas veces en uno de nosotros, como cuando nos visitó en la Sierra, o en sus asiduas visitas a jugar baloncesto, o como espectador entusiasta de nuestras actividades culturales, o durante las jornadas que dedicó a conversar con nosotros, a preocuparse por cada detalle de nuestros proyectos.

A 40 años de aquella idea, todos nos sentimos modestos precursores de un modelo pedagógico que desde la integralidad formativa demostró ser posible y sigue dando luz al camino. Ayer, fuimos nosotros; hoy, nuestros hijos; mañana, los nietos.

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