La Habana cumple hoy 487 años

Varias imágenes y sinceras palabras de amor regala JR a la capital de todos los cubanos que hoy está de cumpleaños

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Foto: Roberto Morejón La Habana es una seductora. La veo desnuda y revuelta de pasiones; sin ropajes de títulos honoríficos y calificativos genealógicos de villa o santoral. Sin la nomenclatura institucional que le confirió la división político-administrativa del país: eso de Ciudad de La Habana, la redundancia mayor para quien es, sencillamente, La Ciudad.

Hoy cumple 487 años y es una muchacha que adolece de mucho y sueña por sobre sus trances cotidianos. Sí, cada día La Habana mira al futuro y viaja a su semilla, como Carpentier. Mantiene una fiera porfía contra los óxidos del tiempo, a diferencia de esas viejas ciudades que acunaron la civilización, y ya como elegantes matronas retornan exhaustas de haberlo vivido y sabido todo.

 Foto: Roberto Morejón  Foto: Franklin Reyes  Foto: Baldrich El rostro de La Habana es su litoral: el malecón donde ella expande ese amor tropeloso y siempre insatisfecho, pero sin tarifas, allende el mar. Sus estados de ánimo se revelan allí en la frontera tierra-mar, a la caída de una tarde o al amanecer, con el sol siempre enjuagándose. Sonríe la empecinada mujer cuando los discretos rizos de espuma juguetean sobre la piedra. Y si estallan salvajes olas, es que se enfurece.

Pero el alma de La Habana está más allá de su rostro, la imagen súbita y turística del litoral y La Habana Vieja, del Morro, que impertérrito sigue viendo pasar tiempos y vidas para bien y para mal. El talante de esta sílfide tropical es un misterio. No se deja ver con esa luz reverberante que lo inunda todo, ni se traspira con la canícula.

Su amor propio hasta la terquedad anda dirimiéndose por las ulceradas calles, en las impúdicas sábanas blancas en los balcones, y entre el chirriar de las improvisadas barbacoas a fuerza de tan escaso techo. Se transparenta en la charla de la esquina y de la cola, en la ruta crítica del diario vivir, en el barullo y la incontinencia sonora. En esa forma de vivir gregarios, hasta lanzar la privacidad por las ventanas y vocearlo todo.

Esta mujer que feminizó la aromática hoja que humea por todo el mundo, tiene sus arrestos y dignidades en esa manera de sortearlo todo, hasta la calamidad, el olvido y la inconsistencia del ser humano; en esa magia para regenerar siempre los tejidos sociales con un bálsamo de bondad y cariño, y recordarte que serás cualquier cosa, pero serás siempre su hijo.

Cada vez que el sol se eleva por sobre el mar y tiñe su cielo de rosas, lilas y oros, esta mujer llamada La Habana, magnánima hasta lo sublime, se yergue para un nuevo día y se entrega sin condiciones, por puro amor. Y el hombre que la posee, no siempre la trata con ternura; a veces la violenta y la lastima de olvidos, desamores e indolencias.

Pero ella, terca oceánicamente, abierta y democrática, no se inhibe ni se esconde. Levanta su altiva cerviz, sonríe con salpicaduras de mar y canta una eterna tonada, mientras remueve sus cimientos centenarios y lanza una mirada coqueta a la eternidad.   Foto: Roberto Morejón  Foto: Roberto Suárez

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.