Concluyó visita a Cuba la Brigada Cruz del Sur

María Serales, integrante de la Brigada, afirmó que pudo comprobar que Cuba está muy lejos de ser, como afirman los medios de comunicación de su país -Australia-, una dictadura

Autor:

Juventud Rebelde

 Foto: Nohemia Díaz Muñoz Ciego de Ávila.— Al principio fue la duda. ¿Era real lo que decían en su país? ¿En verdad existía una dictadura en Cuba, esa Isla bien lejana del Caribe? ¿Es cierto que el ejército salía a la calle y montaba a los ciudadanos en camiones, como un juego de azar?

El instinto le decía a María Serales que las cosas no eran así. A esa muchacha esbelta y de rasgos bien formados, una parte de sus inquietudes le venía por su abuelo Nicholas Podromov. Ella no lo había conocido; pero en la familia se mantenían las enseñanzas del buen Nicolai.

«He crecido con los sueños de una sociedad más igualitaria», contó María. «Mi abuelo era un comunista griego y tuvo que exiliarse después que se implantó la dictadura de los Coroneles, con el coronel Georgios Papadopoulos al frente.

«Eso fue en la década del 60, un tiempo muy difícil para mis familiares. Ellos llegaron a Australia, se asentaron y al cabo del tiempo nací yo. Los que sí se mantuvieron fueron los sueños de igualdad, la certeza de que podían lograrse. Crecí escuchándolos y a cada rato se mencionaba el ejemplo que mostraba el abuelo, y ese era Cuba.

«Aquella mención se convirtió en uno de los motivos por lo que era muy importante venir a Cuba. Entre tanta avalancha de información, entre tantas noticias que me hacían sospechar distorsión, para mí era muy necesario viajar y comprobar con mis propios ojos hasta qué punto era verdad lo que veía en la televisión o leía en los periódicos e Internet. Por eso hice mis maletas y tomé el avión».

SOLDADOS EN EL PARQUE

María viajó como integrante de la Brigada Cruz del Sur, formada por 25 personas residentes en Australia y Nueva Zelanda y auspiciada por la Sociedad de Amistad con Cuba en el pequeño continente. A los pocos días de la llegada, salió a caminar sola por el poblado de Caimito, el primer punto de estancia del grupo.

Ella cuenta: «Yo trabajo en un banco en la ciudad de Sydney; y cuando comenté que iría a Cuba, me aconsejaron que tuviera cuidado; y al llegar lo primero que me llamó la atención fue que no encontré miedo.

«Pensaba toparme con personas que temían conversar con una extranjera, que se recogían temprano en sus casas o que caminaban con nerviosismo y con sus pertenencias recogidas en el pecho.

«Al menos esa es la impresión que brindan de Cuba los medios de comunicación en Australia. También yo tenía en mente las historias de mi familia cuando la dictadura de los Coronoles y las anécdotas de la Ley Marcial.

«Pero lo que he observado en La Habana, en Santa Clara, en Sancti Spíritus y en Ciego de Ávila es algo diferente. Me he encontrado con personas que conversan con normalidad y responden a las preguntas sin temor; incluso, son ellas las que interrogan.

«En Caimito vi casas con las fotos de Fidel Castro y el Che Guevara. También pregunté por ellos y me respondieron con normalidad. Las respuestas que escuché no eran de personas reprimidas.

«Sin embargo, uno de los asombros fue con el ejército. Cuando anuncié mi interés de viajar a Cuba, me advirtieron que encontraría a muchas personas vestidas de uniforme, pero eso no es lo que veía en la calle. Tampoco observé camiones militares. En las esquinas sí vi policías, aunque tenían una actitud normal, como los veo en Sydney.

«Claro que me encontré con soldados. Pero eso fue lo que me puso a pensar. Siempre los vi desarmados y conversando con otras personas vestidas de civil. No había desafío en sus rostros. Mi mayor asombro fue cuando llegué a un parque. Miré y ahí estaban los soldados, en un banco junto con las demás personas del pueblo».

REGALAN FLORES

En la ciudad de Ciego de Ávila, la fiesta de despedida a la Brigada se hizo en el CDR no.1 Orlando Pantoja Tamayo, de la zona 90, en el reparto Ortiz. Aquella noche muchos brigadistas bailaron junto con los vecinos. María fue una de ellos en un intento —según confesó— de tratar de acercarse a la forma de bailar de los cubanos.

«No sé cómo pueden hacerlo, ustedes bailan con mucha soltura. Creo que nadie en el mundo lo hace así», dijo sonriente.

En la provincia avileña, entre otros lugares, la brigada visitó el Complejo Gerontológico, la Facultad de Ciencias Médicas, la Fábrica de Cepillos, la escuela primaria Ricardo Pérez Alemán, la Universidad de Ciego de Ávila y la Escuela de Arte Raúl Martínez, en la ciudad de Morón.

Sobre sus impresiones al recorrer tantos lugares y compartir entre los cubanos, en sus propias casas, María comenta:

«No los veo divididos por una clase, ni porque uno tenga más dinero que otro. Un obrero puede convivir al lado de un profesional, en el mismo barrio y con casas colindantes, y no pasa nada».

—¿Y en Australia no es así?

—El dinero crea los límites. En Sydney existen barrios que son exclusivos de ricos. Una persona con ingresos decentes es impensable que viva allí. Y con ello vienen otros tipos de diferencias, que son más duras.

—¿Como cuáles?

—La de la superioridad, por ejemplo. Vales y tienes derechos por el dinero que tengas.

—En Cuba también existen dificultades... Hay problemas con el transporte y la vivienda, la crisis económica en los últimos años ha creado ciertas diferencias...

—Sí, pero no es igual. A pesar de las carencias, he visto una solidaridad entre las personas y no esa división tajante de que yo tengo y tú no, y por lo tanto yo tengo todos los derechos.

—¿Cuba es exactamente como la imaginaban en tu familia?

—Al menos, aquí está el sueño de mi abuelo. El luchó contra un esquema que decía que era imposible una sociedad con niveles de igualdad. Y en Cuba está el ejemplo.

—Y de tanto andar entre cubanos, ¿has tenido alguna sorpresa personal?

—¿Una sorpresa...?, ¿personal?

—Sí, ¿ningún cubano te ha enamorado?

—(Se echa a reír) Algo han dicho... Por lo menos regalan flores. Y eso es muy bueno.

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