Reconocen audacia de cuerpo de bomberos

Jóvenes bomberos integrantes del Comando 16 aplacaron el peligro de un siniestro en dicha instalación que pudo provocar una catástrofe de magnitud impredecible en la capital

Autor:

Juventud Rebelde

El Consejo de Estadio premió la valentía de los jóvenes integrantes del Comando 16 En Ciudad de La Habana pudo tener lugar una catástrofe de magnitud impredecible, como consecuencia de un incendio de grandes proporciones que se desató en la refinería Ñico López.

Las inmensas llamas amenazaban con expandirse, abrasar parte de la industria y extenderse a la ciudad. Durante más de seis horas el fuego dominó a su antojo, ganó terreno y dictó las reglas de aquel combate desigual.

Desde varios sitios lejanos se apreciaban llamaradas que zigzagueaban raudas hacia el cielo. El siniestro se tornaba peligroso, y para colmo, sucedió el pasado 27 de septiembre, día de fiesta en toda Cuba por la celebración del aniversario de los CDR.

Aquel incendio se desarrollaba como uno de los más riesgosos ocurridos en la ciudad. Y así hubiera sido de no ser por la rápida y valiente intervención de los jóvenes bomberos integrantes del Comando 16, ubicado dentro de la misma refinería.

Fueron ellos quienes primero enfrentaron el peligroso fuego. El arrojo con que lo hicieron impidió que este se esparciera rápidamente y evitó consecuencias de proporciones incalculables.

Cientos de bomberos de la capital y otros de la provincia de La Habana les seguirían en derroche de valor para dominar lo que constituyó una dura y verdadera prueba de fuego para varios jóvenes del Comando 16, quienes relatan lo ocurrido para los lectores de Juventud Rebelde.

NO SE ACABARON LOS GUAPOS EN YATERAS

Soldado Alexander Sablón Con solo 20 años conoce bien el rostro del peligro. Es de Guantánamo, específicamente del municipio de Yateras, tierra con tradición de hombres bravos. Tal vez por eso el soldado Alexander Sablón fue uno de los primeros en llegar a la «zona caliente».

—¿Sentiste miedo en algún momento?

—No sé si fue miedo, pero al llegar me asombró mucho la altura de las llamaradas. Nunca había intervenido en un incendio tan grande como ese. Aún así creo que lo hice bien, porque nunca retrocedí —dijo Alexander, quien hace casi un año cumple su servicio militar en la capital.

«Recuerdo que no perdimos tiempo. Actuamos rápido y en muy pocos minutos estábamos apagando aquello. Nos dábamos ánimo unos a otros y ninguno de los muchachos escatimó esfuerzo. Cada quien hizo lo suyo lo mejor que pudo, y gracias a eso pudimos controlar un poco las llamas en lo que llegaron los refuerzos».

—¿En algún momento pensaste que el fuego los vencería?

—No. Los bomberos somos como una buena familia. Sabía que la peor parte nos había tocado por estar más cerca, pero nunca dudé que la ayuda llegaría pronto. Siempre ha sido así y estoy seguro de que eso no cambiará.

—¿Les contaste a tus padres?

—Lo hice. Primero se quedaron boquiabiertos con la historia, luego me dieron muchos consejos de que me cuidara en cada misión, y por último me felicitaron porque no los defraudé.

HIJO Y PADRE POR LA MISMA

El teniente coronel Eutiquio con su hijo Yaumel, quien siendo estudiante demostró que será un buen bombero. Pocas veces se da el caso en que hijo y padre participan en el mismo incendio. Aquella noche convulsa eso fue así en la refinería Ñico López.

«Estaba en la casa cuando le avisaron a mi padre. Enseguida le dije que me iba con él. Disfrutaba de mi pase porque estudio en la Escuela Nacional de Bomberos, y rápido pensé que aquel era un buen momento para demostrar lo aprendido. Además, no quería dejar al viejo solo en una batalla así.

«Salí con él y desde que llegamos nos pegamos los dos manguera en mano para tratar de dominar aquello. La “cosa” estaba fea, pero mi padre nos dirigió de manera que el fuego no nos alcanzara mientras lo extinguíamos», manifiesta con orgullo el joven capitalino Yaumel Rivero López.

«Sí sentí miedo. Creo que el bombero que nunca siente esa sensación no es buen bombero. El problema está en saber controlarla, en aplicar correctamente las enseñazas de los más expertos, y, sobre todo, en concentrarse bien».

Yaumel lleva en la sangre la vocación de bombero. Con solo 17 años habla de esta riesgosa profesión con una soltura sorprendente y ya ha participado en la sofocación de varios siniestros.

—¿Por qué bombero?

—Lo heredé. Mi padre lleva muchos años en esto y es para mí como un espejo. Algún día me gustaría ser como él. De momento estoy en la escuela, preparándome y superándome diariamente para evitar accidentes fatales.

Para el teniente coronel Eutiquio Rivero Verdecia, padre de Yaumel y jefe del Comando 16, su hijo no se graduó ese día de bombero, pero demostró que le sobra madera para serlo.

«Aquella fue una noche muy complicada. Dirigía a mis subordinados, pero inevitablemente pensaba a cada rato en mi hijo y en lo que podía sucederle a él o a cualquiera de los demás muchachos. Eso fue al principio, luego de verlos haciendo las cosas tan bien sentí un poco de alivio».

—¿Cómo valora el desempeño de su tropa?

—Todos actuaron muy bien. Creo que mejor imposible. Poca gente sabe lo que es enfrentar un incendio de grandes proporciones, más en un lugar tan peligroso como una refinería, donde hay varios tipos de combustible. Mientras quede una chispa por apagar tienes la vida en peligro».

—¿Cuál es su valoración acerca de aquel suceso?

—En más de 20 años en este trabajo he visto muchos incendios, pero aquel fue uno de los peores por su ubicación y las proporciones que alcanzó en poco tiempo. Además, tenía el agravante de que podía afectar a una parte de la capital en caso de que se nos fuera de la mano.

VALENTÍA DE PRIMERA CLASE

El joven Víctor Carcedo se ha forjado entre incendios. Lleva casi dos años en el Comando 16 y en ese tiempo ha participado en la extinción de varios. Al preguntarle sobre la noche del 27 arruga la cara y mira hacia arriba como recordando algo que no quiere.

«Sabíamos de nuestra responsabilidad en aquel momento. Había que resistir a toda costa hasta que llegaran nuestros colegas. Fue un momento muy tenso y difícil. Nunca lo olvidaré».

—¿Qué fue lo que más te marcó de lo ocurrido?

—La gran unidad entre mis compañeros. Cada quien ayudaba al que lo necesitaba: aguantando una manguera, instalando otra, repitiendo en alta voz las indicaciones de nuestros superiores. Nos unimos como veo que lo hacen en las películas los soldados de un ejército para derrotar al enemigo.

«Aquello dejó grabado en mí una gran enseñanza. Me demostró que ninguna obra, por difícil que sea, es imposible de realizar cuando hombres y mujeres ponen por delante de todo, incluso de la vida propia, el amor por los demás».

Aún atesoro en mi agenda otras historias de aquellos jóvenes. Todas llenas de un coraje envidiable. Así lo reconoció recientemente el Consejo de Estado de la República de Cuba, cuando decidió conferirle la Medalla por la Valentía durante el Servicio, de Primera Clase.

Justo reconocimiento para quienes, a pesar de la corta edad, fueron capaces de arriesgar sus vidas, para evitar que el llanto y la destrucción encontraran cabida en hogares cubanos.

Condecorados del Comando 16

Teniente coronel Eutiquio Rivero

Capitán Alexander Santillano

Teniente Yunier Navarro

Primer suboficial Diosmedy La O

Primer suboficial Orlando Pérez

Cabo Carlos Camaraza

Cabo Víctor Carcedo

Cabo Enrique Menéndez

Cabo Donnis Valiña

Soldado Hermes Gómez

Soldado Alejandro Laffita

Soldado Yoelbis Pelier

Soldado Yudelkis Pérez

Soldado Alexander Sablón

Cadete Yaumel Rivero

Trabajador civil Miguel Echevarría

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