Del ocio al vicio, no importa el precio

Escasa oferta recreativa, resquebrajamiento de valores y afán de lucro. Combinación delicada que ha servido para impostar, y en otros casos acentuar, formas de esparcimiento desplazadas de la sociedad cubana. JR continúa su acercamiento al tema de la recreación

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Hace varias décadas el Alí Bar vivió tiempos de gloria. Entonces, su notoriedad andaba de boca en boca al convertirse en el legendario cabaret habanero donde Benny Moré, con su diamante en la garganta, demostraba que ciertamente era el Bárbaro del Ritmo. Pero los años de esplendor fueron quedando atrás, y hoy es un sitio anodino, de esos que parecen estar clonados, aunque, a decir verdad, existe un fenómeno que, en las noches de entre viernes y domingo, lo saca de su eterna monotonía y lo convierte en un espacio «interesante» para un grupo de muchachos que con motos y carros llamativos, parqueados en sus inmediaciones, hacen recordar aquellos road movies vistos en películas norteamericanas.

Sucede allí, al menos cuando la noche todavía es joven, lo mismo que en lugares similares que operan en divisas: cervezas y ron, galanteos y hasta un poco de baile; pero cuando el alcohol comienza a hacer efecto, y el reguetón y la salsa no logran disipar las energías, aparece el más gustado de sus pasatiempos: las carreras de velocidad, cuyos dividendos pueden asegurar la presencia en el establecimiento la siguiente semana.

Es entre tragos, y en el Alí Bar, donde se «cuadra» el monto de la competencia y se eligen los árbitros de meta, encargados de recoger las apuestas para evitar los «malos entendidos». Los lugares de las corridas son casi siempre los mismos: la Ocho Vías o Autopista Nacional. Y los tramos también.

Héctor se ha convertido en un especialista en estos menesteres. De hecho, lanzarse a «devorar» la carretera abierta es su hobby favorito. Lo excita el peligro, lo aparentemente infinito de la vía, y hasta la tensión de ser sorprendidos in fraganti. «No te niego que al principio tuve mucho miedo, pero no me atreví a confesarlo para no parecer un flojo. Luego uno le va cogiendo el gusto y le vas viendo la parte buena: la de la “astilla”. Y la verdad es que después de estas emociones, difícilmente aceptes otro tipo de recreación».

Estudiante de 23 años, este muchacho se llena la boca para decir que «hasta ahora nunca me ha cogido la Policía, pero conozco a gente que han tenido que pagar altas multas. Aunque la competencia se puede arreglar para 200 ó 300 pesos, en estas cosas es muy difícil comprobar que hay “billete” por el medio».

—¿Y no temes por tu vida?

—Uno no piensa en eso... No creo que yo vaya a ser tan sala’o.

A unos 240 kilometros del puente del Primer Anillo de la Autopista Nacional, se repite la historia. Esta vez en Cienfuegos. Yunia puede dar fe de ello. «Tengo una amiga —asegura— que todas las noches de viernes y sábado se va con el carro de su novio a competir con otros en la carretera que lleva a Rancho Luna».

Esta vía, que une a la ciudad con el famoso balneario, es poco transitada en horas nocturnas, lo cual es aprovechado por algunos jóvenes para hacer «sonar los motores».

Antiguamente, eran ejecutadas en la calle contigua al Rápido del Malecón, centro de ebullición juvenil los sábados; y luego se trasladaron a la circunvalación, otra arteria no muy frecuentada después de la medianoche. Pero, ante la acción de las fuerzas policiales, los protagonistas de estos rallies de ciudad, debieron recoger cordeles hasta la citada zona.

«Eso no quita —sostiene Roberto Carlos— que algunos, en medio de su embriaguez, hagan sus carreras en ocasiones hasta en el propio Prado».

¿SOLO PAISAJE?

No hay muchos lugares para bailar en la Perla del Sur. «Y los pocos que existen —apunta Yunior Ramírez, de 16 años—, o bien la entrada se cobra en CUC o se abarrotan y es imposible pasar para quienes quieren entrar desde la calle».

«Existen capacidades en estos sitios entregadas por la UJC —dice la universitaria Damaris Sotolongo, que ha acudido a la discoteca El Benny por dicha vía—, sin embargo, no alcanzan». De manera —opina su novio Juan Carlos Castro—, que los jóvenes buscan otras válvulas de escape. Algunas buenas; otras, no precisamente.

«¡Socio, te doy 200 pesos si me sacas tu equipo hoy. Así yo tiro unas botellitas que tengo ahí...!». Con la frase basta para hacer la noche en Santiago de Cuba. Un simple aviso, y la calle se teñirá de rostros imberbes, veinteañeros, sedientos de diversión... Labios compartidos... labios divididos... repetirá hasta el éxtasis con Maná el coro, mientras un mar de cuerpos sudorosos, pegados, oscila en la oscuridad, entre el humo del cigarro y los vasos de alcohol.

¿Ron, Viña, Menta, chicharrones...? Las ofertas, van y vienen en el tumulto, al tiempo que, desde los bafles, Marc Anthony interroga: ¿Qué precio tiene el cielo?, que alguien me lo diga... Consumo y «perreo», pélvicos movimientos, disfrute sin fronteras, definen. Pero en un momento todo puede cambiar. La noche también puede ser golpe, bronca, grito, confusión, herida, puñal... Del deleite al dolor transita a veces el final de estas fiestas informales.

Más de un centenar de jóvenes santiagueros encuestados por JR en diferentes sectores y municipios, incluyó el bailar entre sus maneras prioritarias de recreación. Mas, ¿cómo satisfacer tal necesidad en un territorio donde no abundan las opciones de este tipo, y las que existen, por ser ofertas en divisas, se convierten prácticamente en inalcanzables?

Los Pum Pum, alternativa liderada por particulares, movidos fundamentalmente por el interés de vender, acaparan entonces buena parte del espectro, lo mismo en barriadas y sitios de la cabecera provincial como Chicharrones, Padre Pico y el Distrito José Martí, que en El Cobre, Palma Soriano, Contramaestre o El Caney.

Adolescentes como Dayron y Roxana, estudiantes de secundaria básica, están conscientes de que «el ambiente no es el mejor, pero no tenemos otro lugar a donde ir, acorde con nuestras posibilidades...». Con ellos coinciden Marilín y Carla, universitarias. «Opciones como un Joven Club, una película o recorrer un museo son válidas, pero no pueden ser las únicas. Como jóvenes, necesitamos movernos, gastar energías, bailar... y ahí es donde encontramos el vacío... Es necesario que existan ofertas estatales variadas, y en moneda nacional, para que cada cual pueda elegir. Solo así se pueden ir sembrando los patrones de esa recreación sana de la que tanto se habla hoy».

Los esquemas de los llamados Pum Pum se extienden, dominando incluso hasta el diseño de la recreación que desarrollan los preuniversitarios en el campo y otros centros internos. Así, entre las «broncas» con las Matemáticas, y la preocupación por el trabajo práctico de Geografía, desde su litera, Tania añora el fin de semana. Según le informaron los dirigentes de la FEEM, el viernes la recreación estará animada por el mismo equipo de audio particular de otras veces. Reuniendo entre todos los muchachos, lograron alquilarlo por 500 pesos hasta el domingo.

La Pretty, Los Chirinos y muchas otras discotecas viajeras, con nombres que intentan ser comerciales, llegarán entonces cada semana con su carga de ruidos hasta las plazas o sitios cercanos a los centros internos, lo mismo en Guamá, en Palma Soriano que en Tercer Frente.

LOMA ARRIBA

Chispa’e tren, Borra mente, Nimi Nimi, lo mejor en producción en la ronera del Gordo del poblado, son las únicas marcas pautadas para el disfrute de Ariel y sus amigos, allá entre los altos y verdes de Las Coloradas, también en Santiago de Cuba, donde las actuaciones de las orquestas de primer nivel son solo historias de transeúntes.

Después de una semana de competir con la dureza del cafetal y los sembrados, ya no quedan fuerzas para recorrer los kilómetros que le separan de la Sala de Televisión, a donde pudieran acudir para ver el juego de pelota. El trago ardiente, la discusión sobre las posibilidades de su equipo de ganar el juego que no vieron, harán entonces la noche al borde del camino. Por eso, Damián se ha buscado un hobby. Cuando concluye sus clases, emplea el tiempo, junto a su vecino Manuel, en el cuidado de gallos finos, esos que muchos le elogian.

Los domingos, en las tardes, la lidia será su fiesta. Allí en las cercanías del río, entre el ruedo de aserrín y los gritos de los apostadores, muchos tan jóvenes y fornidos como él, en las espuelas del pinto o el canelo, desanda cada semana su suerte.

Los gallos lo apasionan más que el ron o el reguetón. Con ellos pudo comprarse el jean que anheló por tanto tiempo, en ese lugar se siente un ganador, aunque su triunfo lo tenga que saborear, muchas veces, a la carrera, pues las fuertes riñas entre los que juegan «al pecho» y después se niegan a pagar, en un ambiente donde hasta el agua es mercancía, les den a sus tardes domingueras, siempre el mismo final.

Mas esa manera de hacer pasar los días y los meses no es exclusiva de este muchacho. En una zona rural de Cienfuegos, aunque Jorge Luis Quintana conoce de la existencia de peñas culturales, presentaciones ocasionales de grupos, encuentros deportivos..., no le complacen del todo. Dos gallos finos también son su mayor devoción, aun cuando perdió un tercero muy bueno en las peleas.

Con uno u otro animal acude a vallas clandestinas que los lugareños tienen en algún claro monte adentro, aunque terminen con machete y hasta heridos, «pero la gente sigue yendo, y yo no voy a ser menos».

En esa trampa se mantienen Damián y Jorge Luis, y así se emparientan con otros que han puesto sus sueños en las sangrientas peleas de perros.

FUNESTA DIVERSIÓN

En las esquinas diametralmente opuestas de la improvisada valla, dos hombres agarran con fuerza a sendos perros que parecen máquinas de matar, y cuyos cuerpos están llenos de verdugones y horrendas cicatrices, huellas de viejas heridas que antaño fueron cosidas del mismo modo que se zurce a un cerdo para asar en púa. Alrededor del sangriento cuadrilátero, decenas de personas se preparan para «disfrutar» del horrible espectáculo, sin preocuparse por ocultar sus armas blancas. En el lugar, el ron corre como un río montaña abajo. Y en el centro, el árbitro con uno o dos palos en las manos para poder zafar la mordida o protegerse de cualquier ataque, atesora en sus bolsillos una «millonada».

Después de que el árbitro da la voz, comienza el convite de colmillos, sangre y gruñidos, la lucha por la supervivencia...

Ahora Mario rememora, quizá con cierto dolor, la terrible experiencia. Compró a Duke cuando apenas tenía 40 días de nacido, asunto que no tendría nada de particular si no fuera porque este capitalino, cuando posaba sus ojos en el hermoso can, en vez del pelo negro como el azabache y unos dientes finitos y punzantes como alfileres, veía una mina de oro. Técnico medio graduado de Gastronomía, Mario hubiera podido tener en mente prepararlo para alguna de esas competencias de deporte canino que se organizan en La Habana, pero ese no era el caso.

No por gusto Mario pagó un precio tan elevado por Duke, avalado por ser descendiente de un popular perrazo mezcla de bull terrier y stafford cuya existencia es bien conocida lo mismo en Pinar del Río que en Camagüey. Su notoriedad se debe a que tiene cinco «peleas oficiales», lo que equivale a decir que le ha quitado la vida a igual cantidad de contendientes. Y la bestialidad de un perro tiene un alto precio. Así que desde pequeño este muchacho entrenó con paciencia asiática al posible «futuro príncipe», hijo del «rey de la muerte».

Las «técnicas» de adiestramiento son, sencillamente, crueles: dejar a los animales durante varias horas colgados de una cuerda por sus propios dientes para fortalecer la mandíbula, hacerles correr amarrados a una bicicleta para desarrollar su musculatura y resistencia, golpearlos con un palo en los pies para que aprendan a esquivar las mordidas y a desarrollar los reflejos... —explica Mario.

A los tres meses de vida este joven inició el entrenamiento de Duke, para que cuando llegara a la madurez estuviera listo para el combate, que significa que aprenda a atacar los puntos vulnerables del rival: el pecho, las patas, el tubo (cuello) y el hocico. «Para que sean capaces de aniquilar sin siquiera pestañear, se les va potenciando el instinto asesino, privándolos de alimentos, castigándolos y poniéndoles como carnada cachorros de perros, gatos y otros animales pequeños». Después vienen los topes de 30 minutos que van preparándolo y, finalmente, las apuestas, cuyo monto solo es de unos pocos miles cuando los contendientes son primerizos, «de lo contrario se pueden elevar a 80 000, 100 000, 120 000, una casa, una moto, un carro. Casi nunca menos de 50 000».

Los «rings» se ubican en San José, en fincas de la periferia, en Pinar del Río, Villa Clara..., donde llegan los apostadores en carros. «Antes de echar a fajar los perros se pesan, luego se bañan para tratar de evitar las trampas, pues los dueños suelen rociar con productos tóxicos a su perro para que el otro pierda su potencia, o lo embadurnan de vaselina para que el agua no haga ningún efecto. También se les hace pasar mucha sed y no se les da de tomar, para que sangren menos cuando los enganchan».

Pero eso no fue lo que sucedió con Duke, que no sobrevivió a su primera pelea. Mario aseguró a Juventud Rebelde que con esa vivencia le fue suficiente, «pero las peleas siguen. Es como un vicio, una adicción».

PARA NO SALIR DE CASA

Gustavo tiene la costumbre de salir en su bicicleta, después del mediodía, cargando un gran portafolios y una abultada mochila, a recorrer los barrios de Alamar y Cojímar, al este de la capital. A este último, llega cayendo la noche, pues la experiencia le ha demostrado que ese es el momento idóneo para atrapar a sus clientes que ya han regresado del trabajo. Esta vez, algunos de ellos se muestran impacientes: el «señor de las novelas», como le conocen, suele ser puntual con su cargamento de casetes; sin embargo, hoy demora demasiado. La razón que desconocen es que Gustavo, antes de iniciar su periplo, tuvo que poner al día las cuentas, e incluir una serie de títulos nuevos en su grueso catálogo.

El método de Gustavo es sencillo: a partir de un reducido número de conexiones —amas de casa, fundamentalmente—, las cuales consumen su oferta y le ayudan a correr la voz entre los vecinos, crea una red heterogénea de usuarios potenciales. Su especialidad son las telenovelas mexicanas y los shows televisivos, aunque también las películas —incluso las viejas— le reportan beneficios menores. Gustavo cuenta con una poderosa reserva que rebasa los 2 000 casetes —pues el negocio de los VCD (discos de video), que también ha tomado auge últimamente, a él no le va— y con la cual es capaz de satisfacer las más insospechadas expectativas dentro de una misma familia.

Una vecina de Cojímar, de aproximadamente 60 años, fue clara frente a nuestras interrogantes: «Miren, aparte de que me encantan las novelas, porque me entretienen muchísimo y me sacan del ajetreo de la casa, son mi única diversión. Me levanto temprano todos los días y cuando vengo a ver ya tengo a los nietos correteando por todos lados. Yo soy una persona mayor que ya no está para ir a fiestas. Quizá los jóvenes tengan otras opciones, pero yo no. Por eso me pongo contenta cuando Gustavo viene y me trae novelas nuevas».

Sin embargo, su hija menor, quien convive con ella y tiene 30 años cumplidos, se pasa horas junto al esposo viendo este tipo de productos alquilados (esos y las revistas del corazón, los comics y las novelitas de Corín Tellado, que también les encantan). La señora da su opinión: «Es verdad. Después que viene del trabajo y me ayuda a hacer la comida, no tiene deseos de ir a un teatro, ni al cine. Eso sin contar que las guaguas están malísimas. Después, ¿cómo regresan? No. Ellos se entretienen así».

Entre ciertos jóvenes esa forma de recreación tiene orígenes similares. Un electricista de Alamar, con dos hijos, nos hace saber su punto de vista al respecto: «Tengo una hembra de 16 y un varón de 19, que no se despegan del televisor el santo día. Hasta se pelean por ver primero lo que han alquilado. Al muchacho antes tenía que buscarle jueguitos de esos, de computadora; ahora lo que le gusta son las películas de acción o las series televisivas al estilo de 24 horas y Prison Break, como a mí. La niña y su mamá ven más las novelas y los shows —para saber de los artistas y esas cosas. Y te confieso que me alegro, porque la calle está mala y prefiero que se queden en la casa».

Otra joven, universitaria y residente en La Habana Vieja, también es del criterio de que la televisión, si bien ofrece una programación variada, no es lo que se diría atractiva: «Mi mamá, por ejemplo, consigue todo tipo de novelas por ahí. Lo más gracioso es que también ve las que ponen en televisión: o sea, está viciada con eso. Yo lo que más veo son los shows. Me parecen muy divertidos, incluso esos que son puro chisme. A veces me pregunto si no me estaré idiotizando. Pero me pongo a pensar en otra opción, como ir al cine, digamos, y me encuentro que fuera de la cinemateca, no hay nada que me llame la atención. Las películas que pasan son viejas o las mismas que alquila la gente; además, con muy mala calidad. Y para ver algo así mejor en mi casa, pienso yo».

EN LA ESQUINA DEL BARRIO

Algunas esquinas de barrios suelen ser espacios muy concurridos; imagen que se ha hecho muy común a lo largo y ancho del país. Una de ellas es la de 19 y 12, en el Vedado capitalino, debido a que acoge, sin molestarse por esto, a adolescentes, jóvenes y adultos, después de las siete de la noche y hasta avanzadas horas de la madrugada. Tanto es así, que algunos especialistas han llegado a ver el sitio donde rompen las cuadras como lugares de reafirmación de la masculinidad. Sin embargo, los asiduos aseguran que ese no es el objetivo de su reunión.

Para Eduardo, un joven de 26 años, constituyen un punto de encuentro, de coincidencia. «Se pone la mesa de juego y suena la música. En esta ocasión, le toca al dominó —puede ser también ajedrez, damas o parchís— y el que pierda tiene que comprar el “rifle”. Este es el momento de relajar después de un día de estudio o trabajo, y una de las formas más asequibles para pasar el rato».

«A veces apostamos —asegura Yuri, un estudiante de técnico medio en Contabilidad, pero no dinero, sino la tarea de comprar la bebida. Las mujeres vienen muy poco, debido a que las conversaciones tienden a ser molestas para ellas. Mas no les cerramos las puertas».

Alberto, un ingeniero de 39 años, habitual de estos partidos, explicó que «los fines de semana no viene tanta gente, quizá porque algunos salen con amistades o dedican tiempo a la familia, y no solo esos días. Señora del destino parece que atrapa tanto a mujeres como a hombres, pues en el horario de la telenovela brasileña el número de jugadores disminuye considerablemente».

VIRTUAL Y REAL

Desde el Nought and crosses (1952), primer videojuego a decir de los expertos, estos softwares han llamado profundamente la atención por la interacción que logran entre los seres humanos y los aparatos electrónicos. Y Cuba no escapa de ellos. De esta forma algunos jóvenes ven realizadas sus fantasías en ese mundo de realidad virtual. Los juegos en red, por ejemplo, han ganado adeptos en los últimos tiempos.

No asombra encontrar a muchachos como Francisco, estudiante de 17 años, para quien este modo de entretenimiento le ha permitido agrandar el círculo de sus amistades, a la par que consigue llenar sus vacíos de ocio.

«Formamos algo así como un club. Cada uno de los que participa tiene computadora en casa, las cuales conectamos entre sí, lo que posibilita jugar simultáneamente Delta Force, Doom, Quake y Star Craft».

Para preservar el anonimato, los jugadores utilizan seudónimos (nicknames), «así mantenemos nuestra identidad resguardada y estimulamos la creatividad», aseguró Paco, quien en la red dice llamarse Biónico.

La tendencia es hacia el aumento en el gusto por los juegos de computadoras. Así piensa Pablo, de 15 años, quien llegó a esa conclusión «porque al principio en mi “grupo” éramos dos o tres, y ahora somos alrededor de 15. Como nos gustan generalmente las mismas cosas, nos ponemos de acuerdo, nos citamos en algún lugar y hacemos fiestas, lo que nos une».

Existen otros tipos de pasatiempos muy demandados como las videoconsolas, conocidas comúnmente como Ataris, Playstation, X-Box y Game Boys u otros portátiles, que constituyen un negocio. El lucro viene de la creciente afición de los consumidores, cuyas edades oscilan entre los 11 y los 30 años.

«Diariamente, alrededor de diez personas vienen buscando variedades de juegos —reveló un vendedor. Cada disco cuesta 2.00 CUC, y te aseguro que los más perseguidos son los de carreras de carros y de estrategias. Hay otras variantes para comercializar estos productos, pues en ocasiones se alquilan en casas particulares que funcionan como salones de juegos, por precios inferiores y un tiempo determinado».

También existen improvisados chat o cibercharlas. «En la intranet cubana apenas aparecen espacios de este tipo», alegó Efrén, estudiante universitario. No obstante, este es otro modo añorado por los encuestados de emplear el tiempo libre.

«Amigas con las que mantenía correspondencia electrónica me contaron de lo atrayente y entretenido que era chatear, y en verdad lo es», comentó Sahily, una trabajadora de 27 años. Lo atrayente radica en que facilita conocer a muchas personas y escribir cosas que quizá no dirías cara a cara».

Por su parte, Sonia señala que a pesar de que el acceso paulatino a la red ha propiciado esta forma virtual de recreación en centros educacionales, empresas, instituciones especializadas y en algún que otro Joven Club de Computación y Electrónica, «el chat, para tristeza nuestra, no está generalizado».

Ni están generalizadas en todo el país las situaciones descritas en este trabajo, ni está inmersa en ellas la mayoría de los jóvenes y adolescentes. No obstante, aunque tiende a existir una norma, los gustos recreativos de estos son muy particulares, y ni peleas de animales ni competencias de autos y motos marcan la regla. Tampoco las preferencias de algunos entrevistados que aseguran que van a la biblioteca o al Videoclub Juvenil. No se puede perder de vista que también se han ido asentando otros valores y modelos de consumo que poco tienen que ver con la sociedad cubana.

La idea general de diversión juvenil pasa fundamentalmente por el intercambio social, el baile, la fiesta, la compañía en lugares que les permitan converger.

Ante la escasa presencia de estos, surgen alternativas por parte de algunos. Otros, quizá menos emprendedores o más pragmáticos, depende por dónde se les mire, cancelan las alternativas, y simplemente se quedan en casa.

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